Shorta: El peso de la ley, de Anders Ølholm y Frederik Louis Hviid (3)

  19 Junio 2021

Racismo, thriller trepidante y denuncia social

shorta-0Al principio de la película un joven grita desesperadamente que no puede respirar. Es un muchacho de 19 años de nombre Talib Ben Hassi al que acaban de detener unos policías que le aplastan la cara contra el suelo. Es una escena que recuerda las muertes de Eric Garner y George Floyd, que pronunciaron las mismas palabras poco antes de morir a manos de policías blancos en los EE. UU. El movimiento Black Lives Matter adoptó el suceso para protestar contra el racismo de la policía norteamericana.

Los directores Anders Ølholm y Frederik Louis Hviid toman esa situación como inicio de un relato que quiere ser a la vez thriller trepidante y denuncia sobre la ferocidad y el racismo de las fuerzas policiales.

En el caso de esta cinta estamos en el Copenhague de la actual Dinamarca, dentro de la cual vive peor que bien una sociedad multicultural, segregada, con muchas tensiones raciales.

El joven inmigrante Talib entra en coma tras la dura intervención de las fuerzas de seguridad.

Durante este suceso deplorable e imprevisible, los agentes de policía Mike Andersen (Jakob Lohmann) y Jens Høyer (Simon Sears) hacen ronda en un patrullero, justo en ese día crucial. Han entrado en el barrio de Svalegården (barrio de ficción), persiguiendo un coche sospechoso. Al poco Andersen, haciendo gala de su crueldad, arresta a un chico inmigrante, Amos (Tarek Zayat); un muchacho juicioso y tranquilo.

Al anunciarse la muerte de Ben Hassi, el joven brutalmente violentado, no tardan en desatarse explosivos disturbios en el vecindario, que se convierte en un infierno sin opción a ayuda ni salida para los agentes.

Así, abandonados por un mando incapaz de enviarles refuerzos, los policías deberán abrirse paso por un territorio hostil mientras lidian con su prisionero, enfrentándose mientras tanto, no solo el uno con el otro, sino también consigo mismos y con una comunidad mucho más compleja de lo que ellos creen: los perseguidores convertidos en presas.

Sirva para aclarar el escenario que Mike es un agente veterano insensibilizado y corrupto por las miserias consustanciales a la profesión, que ejercita su autoridad cargada de prejuicios raciales y religiosos y que hace uso de su fuerza física sobre quienes percibe como una amenaza, sobre todo personas de piel oscura. Jens en cambio es un joven idealista, honesto, pero que, quiera o no, pertenece al mismo sistema infecto que su colega.

Ambos policías pasan la mayor parte del filme dentro de Svalegården, con mucha población perteneciente a minorías étnicas y una alta tasa de criminalidad.

Shorta es una palabra que en árabe significa policía. Con el tal término los inmigrantes daneses refieren a los hombres que son la autoridad en sus barrios. Según declaraciones de los directores del filme, es una obra de género en deuda con directores como William Friedkin, Sidney Lumet y Walter Hill y sus thrillers descarnados de los años 70 y 80, y con otros como Spike Lee, especialista en relaciones raciales, el crimen urbano o la pobreza, cuyo trabajo rezuma ira, indignación y rebeldía.

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Para mí es también una película en sintonía con la reciente obra de Ladj Ly, Los miserables (2019), con el fondo de los problemas sociales y raciales en el «banlieu» de París, que muestra de manera equivalente a Shorta, que las víctimas no son solo la gente que vive en esos barrios bajos, también los policías (lo cual no excusa su brutalidad en ocasiones). Omnipresente el hastío social y la violencia sistemática, lo cual da lugar a grandes altercados y protestas, unido todo ello a la marginalidad de los protagonistas barriobajeros. O sea, película hermanada con esta por temática y estilo.

Es el primer largometraje conjunto en pantalla grande dirigido por Hviid y Ølholm, una obra que, aun con sus limitaciones, tiene el corte de thriller policial versus pandilleros que nos mantiene con el corazón en un puño. Y, sobre todo, una sólida prueba de fuego sobre las dimensiones que ha alcanzado el cine criminal nórdico en las últimas dos décadas.

El libreto de Ølholm y  Hviid va acompañando a los dos policías sorprendidos y atrapados durante un día y una noche dentro de Svalegården, acosados por bandas que buscan venganza. Los agentes intentan escapar con su prisionero a cuestas.

Los perseguidores pasan a ser los hostigados. Uno de los agentes deja de lado sus tendencias racistas y violentas para mostrar su lado más sensible; y su compañero descubre cuán difícil es mantener la autoridad legal y moral en circunstancias tan adversas.

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A pesar de que Shorta nos recuerda a otras cintas del género con muchos elementos ya vistos, los directores compensan cierta falta de originalidad con atractivas acciones de reyertas y persecuciones, a lo cual sacan un gran partido dramático. Todo sobre un singular paisaje urbano en el cual se suceden los acontecimientos. Un «thriller espídico y nervioso, una cinta adrenalínica y violenta» (Salvans) no exento de crudeza con una excelente puesta en escena y cierta lectura social más que evidente, pero epidérmica en su análisis.

El problema es que, al dedicar un tiempo excesivo a la persecución, la refriega y sus coreografías, la historia desatiende el tema de fondo que la película pretende examinar. El resultado es una obra próxima a los estereotipos del cine de acción, que obvia un análisis y una reflexión más penetrante sobre las causas y consecuencias del racismo y la violencia corporativa de la policía («la represión institucionalizada» de la que habló Marcuse).

Los directores de la obra, como escribe Alegré: «sacan un gran partido al intrincado espacio urbano en el que la caza tiene lugar, guiándonos con energía a través de callejones, pasos subterráneos, aparcamientos, bloques de apartamentos y comercios saqueados y echando mano de una cinematografía que recurre a las luces y las sombras, y los destellos provocados por los disparos y las llamas, para crear una atmósfera noir». Pero el tiempo que dedican a funcionar como eficaz cine de género, más peso detraen para el análisis temático, lo cual deviene entretenimientos sólidos, pero trivial.

Shorta tiene un reparto interesante, con actores muy capaces, profesionales y que saben trasladar cierto sentido de complejidad del escenario en que se desenvuelven. Antihéroes que representan la peor cara de los cuerpos de seguridad y que dan pie a un ejercicio de empatía imposible, reforzado por un fantástico trabajo de puesta en cuestión y estructura dramática.

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Los agentes Høyer y Andersen, son interpretados por los impecables Jacob Lohmann y Simon Sears, que sirven a modo de catalizadores para una reflexión que, aunque carezca de hondura, aborda el tema de la creciente escalada de tensión racial existente en Europa y en los EE. UU.; todo ello tomando como elemento precipitador un incidente que recuerda por su similitud el asesinato de George Floyd, al que se anticipa.

Acompañan muy bien Tarek Zayat, como el muchacho apresado y otros actores y actrices conjuntados coralmente, como Issa Khattab. Özlem Saglanmark, Arian Kashef, Josephine Park, Dulfi Al-Jabouri, Michael Brostrup, Abdelmalik Dhaflaqui, Imad Abul-Foul, Anne Plabourg.

Tiene un encomiable trabajo de planificación que incluye la gestión de espacios y ambientes, excelente montaje de Anders Albjerg Kristiansen, que juega con los contratiempos de manera precisa, y una genial dirección de fotografía de Jacob Møller, que retrata de brillantemente la dureza de los sucesos acentuando exponencialmente la violencia seca y sin artificios que impregna el metraje. Estupenda la música de Martin Dirkov.

Cinta dura y brutal que encierra a sus personajes en un diabólico laberinto físico, social y psicológico en el que serán perseguidos sin piedad.

El espectador se enfrenta a un embrollo y a un caos lleno de ambigüedad moral en el que puede perderse unos minutos y tal vez, reflexionar mientras corre la adrenalina por sus venas, sin apenas un momento de respiro.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Caramel FilmsCaramel Films

  

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