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| EL OSCAR DE HOLLYWOOD Y EL CINE ESPAÑOL Por Carlos Losada
Ese “sentido”
engloba, entre otras cosas, al cine español. Porque soy de los que creen que no
es que ahora estemos en una crisis galopante, es que lo estamos siempre, desde
los tiempos de Cifesa, para ser exactos. Y no sólo por la imposición
obligatoria del doblaje, ni por la omnipresencia de las distribuidoras
norteamericanas, que también; sino por la peculiar manifestación del genio
cinematográfico español, que sale a relucir rara y esporádica vez, dando
obras que gustan dentro y fuera de nuestras pantallas, o produciendo unos éxitos
de taquilla, de andar por casa, que sobrepasan toda comprensión racional para
instalarse en el subconsciente de nuestra vapuleada estulticia y autoflagelación.
Los ejemplos son tan recientes que huelga mencionarlos. De todos modos, lo que
de verdad resulta sorprendente es que toda una academia cinematográfica
reniegue de uno de los suyos. ¿Por qué? Sencillamente, porque es el más
listo, el que mejor se vende y el que, aupándose de la nada, le haya dado de
narices, digamos que en toda la línea de flotación, a unos clanes
bienpensantes que creen manejarlo todo por el hecho de proponer como Oscar
a la mejor película extranjera a un filme cargado de buenas intenciones,
bien realizado, con algunas frases felices, pero con unos personajes tan falsos
y unas situaciones tan increíbles, que así les fue; aparte de la incomprensión
que fuera de nuestros lares puede suscitar. No contentos con eso, todos abrieron
su boca pequeña para felicitarle, algunos con el recochineo de hacer leña del
árbol que no cayó, que es lo que hubieran querido, claro.
Al margen del
reconocimiento internacional -sus enemigos y los malpensantes enseguida dijeron
que era el “precio” por el apoyo del gobierno español a la guerra-, está
el hecho en sí de la calidad del guión, de su original estructura -el
cortometraje en blanco y negro es una obra maestra-, y de la sensibilidad con
que fue traducido en imágenes, conjugando acertadamente fondo y forma; lo que
nos lleva al aprendizaje de su autor, a su evolución a través de sus películas
-abruma la diferencia con La ley del deseo,
que se ha quedado en un antigualla increíble y pesadísima, pese a los brotes
de originalidad y su libertad de pensamiento; o la abismal diferencia con Kika,
ese monumento al mal gusto-. Luego está nuestra
especial idiosincrasia para esto de los premios internacionales, abundando en el
hecho de que Hable con ella ha
conseguido importantes galardones de otras cinematografías, que nos lleva a un
olimpo despreciado por lo que venga de fuera, casi un similar al petulante
“que inventen ellos”, para refugiarnos en la cómoda rutina de alabar lo que
las grandes empresas producen, de acuerdo con los medios de comunicación, sean
buenas, malas o peores, y considerar que lo demás no existe, salvo que un interés
extracinematográfico así lo determine, aunque no tenga la aquiescencia de la
taquilla y se hable entonces de incomprensión y oscuros genios ocultos, que por
cierto jamás saldrán a la luz en ningún momento o lugar. Dicho de manera
llana, que nos quieren manipular, como si fuera el gobierno, vamos. Y aquí surge el talante de Pedro Almodóvar, que no solamente sabe estar a la altura de las circunstancias, sino que la supera, crea escuela y se hace más independiente para decir en todo momento lo que estima oportuno, intentando hablar con imágenes lo que al principio balbuceaba en palabras e intenciones y alguna secuencia. Y le aprovecha el hecho de los premios, y más el Oscar, para beneficio del cine de su país, tan necesitado de aperturas para consolidarse, por otra parte, aunque esto la mayoría lo entiendan para su propia y particular ganancia; porque el Oscar debería ser al cine español lo que la lluvia en primavera es a los campos. Lo demás, palabras, palabras y palabras. Y estamos en tiempos de imágenes, aunque eso sí, que al menos sean reconfortantes y serenas, bellas y elocuentes, sencillas y sabias; el que las tenga y las sienta, que nos las muestre, se lo agradeceríamos. De momento le damos las gracias a Pedro Almodóvar, y a esperar
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