Pero… ¿quién mató a Harry? (The trouble with Harry, 1955)

  23 Enero 2021

Una maravillosa rara avis de Hitchcock

pero-quien-mato-a-harry-0Siempre me impresionó esta película del enorme Hitchcock cuyo título original es The trouble with Harry, nada que ver con la traducción española. Y es que hay un problema con Harry, esto es, que está muerto. Lo peor de todo es que alguna gente en realidad le conocía... y se cree culpable de su muerte. Es una película entre naif, surrealista, preciosista, de intriga, teatro del absurdo y, sobre todo, encantadora.

Ya el comienzo impresiona: esa fotografía que parecen pinturas, esos paisajes de campiña, esos colores y matices en el campo y el bosque y uno dice: ¡Dios mío! ¿Qué es esta preciosidad? Y es que Hitchcock al parecer quería que el escenario fuera parte de la historia, de forma paralela a los personajes, y encontró el paisaje apropiado como contrapunto para los elementos macabros de la trama en las colinas de Vermont, cubiertas con hojas de roble y arce. Este paisaje haría un curioso contraste con la inmoralidad y la sordidez de la muerte.

La historia se desarrolla en un hermoso día de otoño, en un delicioso rincón bucólico (se cambiaron los paisajes británicos por exteriores de Vermont en Nueva Inglaterra, EE.UU.); entonces se escuchan tres disparos y aparece un cadáver: es el cadáver de Harry.

Por esos pagos anda cazando un viejo capitán (Edmund Gwenn) que se siente responsable de la muerte de Harry, por creer que ha sido un accidente de caza, o sea, un disparo perdido de su pobre escopeta de matar conejos, que le ha dado al señor Harry.

Así, intenta enterrar el cadáver, pero justo entonces van apareciendo, yendo y viniendo personas diversas, y el viejo capitán entierra, desentierra y transporta varias veces el cadáver sobre cuya identidad se interrogan con perplejidad todos los que por allí pasan: un niño, una solterona, un médico miope o un pintor abstracto.

La dirección no tiene vuelta de hoja en su maestría por parte de Alfred Hitchcock, y lo hace con un genial guion de John Michael Hayes —La ventana indiscreta, 1954; Atrapa a un ladrón, 1955—, basado en la novela de John Trevor Story The Trouble With Harry (1949).

La música ligera y pegadiza de Bernard Herrmann es maravillosa (esta banda sonora, de Bernard Herrmann marca el inicio del ciclo de las colaboraciones de éste con Hitchcock); y la fotografía en Technicolor y Vistavision, de Robert Burks, es genial e incluso al parecer se insinuó de parte de los críticos que le dieran un Oscar.

En cuanto al reparto es igualmente excelente: Edmund Gween que lo borda como el capitán jubilado Albert Wiles; John Forsythe estupendo como el pintor abstracto Sam Marlowe, que no confía en los críticos de arte (hasta entonces un actor esencialmente teatral); la presentación de Shirley McLaine, que está preciosa y muy acertada en su debut en el cine (en 1956 estuvo nominada en los premios Bafta a mejor película y actriz extranjera); Mildred Natwick, muy bien de solterona; Jerry Mathers, sembrada; y así todo el reparto que conforma un equipo actoral de lujo.

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Debo decir que no conocía esta joyita del período yanqui de Hitchcock, siendo una desconcertante pieza rara en la filmografía del insigne director británico. Y no se trata sólo de un enredo de a ver quién mató o quién es Harry, más bien es un encadenamiento de acontecimientos impensados, maravillosos y desternillantes; una especie comedia de misterio que combina humor negro con una intriga sutil y ligera. La acción tiene lugar a lo largo de una sola jornada del otoño de 1954.

Hay situaciones que recuerdan al director francés Jacques Tati, otras son buñuelianas, otras parecen propias de los mismísimos esperpentos de Valle Inclán, a veces Samuel Beckett, y siempre atravesadas por un humor inteligente y caustico, no dramático, que entorna toda la rocambolesca peripecia que narra.

Diálogos inteligentes y bien construidos, ocurrentes, personajes extravagantes y singulares, con momentos muy graciosos, y unos toques importantes de crítica a la sociedad rural norteamericana, el militarismo, el arte moderno, el conformismo social.

Yo creo que Hitchcock se dijo: ¡me lo voy a pasar bien!, e hizo esta película a modo de trabajo divertido y sin tener en cuenta el margen de beneficios que la obra podría reportar.

En esta película hay un tema recurrente en la filmografía de Hitchcock: cómo deshacerse de un cuerpo que ya tiene el rigor mortis; recordemos esta misma situación en La soga, 1948; La ventana indiscreta, 1954; o Frenesí, 1972. No obstante, en este film Hitchcock desdramatiza la situación y los enterradores gastan más tiempo y energía enterrando y desenterrando el cadáver que en resolver el misterio de su muerte.

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Pero hay un cambio, empero, en esta obra de Hitchcock; nuestro gran director siempre había sido partidario de buscar algún villano o asesino culpable del crimen u horror que fuera, pero en esta película sugiere que todos los personajes involucrados son responsables colectivamente del destino de Harry. Pero nadie se siente culpable ni muestra signos de arrepentimiento o culpa: lo único que les interesa es que el sheriff no les fastidie sus amoríos o ponga en duda sus buenas reputaciones.

Además, paradójicamente, Harry es capaz de traer felicidad y parabienes a todos y el pueblo se une para pactar y acordar compartir el peso de la muerte y el entierro de Harry, incluso el cadáver sirve de promotor de romances en gentes que antes eran solitarias o solteras (Shirley MacLaine y John Forsythe o entre Edmund Gween y Mildred Natwick). O sea, todos contentos y felices como en un cuento de hadas.

Al fin, y este es otro curioso detalle, a Harry sólo se le ven los pies, pies calzados, pies sin zapatos e incluso sin calcetines, pero solo pies, entonces ¿a qué preocuparse tanto si es sólo un objeto y para colmo fuera de lugar? En definitiva, en esta cinta creo que podemos ver uno de los logros más personales de Hitchcock, una historia en la que parece proclamar que no siempre se ha de ser espeluznante.

Hitchcock sorprendió con esta cinta por alejarse de su habitual suspense, cuando el público esperaba intriga y misterio. Pero no diferente sólo en estilo, temática y organización de su cine. También es un estilo que habita en el maestro y que está menos condicionado. Comienza esta comedia con la presentación de la mayor parte de sus personajes, que van desfilando ante el cadáver de Harry. Aislados en diferentes cuadros campestres bajo la mirada de un viejo capitán de remolcadores que cree ser el causante accidental de la muerte del hombre escondido tras unos matorrales.

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Plano a plano, gesto a gesto, es ciertamente hitchcockiana: una obra hecha como con burla, de manera insurrecta, derribando las reglas de la razón y de lo creíble, para introducirnos en el terreno de la fascinación, del tiempo alocado, de una lógica íntima, subversiva y fascinante de objetos, música, decorados, luces. Y el espectador se ve envuelto inconscientemente y de forma activa con la campiña de Vermont, la hermosa fotografía de Robert Burks y unos actores que acaban siendo entrañables.

Diálogos agudos y satíricos, muy de humor negro de Hitch. Es también la primera colaboración musical con Bernard Herrmann, una partitura muy original, que en este film posee el sardónico juego de apariencias y artificios tan típicos del cine hitchcockiano.

Fue —no hay casualidades— la primera película de Shirley MacLaine, con veinte años y muy bonita, y el galán John Forsythe. Y sin ir más lejos, el cameo de Hitchcock se produce al pasar frente a la exposición pictórica de John Forsythe.

Obra atípica y digna de análisis dentro de la filmografía de su autor, que, no obstante, no deja de tener el sello de Hitchcock en cuanto a su humor, su maestría en la dirección, su capacidad de sorpresa o sus inteligentes tomas y puesta en escena.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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