Scorsese, ese italiano dolorido y moralista

  04 Septiembre 2020

Sermones en la noche

historias-de-nueva-york-0El cine de Scorsese se encuentra, en parte, fuera del cine americano. Amante del cine —y cuidador del mismo— habla de la violencia y de esa ciudad que ama, Nueva York.

Sería curioso estudiar cómo algunas películas de grandes directores amantes de la ciudad dan distintas visiones de la misma. Y pienso en personalidades, además de Scorsese, como John Cassavetes o Woody Allen.

No es extraño que uno de los títulos de Scorsese lleve el título New York, New York o que interviniese en el tríptico Historias de Nueva York. Sus calles, peligrosas —sobre todo cuando llega la noche—, se pueblan de hombres torturados en busca de una redención.

Es curioso que si Cristo, en La última tentación de Cristo, piensa desde la cruz en la vida que habría llevado con María Magdalena —renegando de su condición de Sacrificado—, sea Cage —ese otro mesías visionario— quien se cobije, al final de Al límite, en otra María Magdalena, en busca del reposo, del descanso, formando una curiosa Piedad.

Director de la dureza, de la redención, del castigo y de la culpa. No hay piedad en su cine. Aún en la brillantez de un musical se encuentran las tinieblas de los dolores de una ruptura.

Allí o acá, las familias —reales o mafiosas— aparecen caminando en busca de... una negativa o de una forma de vida condenada al fracaso.

Películas de renuncia, casi siempre —insisto— con Nueva York al fondo del hoy, del ayer o del anteayer (esa excelente La edad de la inocencia) donde abundan las traiciones, los dolores.

¡Cuánto les cuesta vivir a los personajes de Scorsese! Se arrastran, purgando sus culpas por no haber sabido ser, por no saber comunicar todo el amor que llevan dentro o quizás por no ser honestos consigo mismos.

Familias mafiosas que se matan, «familias» reales que se separan, se gritan, se ofuscan en unas guerras incomprensibles. ¿Dónde está la paz? ¿Dónde alcanzarla?

Calles de Nueva York, noches oscuras, trágicas y tan largas como sus grandes y ampulosos movimientos de cámara. Por ellos se le ha acusado de esteta. Es discutible, ya que suponen —como diría Godard— una cuestión moral.

Así ocurre, por ejemplo, en el inicio de ¡Jo, qué noche!, un filme que resume muchas de sus ideas... morales. Allí, alguien en una oficina «cuenta» sus problemas al protagonista, quien, enfrascado en su trabajo, no se preocupa por ellos. La cámara gira por la oficina indicando esa despreocupación.

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A la salida del trabajo —es un fin de semana— el personaje principal decide correr una aventura (buscar una chica fácil, que, ¡oh!, lee a Henry Miller), dejarse llevar por la seducción de lo prohibido. Y todo se vuelve contra él. Los palos le caen de todas partes. No es para menos. No se ha preocupado de los otros y ahora quiere que se preocupen de él.

En el suelo, de rodillas, implora a lo alto: «¿Que he hecho yo, Dios mío, para merecer esto?» Está muy claro, para el moralista Scorsese, lo que ha hecho el personaje: ha transgredido unas leyes, unas normas. Quizás sea ese filme, curiosa mezcla de dos películas tan diferentes como El signo del Leo, de Rohmer, y Con la muerte en los talones, de Hitchcock, el más claro o elemental como expresión de su carácter moralista.

El cine del ex seminarista Scorsese, muchas veces encerrado en la escritura del duro calvinista Schrader, se plantea como bellos (y tremebundos) sermones. Ejemplo neto y claro de un moralista de vieja raigambre, autor de un cine clásico y a la vez siempre nuevo y original.

Escribe Mr. Arkadin  


Este artículo se publicó inicialmente en el nº 17 de Encadenados, en diciembre de 2000.

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