Yo confieso (I confess, 1953)

  14 Febrero 2021

Dilema moral intenso y catolicismo

yo-confieso-0Hitchcock fue educado por jesuitas muy estrictos en un catolicismo igualmente severo. La película está relacionada con aspectos religiosos de carácter confesional, como el sacramento de la penitencia, el celibato y el voto de castidad, el adulterio, el secreto canónico de confesión, el perdón de inspiración divina, la absolución o la indisolubilidad del matrimonio.

Para interpretar adecuadamente el sentido y alcance del drama que se narra, es necesaria la comprensión de estos asuntos y la profunda carga moral, doctrinal y religiosa que conllevan para un católico.

El perdón y la culpa son dos cuestiones sobre las que las confesiones cristianas mantienen posiciones diversas, siendo el sentido católico muy firme a través del sacramento de la penitencia. Es interesante este extremo porque las diversas referencias confesionales pudieron dificultar la acogida general del film, su difusión e incluso su aceptación. No cualquiera entiende bien el espinoso y en apariencia irracional capítulo del «secreto de confesión».

Esta película es la historia de un cura católico que debe guardar los secretos del confesionario, aunque sabe que revelando esos secretos se salvará de ser implicado en un asesinato. El sacerdote sabe quién ha cometido el crimen porque se ha declarado culpable ante él en el confesionario. Pero sus votos como ministro católico le impiden desvelar cuanto se habla durante el sacramento de la penitencia. Se rige por el imperativo del «secreto de confesión» y a nadie podrá decírselo mientras sea un cura de la Iglesia Católica.

De nuevo un ardid de Hitchcock complicado y subversivo nos pone en vilo y resulta muy interesante ver cómo el maestro aborda este complejo tema y qué hace con ello.

La cinta toma su argumento de la obra en cinco actos Nos deux consciences (1902), de Paul Anthelme, obra que siempre sedujo a Hitchcock desde que la viera en los años 30 en Londres. Lo que le cautivó fue la situación básica que permanece en la película sobre el «falso culpable», muy del gusto de Hitch y repetido en varias obras suyas.

Este elemento del falso culpable (también de amores ocultos) fue pensado y repensado por el maestro británico, por lo que le dieron varias vueltas al guion. Primero decidió que el cura tuviera una conexión más directa con el asesinato. Llegó a imaginar un hijo ilegítimo del sacerdote con su novia Ruth antes de tomar los hábitos. También imaginó que el protagonista acabara condenado a muerte y ejecutado.

Pero estas y quizá alguna otra cabriola argumental fueron desechadas por los productores de la Warner, también católicos, y finalmente la historia quedó más ligera de truculencias morales y religiosas que, quien sabe si no sería una decisión finalmente también del agrado del propio Hitch.

La cosa es que el film pretendió ser más atrevido de lo que finalmente vimos en la pantalla. La censura logró meter la mano para anular estos detalles que sin duda habrían sido polémicos. Pero también creo correcto decir que las preocupaciones de Hitch en su obra eran otras diferentes y centradas en la calidad y efectividad del desarrollo filmado de la historia.

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El punto de arranque

Un travelling hacia el cuerpo del abogado recientemente asesinado abre la película. La cámara atraviesa la ventana abierta para acceder a la escena del crimen.

Empieza la película con un crimen, puede avistarse un cadáver cuando la cámara se asoma a una ventana y muestra el interior de un domicilio. A continuación, aparece un tipo vestido de sacerdote que atraviesa un mapa de calles oscuras y anocheciendo.

Esta es la primera pista falsa del director y del asesino: hacer creer al espectador y a los testigos (dos niñas lo ven caminar aprisa por las aceras) que el asesino es un cura.

Pero no tarda en convertir a los espectadores en cómplices cuando ese hombre se quita el hábito y va a confesar su crimen a su sacerdote habitual, el padre Michael Logan (Montgomery Clift), que había ayudado a ese hombre y a su mujer cuando les hizo falta.

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La trama

Este largometraje fue rodado en Quebec, una ciudad clásica con muchas reminiscencias arquitectónicas y urbanas que le dan un aspecto a ciudad europea bella y también de calles intrincadas, oscuras y sinuosas, a modo de metáfora de una trama igualmente enredada. Además, es una urbe mayoritariamente católica, lo cual era importante para elegirla para la filmación.

Se rodó en los escenarios naturales de la ciudad de Quebec (Canadá) y también en los platós de Warner Studios (Burbank, CA).

Estamos en Quebec en torno a 1952. El inmigrante alemán Otto Keller (O. E. Hasse) trabaja como sacristán de la parroquia de Santa María y los miércoles lo hace como jardinero del abogado Vilette (Legare). Vilette lo descubre cuando intentaba robar dinero de la caja y Keller lo asesina. Poco después confesará su crimen al sacerdote Michael Logan. Obligado por el secreto de confesión, Logan guarda silencio y no se defiende cuando el inspector Larrue (Karl Malden) le acusa de ser el autor del crimen. Logan es un joven espiritual, sensible y de fuertes convicciones.

Llevado por el sentido del deber, guarda el secreto al que está obligado. Pero hay que añadir que la sospecha recae sobre Logan por no poder presentar coartada, y además se descubre que el culpable llevaba una sotana la noche del crimen.

También se conoce que el sacerdote era chantajeado por el abogado asesinado, por motivo de un asunto amoroso anterior a ser ordenado, pues antes de tomar los hábitos mantuvo relaciones amorosas con Ruth (Anne Baxter), esposa de Vilette; por cierto Ruth dispone de una coartada porque afirmó que en el momento del crimen, ella estaba con el padre Logan; horas después de perpetrarse el asesinato, tanto el sacerdote como la mujer tenían cita con Villette.

 

 

De esta manera resulta que Hitchcock, con ayuda del inspector y los sospechosos, consigue que lo más interesante no sea el crimen en sí, sino el motivo por el que Ruth y Logan estaban juntos durante aquella noche. En la historia jugará también un papel importante Alma (Haas), la esposa de Otto (Alma era el nombre de la esposa de Hitchcock).

El guion fue escrito por George Tabori y William Archibald, que adaptaron de manera impecable, aunque con algunas modificaciones, la obra de teatro de Paul Anthelme.

Hitchcock siempre afirmó que su película no había sido comprendida en los Estados Unidos y sí en el resto del mundo. El problema es el «secreto de confesión», el cura joven con un pasado de romance que tiene el secreto de un asesinato y que no puede revelarlo, de allí el título Yo confieso.

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Reparto sensacional: un gran valor

Estamos ante una película de suspense extraordinaria, donde tres actores del «método» (que a Hitchcock no le gustaba mucho o mejor dicho nada) se adaptan a la mejor tradición clásica. Pero es igualmente un drama moral y teológico que pone en tela de juicio la validez de la vocación y su naturaleza. Y también una reflexión sobre el amor: el amor al prójimo, contrapuesto al amor romántico o erótico. Y claro que es igualmente un enorme entretenimiento.

Cuenta con protagonistas de excepción donde destaca un Montgomery Clift, que hace gala de unas dotes expresivas, una mirada introspectiva que habla por sí misma, porte resuelto (hasta ensayó concienzudamente la manera de caminar de un cura con la sotana puesta) y, en fin, un actor de singular encanto que interpreta de maravilla a Logan, el joven sacerdote beatífico y entregado de lleno a su fe y al culto al Dios cristiano encarnado en Cristo. El rostro de Clift refleja a la perfección el estado de ánimo de un personaje recto, justo y que prefiere sufrir un calvario antes que traicionar sus principios y creencias (hay momentos en los que Hitchcock asocia a Clift con una imagen de Jesucristo comparando ambos sufrimientos).

Anne Baxter es Ruth, una mujer bellísima y antigua novia del sacerdote, quien sigue enamorada de él y que se lo dice con su rostro resplandeciente cada vez que lo mira o asiste a algún acto litúrgico del monseñor.

Karl Malden, como comisario de policía, un hombre de razón, de lógica, que investiga concienzudamente y a quien una prueba lo lleva a la siguiente; perspicaz y que no se deja confundir por cantos de sirena, sino por el sentido común de un detective metódico en todo momento; Malden no puede estar mejor en el que dicen es el policía más inteligente en la filmografía de Hitchcock.

Otto E. Hasse brilla como el asesino que se esconde tras una confesión, muy buen trabajo de hombre amedrentado, cobarde y mezquino.

Brian Aherne, excelente como fiscal juguetón e implacable.

Y quiero resaltar la figura de Dolly Haas, quien hacer una enorme interpretación dramática y tensa como Alma, la esposa del asesino Otto Keller. Haas era una actriz de talla en Alemania que se retiró de la profesión por su segundo matrimonio con Albert Hirschfeld, un importante retratista de celebridades, con el cual obtuvo la nacionalidad americana; ella eligió el papel de esposa al de actriz, pero Hitch la recupera en esta obra en un rol secundario pero providencial.

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Película severa

Se ha lamentado Hitchcock de que este no es un film con mucho humor. Es más bien austero y serio, salvando algunos toques de humor y de ironía, especialmente agudos, como cuando Ruth acude a la policía para proporcionar una coartada a su amigo el cura, pero lo que hace es facilitar a la policía lo que ésta entiende como el móvil del crimen.

También se puede destacar con cierto humor al personaje del fiscal, que en sociedad aparece jugando con tenedores y vasos, siempre riendo y divirtiéndose, pero que en la sala de juicios no muestra la más mínima piedad ni con sus amigos más cercanos.

Aspectos técnicos

Además de la gran dirección y libreto, desde el principio de la cinta queda claro el carácter expresionista de una impecable fotografía de Robert Burks, que desde el trabajo anterior de Hitchcock se convirtió en habitual de éste, con un marcado blanco y negro que avanza lo terrible de la premisa y cómo se precipitarán los acontecimientos hasta un punto en el que las salidas parecen muy difíciles. Hay también flashbacks filmados en tonos claros, en plan onírico, en algunos momentos, que muestran la historia de amor entre Logan y Ruth.

La puesta en escena de Hitch se centra en las reacciones de los personajes, con abundantes primeros planos de los rostros de los actores, sobre todo Clift, que consigue momentos prodigiosos con la cámara, la composición del plano y las caras, por ejemplo, cuando Karl Malden, por encima del hombro mira al padre Logan de cerca y empieza a sospechar.

Envolvente, excelente, potente y dinámica partitura del ruso Dimitri Tiomkin (que ya nos deleitara en Sólo ante el peligro, 1952; El Álamo, 1960; o Los cañones de Navarone, 1961) que acompaña con una genial sinfonía de notas el drama.

 

Puntos de interés sustanciales

La primera virtud de este film de suspense es que plantea el dilema de si un sacerdote debe guardar el secreto de confesión y, sin quererlo, convertirse en cómplice, o debe decir la verdad para que el asesino no escape de la justicia. Para ello es clave la actuación de Clift como hombre torturado por mantener su silencio.

En el libro El cine según Hitchcock, de Francois Truffaut, ambos comentan que el público quería y necesitaba que Logan dijese la verdad. Truffaut sostiene: «A partir del instante en que Montgomery Clift recibe en confesión la declaración del crimen cometido por Otto Hasse, es el sacerdote quien se convierte realmente en culpable y así es como lo entiende el asesino».

Este es hoy el componente más interesante del filme: el traspaso de culpabilidad entre personajes, y sobre todo cómo se debe manejar esta circunstancia. En el mismo texto mencionado, Hitchcock dice: […] «en Yo confieso, nosotros, los católicos, sabemos que un sacerdote no puede revelar un secreto de confesión, pero los protestantes, los ateos, los agnósticos piensan: “Es ridículo callarse; ningún hombre sacrificaría su vida por algo semejante”». A lo cual añadió que, por eso, la película no debió realizarse porque tenía un error de concepción.

Pero vista hoy la cosa, bien se puede decir, contrariamente a la opinión del maestro, que esta película es para disfrutar de noventa y cinco minutos con mucha intriga, disyuntivas morales y religiosas, un sagaz policía, dudas, sombras, sospechas, grandes actores y actrices, música de lujo y una cámara que recorre un Quebec en blanco y negro pero esplendente a modo de vals y de disfrute con las cosas buenas de Hitchcock, que eran muchas, todas.

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El Hitchcock católico

Los padres de Alfred Hitchcock eran de ascendencia irlandesa y él y sus hermanos fueron criados en la religión católica. El mismo cineasta aseguró años después que tuvo «una estricta educación católica. [...] No creo poder ser etiquetado como un artista católico, pero es posible que la educación infantil influencie la vida de un hombre y guíe su instinto».

En mi parecer, la biografía y experiencias de cualquier artista impregnan su obra de una manera u otra. Creo, pues, que parte de las obsesiones del cine de Hitch radican en su propia vida. El sentimiento de culpabilidad, por ejemplo, era una secuela de su rígida educación católica.

En 1908, siendo apenas un niño, asistió primero a un colegio de salesianos en Battersea y luego al St. Ignatius College en Stamford Hill, un colegio jesuita con una pedagogía disciplinaria firme, ambos centros educativos en Londres.

También cuenta nuestro director que de pequeño le ocurrió algo que lo marcó profundamente: «Cuando tenía sólo seis años, hice algo que mi padre consideró que merecía un castigo. Me envió a la comisaría de policía con una nota. El agente de servicio la leyó y me encerró en una celda durante cinco minutos después de decirme: “Esto es lo que les pasa a los niños malos». Sin duda por circunstancias educativas como esta, y las de carácter religioso, temas como el perdón, el castigo o el «falso culpable» se filtran en gran parte de su producción, tal el caso de esta película.

A pesar de la severidad de su educación, Hitch mantuvo su fidelidad al catolicismo hasta el final de sus días. Era habitual verle a él y a Alma Reville yendo a misa los domingos. Cuando tuvieron a su hija Pat, también le inculcaron la fe católica, lo cual no quita para que a veces cuestionara el catolicismo en muchas de sus películas.

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Cuando el «mago del suspense» estaba muy mayor y achacoso, se acercó más a la religión: «Después de charlar un rato, todos cruzamos el cuarto de estar a través de un pasillo hasta su estudio, y allí, con su esposa Alma, celebramos la misa tranquilamente... Hitchcock había estado lejos de la iglesia durante algún tiempo, y contestaba en latín, a la antigua usanza» (J. Madrid).

Igual manifestó Mark Henninger, sacerdote profesor de Filosofía en la Universidad de Georgetown y entonces joven jesuita que atendió espiritualmente en sus últimos días al director de cine en su mansión de Bel Air. Este jesuita recuerda el tiempo que pasó junto al famoso director de cine ya enfermo.

Un día, estando postrado y adormilado Hitch en su casa, fue Mark con otro sacerdote, el padre Tom, este le tocó en el hombro: «despertó, miró hacia arriba y besó la mano del Padre Tom, dándole las gracias. (…) Pero lo más notable fue que después de recibir la comunión, lloró en silencio, con lágrimas rodando por sus mejillas enormes». Y añade Henninger: «En esa perspectiva, valorar la propia vida, compartir las heridas sufridas y causadas, y buscar la reconciliación con un Dios dispuesto y acostumbrado a perdonar, me parece profundamente humano. La extraordinaria reacción de Hitchcock al recibir la comunión fue el rostro de la humanidad real y de la religión real, lejos de los titulares y las biografías de hoy».

Estas y otras anécdotas de la vida del maestro fueron publicadas por el pade Henninger en The Wall Street Journal a raíz del estreno de un relato biográfico, titulado Hitchcock, en algunas salas de cine en Estados Unidos, el 23 de noviembre de 2017.

El padre Henninger continuó visitando a Hitchcock hasta su muerte, el 29 de abril de 1980. El sacerdote reflexionó sobre cuán extraordinario fue que Hitchcock se dejara guiar por Dios al final de su vida. Algo le «suspiraba en su corazón», escribió el sacerdote, «y las visitas respondieron un profundo deseo humano, una real necesidad humana».

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Los elementos católicos

En Yo confieso está la culpa, también el abnegado amor al prójimo o el respeto por los preceptos de la Iglesia. Hay, así, una marcada huella de la cultura cristiana-católica en la que se había formado Hitch.

Según A. M. del Valle en su tesis doctoral sobre La posición de cámara y el montaje en el cine de Alfred Hitchcock como acto moral (2015): «esta obra es una pieza clave para la identificación de Alfred Hitchcock como director católico y no tanto por la obviedad de su contenido, sino porque es una película que solo puede ser comprendida por un católico. Sin el misterio del secreto de confesión, sin entender que la donación es más valiosa que la vida, esta película no tiene sentido».

Así es, una película en la cual un sacerdote comprende profundamente su vocación y adecúa a ella su misión, anteponiendo el bien de los demás sobre el suyo propio, por la autoexigencia de preservar un secreto recibido en confesión. Este hombre es juzgado, encarcelado, perseguido. Y podemos ver en la cinta que el padre Logan es rechazado, abucheado por la multitud y amenazado, pero no se rinde ni desiste en su actitud de cargar con los pecados ajenos y recibir y cumplir penitencia por ellos.

Este Calvario sólo lo soporta quien se siente una felicidad mayor a la que está llamado: «sólo quien sabe que la recompensa que espera al padre Logan no es de este mundo, entiende el final de este film, en el que el sacerdote no recibe compensación por el error ni reconocimiento público» (A. M. Valle).

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En el estado de la cuestión de la mencionada tesis de A. M. Valle, Yo confieso es una película católica que solo puede ser entendida por un católico. Y el creyente, como el personaje de la película, no se deja encandilar por una realidad atractiva, relajante o de meras sensaciones placenteras. Eso no casa con la naturaleza espiritual del personaje Logan, que es un hombre conducido por más elevados intereses espirituales. En el film, lo contrario, habría significado, según López Quintana: «decepción, tristeza, angustia, desesperación, soledad asfixiante y destrucción».

Los planos de las estaciones del viacrucis en la cinta, que preceden a la detención del padre Logan, representan el sacrificio de Cristo. Representa el inicio de su propio viacrucis: «la posición de cámara y su intervención moral en el espacio se muestra el respeto de Hitchcock hacia las iglesias, cuyos interiores suele retratar frontalmente y siempre desde el lugar más lejano posible al altar, desde la puerta, como si la cámara no quisiera perturbar un lugar que sabe sagrado o no se sintiera digna de atravesar la puerta. Solo hay un plano más cercano al altar, durante un flash-back que nos muestra la ordenación del padre Logan. Entonces, la cámara da un plano lateral y desde fuera del altar, manteniendo casi la misma distancia que en los anteriores planos y evitando el encuentro directo de la cámara con el sagrario» (A. M. Valle).

En declaraciones a ACI Prensa, Ben Akers, director de la Escuela Bíblica Católica de Denver, dijo: «Hitchcock trata de ponerle una cruz a cada escena en esa película, porque la cruz cuelga sobre la decisión que este sacerdote tiene que hacer. En una de las escenas claves, donde está tomando la decisión de limpiar o no su nombre, lo que significaría romper el secreto de confesión y dejar el sacerdocio, él está caminando por las calles de Quebec, y ves a Cristo cargando su cruz, y bajo de los brazos de la cruz ves al sacerdote caminando por el centro».

Yo confieso es uno de los films en los que la cuestión moral implícita y explícita se mezclan y funcionan mejor integralmente. La técnica de la unidad, representada también en el uso moral de las angulaciones, sirve perfectamente al contenido del film más católico de Hitchcock, del que el director, como era costumbre, tampoco se sentía orgulloso, sobre todo porque no tuvo una buena acogida.

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Encuadres, enfoque y religión

Casi todos los encuentros entre el padre Logan y el auténtico asesino del abogado están trabajados desde la angulación, aprovechando las diferencias de altura ofrecidas por el confesionario en los primeros planos de la película. Y como añade A. M. Valle: «También Alma, la esposa del asesino y cómplice por guardar silencio, sale retratada en su primera intervención (sirviendo el desayuno a los sacerdotes en el rectorado) con una posición angulada de la cámara. En este film, dado que el asesinato se ha producido antes de que comience la película, todas las angulaciones contrapicadas significativas deben ser interpretadas como la mirada acusadora del abogado asesinado y no como un gesto de admiración y respeto de la cámara. En cualquier caso, los dos tipos de planos suelen distinguirse perfectamente porque el contrapicado acusador es más agudo y suele estar reforzado por una iluminación que produce sombras acusadas en el rostro de los personajes que son, también, metáfora de las sombras en la conciencia de los mismos».

Sirva como anécdota y ejemplo que cuando Alma sirve la mesa, se entiende la posición acusadora de la cámara en relación con el plano posterior, que encuadra frontalmente y por la espalda a los sacerdotes. Pero el plano contrapicado acusador más revelador del film lo encontramos en el juicio al padre Logan. «En ese momento, su sirviente y asesino, al que involuntariamente encubre, es retratado acusatoriamente por una cámara muy forzada para mostrarnos lo que debemos pensar acerca de ese hombre».

Según mi parecer, la película no es solo una obra excelente, también es propiamente el relato de un hombre católico, lo cual marca el sesgo del film. Y aunque todo lo demás sea importante para el cine, esta variable explica la construcción y desarrollo de la película, obra más difícil de entender para personas de otras religiones o creencias.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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