Un viaje de diez metros (The hundred-foot journey, 2014), de Lasse Hallström

  03 Octubre 2020

Amores, olores, sabores en una comedia colorista con el racismo al fondo

un-viaje-de-diez-metros-0Comedia dirigida con ánimo y humor por el excelente Lasse Hallström, que vuelve al terreno de su celebérrima película Chocolat (2000), con Juliette Binoche, con todo un recital de comidas caseras de excelencia y una armónica lección étnica que no elude tintes de racismo.

El film es conducido por un guion muy bueno de Steven Knight, basado en la obra de Richard C. Morais, escritor y periodista americano que, con su primera novela, The Hundred-Foot Journey, da título a la película, a la vez que logró fama internacional. Buena música de A. R. Rahman y una fotografía colorista y luminosa de Linus Sandgren.

El reparto es de lujo, con una Helen Mirren sembrada que transmite su rol con absoluta credibilidad; Om Puri, genial en su papel de padre hindú; Manish Daval, espléndido como chef puntero; linda y sugerente Charlotte Le Bon; hermosa Juhi Chawla; así como el resto del grupo actoral: Rohan Chand, Amit Shah, Dillon Mitra, Farzana Dua Elahe, Malcolm Granat y Sanjav Sharma.

En la historia, una familia india encabezada por el padre (Om Puri), viaja en una vieja furgoneta que los traslada al sur de Francia. Su objetivo es montar un restaurante con comida tradicional india. Pero justo enfrente del local elegido, hay un restaurante tradicional de lujo, reconocido en la Guía Michelín y regentado por una escrupulosa y gomosa Madame Mallory (Helen Mirren), que bajo ningún concepto quiere competencia cerca de su negocio, menos aún por gente de otro lugar, raza y cultura diferentes.

Como bien expresa Morais en su novela, diez son los metros que separan Maison Mumbai, el modesto restaurante indio que la familia de Hassan regenta en el pueblecito francés de Lumiére, y Le Saule Pleurer, institución gastronómica de alto nivel, con la tiránica propietaria Madame Mallory.

En la historia novelada, el joven Hassan narra en primera persona el periplo que realiza su familia desde Bombay a Londres y de allí hasta Lumiére, a veces rodeados por desgracias y fatalidades de tinte muchas de ellas racistas –la historia se sitúa en plena Segunda Guerra Mundial–, ante las cuales la familia del clan de los Haji responde buscando refugio en su cultura y en sus costumbres, mayormente en la tradición gastronómica de sus ancestros.

Así es como la familia, al llegar al pueblecito, inicia el negocio del restaurante hindú. En la película se da la circunstancia cómica de cómo Madame Mallory, mujer perfecta y exquisita, queda espantada al percatarse que tiene a diez pasos dicho establecimiento colorido, ruidoso y oloroso: atravesar la calle y allí está esta familia extravagante, de diferente cultura y de piel distinta.

Allí están esos personajes estrafalarios, al otro lado de la calle, frente a su exquisito y sofisticado restaurante al que ha dedicado toda su vida. La antipatía por lo diferente, el repudio del que viene de afuera son abordados con mezcla de drama, hilaridad y sarcasmo.

La novela, al igual que el film, refleja cómo Maison Mumbai y Le Saule Pleurer están condenados a compartir calle, proveedores y, poco a poco, clientes. Las situaciones de humor y mordiente motivadas por el contraste entre las dos formas de ejercer la restauración son constantes, y reflejan la gran distancia que separa ambas culturas y maneras de enfocar la vida y la gastronomía.

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Pero claro, el film evidencia que hay sentimientos, sensibilidades y cualidades que son transfronterizos, aunque haga falta alguna forma de catarsis de parte de algunos personajes para descubrirlo.

No es este film una gran película, una obra maestra, pero en él encontramos una comedia amable, dócil y simpática, que sabe rodear con humor los repudios racistas; el mismo humor que, como decía Jacobo Leví Moreno, padre del psicodrama, puede servir para aliviar e incluso para sanar conflictos psicológicos y problemas muy arraigados.

Además, los primerísimos planos de los alimentos abren las ganas de comer. Y no falta el amor. De hecho, la película juega al maridaje entre gastronomía y romance, tema que, aunque recurrente en los últimos tiempos, no deja de tener su encanto. Hallström ya lo trabajó anteriormente en la deliciosa Chocolat.

Película contra el racismo y la xenofobia, donde observamos con agrado que, a la larga, las sensibilidades de unos y otros acaban entrelazándose y uniendo en una solidaria historia sencilla pero simpática, a la que no le falta su toque de picante y sátira.

Además, están las interpretaciones, como antes apuntaba. A Helen Mirren se la ve disfrutando de su papel de mujer pérfida y odiosa, a la vez que Om Puri encarna muy bien el arquetipo de patriarca indio cordial, un poco lerdo, pero de gran corazón; Puri es un prolífico actor con películas bien conocidas, como Oriente es Oriente (1999) y Occidente es occidente (2010).

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Aunque la gran estrella de esta película es la Mirren, que logra momentos de humeante emoción. Y hablando de cocina, todo se cuece en torno a ella, lo que incluye el clima jovial del pueblo o el pulso del protagonista, el joven Hassan Kadam, que lleva en su genética la magia de las especias y las exquisiteces, y que interpreta un Manish Dayal que resulta tener una gran solvencia para el papel. Kadam se convertirá en un prometedor e innovador chef que con sus conocimientos puede perfeccionar la rica gastronomía francesa.

Además, Hallström, filma con el característico poder visual que el director imprime a sus obras (Mi vida como un perro, 1985; o Las normas de la casa sidra, 1999, con un gran Michael Caine); y lo hace, como apunta cómicamente, Bonet: «con un sofrito que es rápido, pero el plato final no decepciona al espectador transformado en comensal».

En conclusión: película que con un murmullo de racismo de fondo que, no obstante, con sus sabrosos toques de humor, se torna comedia afable, grata, cordial, colorista, sensual, efusiva y bonita, con pinceladas de sabor, olor, insinuaciones y buena onda.

Una película que uno ve del tirón para no perder comba, pegado al asiento, sin mirar el reloj.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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