Jo, qué noche (After hours, 1985)

  19 Junio 2020

Un Scorsese atrevido y complejo con múltiples lecturas

jo-que-noche-0Es muy habitual oír hablar peyorativamente del trabajo y de las rutinas diarias. Se llega a pensar que es fuera de la oficina o del lugar de trabajo donde existe un mundo lleno de libertad, expansión, contactos sociales o amoríos sin límite. El tedio del trabajo lleva a imaginar que las playas con palmeras, los majestuosos bosques o, hablando de lugares más sofisticados, las discotecas y los bares son lugares felices y agradables en los que se puede disfrutar e incluso alternar sin coto, bailar y beber y cantar bajo la lluvia con la sonrisa perenne del disfrute y la placidez.

Como sabemos, cuando tercia un tiempo festivo, son muchas las personas que emprenden viajes y aventuras para expandir sus horizontes, el encuentro de nuevas compañías; incluso pasar por trances peligrosos en eso que se denomina «turismo de aventura» o «deportes de riesgo».

Digo esto porque el filme se inicia con un pobre informático de nombre Paul Hackett (Griffin Dunne) que trabaja cada jornada en una oficina cetrina, individuo solitario y frío con los demás que un buen día se tropieza por inopinadas razones con una joven que lo invita a visitarla en el Soho, un barrio de Manhattan, en Nueva York, que en aquella época debía ser un equivalente a «territorio comanche».

Y así se dispone el muchacho a la cosa de l'aventure c'est l'aventure. Pero cuando Paul Hackett pierda el dinero de vuelta de la manera más estúpida imaginable, se producirá el comienzo de otra aventura, a ratos desternillante, y a ratos surrealista e incluso dramática.

El desafortunado título en español de After hours, reinventado como Jo, qué noche, tiene muchas lecturas. Yo ofrezco la del insociable Hackett, el cual, por la invitación de la insinuante joven que de nada conocía, Marcy (Rosanna Arquette), se ve envuelto en un encadenamiento de peripecias extravagantes e inverosímiles por la ciudad, que lo van llevando a las peores zonas neoyorkinas, donde vivirá, muy a su pesar, una loca, peligrosa, kafkiana, inquietante, interminable y fascinante noche en el centro del Soho. Esa sería la traducción humana de «¡Jo, qué noche!» (aquella).

Y hablando de Kafka, hay en la película una conversación entre Paul y el gorila del Club Berlín que no le deja entrar, que está sacada en su mayoría de la obra de Franz Kafka, Ante la ley, una de las historias cortas del consagrado escritor que cuenta la historia del ciudadano que pide justicia, que también sale en El proceso.

Se trata de una obra inquietante y conocida de Kafka, que resume la visión del escritor checo sobre las leyes, donde apunta al derecho a la Justicia, que es el acceso a la palabra; acceder al derecho es tener identidad, «la necesidad de comprender los entresijos del poder, que nos permitiría poseer la capacidad de aceptarlo o contrarrestarlo real y eficazmente, nunca se ve colmada. La letra de lo normalizado nos esquiva, pero nos controla. Somos empujados al desasosiego y a la espera de una respuesta que, posiblemente, nunca va a llegar» (Barbero).

De Kafka podemos recordar, a propósito de este diálogo del protagonista con el guardián del club nocturno que no le pone fácil la entrada, una parte del texto literal tomado de esta obra de Kafka:

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.

—La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso.

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Y el diálogo real del pobre joven ante el guardián del Club, en un momento crucial del film es:

¿Puedo pasar?

—No puede entrar en este momento.

—¿Sería posible que me admitiera en un momento más conveniente para el club?

—Es posible, pero en este momento, no. Intente pasar a la fuerza…

—¿Tiene pasta?

—Sí, tengo pasta, ¿eso es lo que quiere, pasta? Por ahí podría haber empezado, hombre… no es mucho, pero es todo lo que tengo.

—Te lo acepto para que no pienses que no lo he intentado todo. Quédese los cinco centavos. Pero aún tendrá que esperar unos minutos…

O sea, en línea kafkiana, el hombre espera, pues es la noche de la «cresta» (en la testa), cresta que él no tiene pues su pelado es convencional. Y al decir de Kafka, ese hombre podría esperar años e intentar entrar, y a pesar de súplicas y ruegos, ese implacable guardián no lo habrá de dejar pasar. Pero claro, estamos en una película y llegado un punto, no sin esfuerzo y con tremendas consecuencias posteriores, el joven entrará en club nocturno, y mejor no lo hubiera logrado.

No sólo la literatura, también el psicoanálisis hace su acto de presencia en la cinta pues puede entenderse que Paul es un ser tullido (castrado) por las mujeres. De un lado lo demuestra la chica Kiki con su acometividad y su ansia de masoquismo; Marcy lo rechaza; Julie y Gail lo provocan a una multitud vigilante; y June lo encorseta en papel maché, reduciéndolo a la indefensión.

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Además, hay distintas referencias a la castración: en el baño del Berlín Bar, hay una imagen garabateada en la pared de un tiburón mordiendo el pene erecto de un hombre; Kiki sostiene un cigarrillo en los dientes cuando lo encuentra por primera vez (símbolo fálico-oral castrador); y una trampa de ratones se cierra cual guillotina cuando Julie intenta seducir a Paul.

Además, simplemente ver al personaje hace que veamos en Paul a un hombre apocado, menguado y timorato. Sabemos que Martin Scorsese le pidió a Dunne que se abstuviese de relaciones sexuales e incluso de dormir, para tener una idea más cabal y realista de la paranoia que habría de interpretar en el filme.

Quiero también aclarar, con relación a título original, que en los países anglosajones, sobre todo, donde hay horarios para muchos locales que a cierta hora ya no pueden expender bebidas alcohólicas, el término after hours se refiere a los locales abiertos después del horario de cierre legalmente establecido, lo que viendo el film se entiende a la perfección.

La cosa es que el informático, tras estar en el Soho con experiencias singulares y querer retornar a sus dominios urbanos, pierde el último metro de la noche, pues se ha quedado sin dinero para el ticket. Lo del dinero es debido a una accidentada carrera en un loco taxi con música de flamenco pasada de revoluciones (luego Almodóvar inventará un taxista equivalente, el Mambo Taxi en su film, de 1988, Mujeres al borde de un ataque de nervios) donde se le volaron los billetes que tenía.

Por todas estas causas se ve anclado al remoto lugar al que ha ido, teniendo que pasar la noche allí sin opción de regreso. Sin saber muy bien qué hacer, el joven sufrirá angustia, terror y penas múltiples frente a una fauna nocturna de lo más pintoresca y hostil en ocasiones. Y entre esos variados y oníricos personajes, una urdimbre de misterios y entresijos personales con los que se va encontrando Paul, ante los cuales cabe todo, hasta que lo persigan para matarlo.

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Toda la trama está aderezada con geniales toques de comedia. Al frente un relativamente joven pero «fresco» Martin Scorsese, que logra esta proeza con unas extraordinarias maneras de cineasta de fuste.

Scorsese consigue en su décimo largometraje una película con cargas de profundidad numerosas. Dicen que Scorsese diseñó la película como una parodia del estilo de Hitchcock: los movimientos de cámara se hacen eco de las secuencias de Marnie, la ladrona, mientras que la banda sonora de Howard Shore emula el estilo de música de Bernard Herrmann.

El film es conducido por un inigualable guion de Joseph Minion aunque retocado por Scorsese, guion muy ocurrente, creativo y sin fisuras; hilarante y brillante a partes iguales, con unos diálogos que rozan el absurdo. Un libreto llamativo en la idea que lo origina, como en las variadas derivaciones que se desgajan en sus volteretas narrativas.

Es una obra memorable, y toda una metáfora de los temores que alguien puede soñar en una pesadilla e incluso como salidos del delirio o la alucinación de un paranoico en toda regla; mas, siendo una veraz y desafortunada historia que le ocurre al desdichado empleado que «entró do no supo y quedose no sabiendo, toda sciencia trascendiendo» (con permiso del místico San Juan de la Cruz de quien tomo estos versos).

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En fin, descenso a los infiernos. Inquietante y genial —como apuntaba— la música de Howard Shore y una excelente fotografía de Michael Ballhaus. Ballhaus sería desde entonces un colaborador habitual en las películas de Scorsese; y en esta cinta aportó su gran experiencia y sabiduría con la cámara iluminando y creando la imagen de la cinta.

Sirva como anécdota de interés, que Ballhaus es sobrino del legendario director Max Ophüls. La cosa es que director y operador sintonizan a la hora de narrar las vicisitudes del desgraciado protagonista cuyo único objetivo en esa noche es acostarse con la misteriosa Marcy (Rosanna Arquette); no imagina la cantidad de sucesos insólitos con los que se va a tropezar.

Lo más curioso y cachondo es que tras esa diabólica noche en vela, cuando el joven regresa a su gris y aburrida oficina, lo hace como quien por fin ha avistado tierra en una nave a la deriva, como quien encuentra un refugio, llegando a preferir la aburrida cotidianeidad laboral, a la pasión del linchamiento popular en que concluye su aventura. Digo esto a propósito de lo que comentaba al principio de la mala prensa de las rutinas cotidianas que, resulta, son en gran medida «reaseguradoras».

El actor Griffin Dunne es un cómico limitado, aunque hace un trabajo que pasa el corte, quizá uno de sus mejores interpretaciones, tal vez el papel de su vida, un personaje incapaz de relacionarse, cero empático, que no tiene éxito con las mujeres y que es tremendamente retraído. Junto a Dunne, una estupenda Rosanna Arquette que consiguió una nominación a los Premios Bafta como actriz secundaria; preciosa Linda Florentino como la escultora; y acompañando un grupo de actores de reparto como Bronson Pinchot, John Heard, Verna Bloom, el mismísimo Martin Scorsese que, al modo de Hitchcock, aparece en el club punk iluminando al personal con unos focos; Teri Garr, Cheech Marin y Tommy Chong: geniales todos.

Como digo es una gran comedia, comedia demente, comedia urbana «que reúne a una pléyade de estrafalarios caracteres poblando los ambientes más cetrinos de la ciudad neoyorquina, y enfocados desde la gris perspectiva de un ciudadano medio» (Méndez). Es una comedia «sofisticada y enloquecida, llena de fuerza» (Morales).

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El personaje Hackett, cual pez fuera del agua, está desconcertado; además, su manera convencional de enfocar las cosas, contrasta poderosamente con los chiflados escenarios nocturnos que va a ir experimentando; el encuentro con un repertorio de personajes de esperpento (¡Ay, Valle-Inclán!) que va desde las insatisfechas camareras sesenteras, pasando por las escultoras masoquistas o siguiendo con los bailongueros punkies.

De acuerdo que técnicamente, como escribe Méndez, la cinta es «planteada como una moderna screwball comedy con trazos tragicómicos y humor negro, desplegada en una atmósfera kafkiana, pesadillesca». Sin duda es una magnífica y atípica comedia.

Alguien dice que esta película fue un divertimento para Scorsese, como en 1955 lo fuera para Hitchcock la realización de Pero… ¿Quién mató a Harry? El crítico de cine Roger Ebert elogió la película como una de las mejores del año y dijo que «continúa el intento de Scorsese de combinar la comedia y la sátira con una presión implacable y una sensación de paranoia omnipresente». Luego agregó la cinta a su lista de: Grandes Películas. Y Fernando Morales la definió como una «comedia sofisticada y enloquecida, llena de fuerza».

After hours es una película divertida, muy curiosa, imprevisible, delirante, irónica y muchos más calificativos; y un Griffin Dunne en vena. Hace tiempo que no la he vuelto a ver, pero su huella sigue en mí desde su estreno, pasando por otro par de visionados de repuesto.

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Recuerdo que la primera vez que la vi, salí de esta película con la impresión de haber asistido a una obra alegórica, con complejas y alocadas lecturas, pero cuya temática, exagerada eso sí, no quedaba muy lejos de lo que muchos de nosotros, seres «normales», podemos imaginar o fantasear o soñar, e incluso cosas que son factibles de ocurrir en la realidad: ¡Ojito!…

No, si al final va a resultar que la rutina del trabajo nos ordena y nos colma de serenidad e incluso, quién sabe, de felicidad.

Gran película que no se ciñe a meros gags, sino que nos brinda un conjunto de personajes variopintos y estrafalarios, junto a aventuras casi fuera de este mundo, todo lo cual hace reír y sufrir a la vez, en ese viaje al centro de una noche inimaginable, o mejor, imaginada si acaso por una mente diabólica y sádica donde el protagonista, Hackett, es sacudido y zarandeado al límite, casi hasta salir de la realidad.

¡Ah! Para quien no la haya visto, ¡ojo con el final! Es de esos finales que marcan época. Cíclico, como las semanas laborales en las que se huye cada fin de semana para volver al trabajo muchas veces alienante; el trabajo, una actividad que monitoriza la vida de tantos millones de seres hasta el agotamiento. Y acompañando, El grito de Edvard Munch, la asfixia, el agobio hasta el extremo, también la huida y un final a la rutina gozoso y fuera de peligro.

Premios y nominaciones entre 1985 y 1986. 1985: Independent Spirit: Mejor película y mejor director. 5 nominaciones. 1986: Festival de Cannes: Mejor director. Nominada a la Palma de Oro (mejor película). Premios César: Nominada a Mejor película extranjera. BAFTA: Nominada Mejor actriz secundaria (Rosanna Arquette).

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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