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En la boca de Carpenter

DUELO ENTRE DIOS Y EL DIABLO EN LA TIERRA DE LA GRAN PROMESA

Por Adolfo Bellido 

Ni siquiera los "héroes" de Carpenter son personajes íntegros, prueba de ello es Snake Plissken, el protagonista de "1997" y su secuela, "2013"En el cine de Carpenter la violencia y la sinrazón de unas acciones se proyectan como norma y sentido de conducta de los habitantes de los Estados Unidos de América. Un país nacido desde la mentira, el expolio, la avaricia, el asesinato...

Si algunas de sus primeras obras, sobre todo, parecen decantarse hacia una ideología conservadora, en la línea de la “cruzada” que imperará en los años ochenta (Asalto a la comisaría del distrito 13, La noche de Halloween), las que siguen (La niebla, La cosa o 1977, rescate en Nueva York) hablarán con claridad sobre los fantasmas que asolan, seducen, maltratan o angustian a los ciudadanos norteamericanos. Desde ellas, incluso, Asalto... o Halloween se abren a nuevos significados. ¿Cuáles son estos?

Digamos que en Carpenter la violencia que aparece en su cine no es más que un reflejo de la existente en la sociedad en la que se vive y, por tanto, conoce. Algo oculto, pero latente en la mentirosa felicidad de una sociedad plena en el disfrute, en la bienaventurada creencia de habitar la tierra prometida. Bajo la capa serena y festiva en la que viven sus habitantes se agazapan los monstruos enrabietados que van engendrándose ante las sucesivas mentiras. Seres endiablados, aparentemente pacíficos, en muchos casos conservadores del orden, emergidos de las más terribles pesadillas y que desde la más “tierna” infancia sólo han aprendido a odiar y arrasar lo que encuentran a su paso, anulando el bondadoso sentido de un bien generalizado. Los monstruos pueden presentarse en forma de un ser real o de una idea grupal que intenta acabar con la fiesta sin fin con la que se pretende encubrir la verdadera maldad o las culpas de unos actos.

No es raro que los niños aparezcan (aunque cuando lo hacen en la mayoría de su obra no tengan un marcado sentido principal) en casi todos los filmes de Carpenter. Son seres que beben la violencia que se respira a su alrededor al ser captada por ellos, haciéndose participes de su existencia, proclamación y desarrollo. Si el protagonismo de los niños es elocuente en El pueblo de los malditos, como exigencia de una “nueva” generación que pretende crear un mundo sin “alma”, su presencia llena de horror las imágenes de Halloween o de En la boca del miedo, por citar sólo dos casos (pero podíamos vislumbrar lo que ellos o sobre ellos se origina como cadencia o herencia en títulos como 1997... o La niebla). El ejercito de niños uniformados en pareja que generan el horror en El pueblo de los malditos es una reflexión sobre un mundo nacido (o educado) sin sentimientos, que juega la carta (aparentemente de forma incomprensible) del sentimiento. Somos –parecen decir esos niños- los herederos de un mundo atroz, incapaces de ser destruidos por nuestros propios creadores, ante el (discutible) amor que ellos sienten hacia nosotros (hay que fijarse bien en un hecho del filme: una gran mayoría de esos niños han nacido en virtud del dinero que un departamento, con el fin de estudiar tan extraño caso de seres engendrados al mismo tiempo, entrega a las mujeres de la localidad que decidan seguir adelante con los embarazos), pero nosotros (por el engaño al que hemos sido sometidos, a la mentira incluso de un desinteresado amor) podemos destruir sin problema a los nuestros y generar un nuevo estado donde seamos los dominadores... o, de otra manera, los destinatarios del mal.

El mal se extiende hacia todos los lugares y no puede ser atajado. ¿Por qué? Simplemente porque el mal está dentro de los propios personajes, y por ellos ha sido creado, experimentado. Un mal que aparece en forma de culpa, de progresión, de egoísmo, de herencia. Unos niños representan el mal en El pueblo de los malditos y un niño-payaso es el encargado de iniciar (y luego más tarde de continuar) toda una larga serie de asesinatos en la placidez de las noches festivas de Halloween. El mal parece ser incapaz de ser eliminado. El mal o la existencia de una mala conciencia. A aquel niño, Carpenter, que iba al cine de pequeño porque no le gustaba el mundo en que vivía, tampoco le gusta hoy el mundo que ha heredado. La lucha entre el bien y el mal se agudiza. América no es la tierra de la prosperidad, ni la felicidad, es un lugar donde parece existir un cultivo (sembrado por sus propios habitantes) que dañará todo lo que florezca a su alrededor.

Pero el mal forma parte de la vida de unos seres, de los habitantes de las ciudades. Y el mal genera el miedo y la violencia y el dolor y la muerte. Si Halloween fue un éxito es porque abrió el cine de terror a una nueva forma expresiva. De poca o ninguna entidad en la mayoría de los casos es la obra que amamanta aquel lejano Carpenter. Pero Halloween no tiene la culpa del nacimiento de los engendros que le sucedieron, ni tan siquiera de la lista de los interminables Halloween que siguieron. El primero de ellos en su final sin termino (la no destrucción del asesino representante ante todo de una idea: no puede acabarse con la existencia del mal) no se abría, en si misma, a la continuación de la serie. Se pretendía demostrar que el mal no puede ser destruido. Y no puede serlo porque ha sido creado, y alimentado, por los mismos que ahora lo persiguen. Un mal que nace de lo más profundo y que suele fundirse con las malas conciencias o con los remordimientos inútiles como le ocurre a las distintas mujeres asesinadas... por su propia culpabilidad.

En "La cosa" el mal muestra su verdadera dimensión: puede estar dentro de cualquiera de nosotrosEn La cosa o Vampiros la existencia del mal implica esa realidad de su existencia. En la primera el ser maligno pasa de unas a otros. Seres aparentemente inocentes esperan el momento oportuno para mostrar su verdadera entidad. Lo que parece ser no es realmente. La magnífica persecución (o cacería) salvaje inicial de un perro vista desde un helicóptero posee un significado mucho más profundo: el intento de eliminar un mal, que finalmente se aprestará a tomar nuevas formas para poder dominar todo, encubierto bajo formas diferentes. En Vampiros los monstruosos seres de la noche han sido creados por el propio hombre (la propia institución sacrosanta de la Iglesia, en su representación santa, depositaria del bien y elevada, en principio, hacia Dios) en el ayer en un intento de soberbia, de llegar a obtener los secretos del Universo y convertirse en sus dominadores. La conversión del hombre en Dios en un aquí y no en un allá prometido.

El ser normal, el ciudadano medio, poco puede hacer ante esta lucha de siglos, ante el poder de quienes quieren avasallar e imponer su desorden. Aunque saben que deben pagar sus culpas. Es curioso, en este realizador que se define como ateo, la presencia de tanto símbolo y elemento religioso, de la supremacía de un sentido de culpabilidad (incluso de los otros) que invade a sus personajes. Es, en definitiva, la lucha eterna entre el bien y el mal. El sentido de ciertos seres que tratan de purificar unas culpas anteriores entra dentro de la iconografía de Carpenter de una forma precisa.

En La niebla los seres que habitan el pueblo (perdido, oculto) de Antonio Bay esperan la llegada de algo de fuera y del ayer que trata de ajustar, en el hoy, las afrentas sufridas por los antepasados de los que hoy habitan el lugar. Alegoría terrible sobre la propia creación y existencia del Pueblo Norteamericano, de sus orígenes repletos de falsedades, de odios, de muertes. Unos niños (otra vez los niños) son los que escuchan la extraña historia que se les cuenta y a la que nosotros, espectadores, asistimos. Unos fantasmas del pasado reclaman aquello de lo que fueron desposeídos y que probablemente en el mañana, a pesar del sacrificio inútil de sus habitantes (especialmente del sacerdote), volverán a exigir en una próxima venida. Una cadena incapaz de romperse,

El poder aparece como signo del mal. Como su creador o depositario. Una forma de mantener presos a los seres. Ocurre también con los títulos posteriores surgidos después del paréntesis, aparentemente ilógico, formado por Christine, Starman o Golpe en la pequeña China. La ambigüedad de la primera de ellas resulta por momentos desconcertante: el “obrero” -?- que escucha, al final, en una radio las canciones generadoras del mal. 1977, rescate en Nueva York aparece, en la era Reagan presentando un futuro hecho de presentes dolorosos y fatídicos. Los habitantes de Nueva York, formados por minorías aplastadas, viven enjaulados bajo la mirada lunática de sus opresores. Un fantoche, un títere, al servicio de los poderes ocultos es el propio Presidente. Ironía y mala uva es lo que destila esta singular obra que pone en interrogante todos los mecanismos del poder. Es igual que le ocurre a la continuación de este filme 2013, rescate en L. A.  realizada quince años después desde planteamientos parecidos y con una clara propensión a situarse en la frontera de ese género que el director tanto admira: el western.

Pero, esa resignación ante el poder, ese creerse a salvo de cualquier cosa porque se vive en el mejor de los mundos, aparece en dos de sus películas menores, y realizadas después del extraño cierre de la trilogía indicada en el párrafo anterior. Son dos obras menores no por el tema, que es realmente importante, sino porque la idea domina sobre la realización y quizás, en algún caso, termine por arrinconar el propio sentido del filme o, a lo mejor, ocurre que la idea se come al propio discurrir de las imágenes. Se trata de sermones bienintencionados pero que inmediatamente explotan. Son vanas realidades o formas de esconder la dinamita ideológica que generan las ideas que ambos filmes encierran. Se trata de Están vivos y de Memorias de un hombre invisible.

"Memorias de un hombre invisible" contiene una buena idea de partida y una buena música de Shirley Walker, pero finalmente resulta una película fracasadaEn la primera, seres cadavéricos ocultan su verdadero rostro para asumir el dominio de la nación. Los habitantes aparecen como personas incapaces de saber lo que ocurre. Viven felices en su ignorancia, mientras que en los descampados que rodean la ciudad viven los desplazados, las gentes sin casa.... La televisión envía mensajes subliminales para adormecer a los receptores y obligarles a aceptar las reglas impuestas por sus mandamases. Hay que aceptar lo que ellos dicen y... obedecer sin saber que se obedece. Falsa felicidad, mentiras en cadena, adormecimiento. Gran día la de Están vivos, que termina por desvanecerse en la segunda parte reducida a un (uno más) planteamiento estilo western. Eso sí, bien rodado y con ese humor socarrón del que siempre hace gala Carpenter (lo peor es cuando el humor quiere ser piedra de toque y expansión de la propia película. Ahí nuestro realizador termina escaldado): el chiste sobre la fuerza del protagonista de El pueblo de los malditos, en clara alusión a Superman, la cinefilia que se hace realidad a través de los diálogos o de las películas que se emiten por televisión, los “homenajes” o parodias de personajes reales y de filmes existentes en los dos Rescates. El siguiente filme, Memorias de un hombre invisible, naufraga a pesar de su idea base (el intento de ser gracioso por encima de todo): la mayoría silenciosa de los seres son invisibles para el poder. Un pobre hombre –nuestro protagonista- al que “nadie” conoce (es alguien inexistente, por tanto) accede a un programa secreto para lograr un “arma” de gran utilidad: hacer posible la invisibilidad de los humanos. La metáfora está clara: la invisibilidad (el protagonista de Están vivos ni tiene un nombre, ni un sitio para vivir) es alcanzada por alguien que ya es invisible. No importa que no vuelva a convertirse en un cuerpo. Al fin y al cabo nunca ha existido. Pero tal idea dinamitadora termina por no ser más que un pequeño juego basado en dicha idea. Buenas intenciones pero sin nada dentro.

Uno de los castillos donde se alberga el mal es, pues, en el poder, en la maldad de un sistema o de unas organizaciones, en principio amorfas o hechas por el bien, que terminan cómodamente asentadas en sus necesidades de dominar y sepultar todo lo que redunde en contra de su forma de actuar o enriquecerse. Pienso que los grandes núcleos del poder, vengan de donde vengan, han sido objeto de presencia en el cine de Carpenter. Manejos para acallar conciencias, para enriquecerse los que se encuentran en la cúspide o ascienden hasta ella.

El bien a veces se encierra en su fanatismo para luchar contra el mal (Halloween, Están vivos, La cosa, La niebla) o la lucha contra el mal se ejerce por seres dotados de otros elementos malignos. La pandilla de jóvenes fascinerosos de 1997... no es mejor que muchos de los policías de la comisaría del distrito 13, el héroe de los dos rescates es una especie de “apestado” asesino, ladrón... o el grupo contra-vampiros (salido claramente de Grupo salvaje) no es mejor que el de los vampiros. ¿Es pues una lucha entre el bien y el mal? Si lo es, se desarrolla en términos desiguales, incluso las propias Iglesias poseen una presencia demoníaca (en La niebla la Iglesia presenta un intento –tan fracasado como en Sleepy Hollow de Burton- de parar, resistir al mal, inútil en cuanto el mal está dentro como ocurre en En la boca del miedo o El príncipe de las tinieblas), encauzada incluso por los propios representantes de Dios en la tierra (el Cardenal Alba –nombre irónico en si mismo- que intenta buscar a los vampiros para que le transmitan su inmortalidad o el sacerdote de La niebla predecesor de unos familiares malignos que intenta –en vano- redimir con su muerte la culpabilidad de aquellos). Iglesias negras, ortodoxas con sus mastines defendiendo al diablo, con sus pasadizos y misterios encerrados tras sus pesadas puertas... Dios y el diablo en un mismo lugar enfrentados, tratando de vencer en un duelo repetido aquí y allá. Negras sombras intentando anular los poderes del mal, sin lograr realmente ningún triunfo destacado. No es raro (aunque haga alusión a otra cosa) que uno de los guiones de nuestro director, para una película del “oeste”, se titulara El diablo y lógico, además, la presencia de su corte de vampiros o de fantasmas (su última película, a punto de estreno se titula Fantasmas de Marte.

Se buscará al mal pero se esconde y vuelve a aparecer donde menos se le espera. He ahí la osadía de los finales de Halloween, La niebla, El pueblo de los malditos (distinto al de la novela y al de la película inglesa al igual que pasa con La cosa), Vampiros o... de En la boca del miedo, una de las obras más “absorbentes” de Carpenter en su aparente sin sentido. La violencia se produce, y el mal en si, por quienes les interesa que ésta estalle. O mejor ¿qué le gusta al público? ¿La violencia, el terror por el terror...? Pues, como es así, vamos a dárselo a nuestros “queridos” lectores o espectadores. La violencia, el terror se crea en el filme por los relatos de un escritor de género, cuya única base es vender, arrastrar con su bazofia literaria (luego convertida en cine) a millares y millares de persona. Pero, ¿qué es En la boca del miedo? ¿acaso el relato de un loco o el del último cuerdo? Acaso sea el pensamiento de alguien que revive su propia locura o puede ser que el último ser vivo sobre la tierra trate de saber la razón de su destino. Impecable película sobre el mal, sobre su poder, sobre la negación de un mundo sereno, bello... Quizás sea en ese filme y en Vampiros (y en La niebla y en La cosa) donde aparecen las imágenes más impactantes de su cine. Por ejemplo, esa llegada “siniestra” al pueblo primero encontrando a unos extraños ciclistas en una carretera oscura (¿inexistente?) y luego atravesando un largo túnel, o el intento de huida del pueblo con la llegada siempre al mismo lugar (ese tiempo que siempre es –o parece- el mismo), o la “jauría” de niños con sus bocas manchadas de sangre, o el extraño hotel (o la diabólica iglesia), que parece reproducir las páginas del nuevo libro llamado también En la boca del miedo o la última proyección (¿para el último habitante?) a la que acude Sam Neill para ver unas imágenes de En la boca del miedo y en la que se reproducen unos momentos vividos con anterioridad o, en fin, la repetitiva presencia del policía sanguinario repitiendo siempre su misma misión (la que le concede un libro o una película).

En la boca del miedo se interroga sobre muchas cosas a través de sus alucinadas imágenes. En especial esa negativa a acatar el mal como tal –o la sin razón-, inútil en cuanto el resto de la humanidad lo ha acatado. ¿No es la propia metáfora de un Carpenter enfrentado a su propio cine? Posiblemente, pero también lo es que le interesa, ante todo, ahondar en las raíces del mal, en su funcionamiento. Poco se puede hacer si el mal ha ganado la batalla. No obstante la luz, desde algún lado, probablemente comience a barrer a las sombras. O a lo mejor ocurra que en este duelo ocurrido en el Imperio y que ha arrastrado a todos cuantos viven bajo su (obligada) protección ya ha habido un ganador. De todas formas, como en el Imperio Romano, en su caída, los bárbaros, vengan de donde vengan, traerán una forma de existencia que comience a segar la oscuridad.

El cine de Carpenter es personal e intransferible. No sé si es un depositario del clásico cine B de ayer. Si sé que se trata de una obra densa y con altibajos, que se abre arropada por el fantástico o el terror a las dudas en las que vive el ser humano, a la lucha que en todo momento y lugar se mantiene entre el (hipotético) bien y el (expansivo) mal, símbolo de terror y de desesperanza frente a un futuro poco prometedor.

  

 

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