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La
verdad es que ya está bien de paños calientes, de dejar las cosas a
medias. No basta que el cine sea bienintencionado si es torpe. Sobra la
existencia de novelas famosas como envoltorios de películas malas sin
paliativos. No se puede permitir por más tiempo el enunciar, o anunciar,
un cine artesanal (y de eso habría mucho que hablar) como símbolo de
medianía. No, todo eso no hace más que descubrir u ocultar la verdadera
negación de un cine inútil, torpe, indefendible, dormido en el sueño
(tan cacareado ayer) de la (falsa) “qualité”. Llamemos las cosas por
sus nombre y dejemos los peros salvadores. Al menos, en mí, ya está
bien, no me quedaré complacido en esa
falsa misericordia que concede un mínimo uno a temitas (¿o termitas
infiltradas?), a colorines apestosos o avinagradas resoluciones.
Decreto
de inocencia, por muchas de esas cosas, podía ser un uno (unos
actores notables –algunos con cara perenne de dolor de estomago- y una
jovencita seductora que, por desgracia, no se prodiga, aquí, en demasía),
pero la realidad es que en su
itinerario no hay nada más que vulgaridad y torpeza. De ello, al igual
que en tantos otros títulos, tiene la culpa un sonrojante guión: torpe,
ilógico desde un punto de vista de narratividad, amañado como él
solito.
Nadie,
y menos yo, voy a poner en entredicho a Simenon en cuanto excelente
escritor de novelas en general, y en concreto a la que sirve de base para
el filme. Estamos ante uno de los grandes escritores (y de un prolífico a
prueba de bombas) del siglo XX. Sus novelas (policíacas o no) poseen una
gran hondura psicológica. Como ocurre en esta que sirve de apoyatura a
este tambaleante Decreto de
inocencia. Pero, todo eso, la novela base y demás, no sirve de nada a
la hora de enjuiciar la película reflejo. Una cosa es el cine y otra de
la novela. Y a aquello, o sea a la película que estoy viendo, es a lo que
tengo que concretarme. Ahí viene el lamento debido -¡una vez más!- a un
guión que se esfuerza por atar cabos, por concretizar acciones de forma
que todo se tome con la mayor naturalidad. Estupendo si eso no implicara
unos trucos inadmisibles. Es el destino del cine actual, de cualquiera. Da
igual que venga de arriba o de abajo, de un lado o de otro. Que sea
americano o de otro lugar. Actualmente las películas españolas y
francesas dan buena cuenta de ese “todo es válido” para llegar a
resolver un conflicto o situaciones. Casos como el de las españolas Carne de gallina, Reflejos o
de las francesas Vidocq o el de
esta cosita sobre el mundo de los abogados y de los encoñamientos, son
ejemplarizantes. Servirían para mostrar, en cualquier curso de guión,
aquello que se debe evitar. Y he citado cuatro títulos por poner los recién
salidos del horno. Podía extenderme hasta... Aunque claro, luego resulta
que algunos o algunas de los/las responsables de ellos, se dedican (como
premio por su nulidad) a impartir cursos de guión.
Me
centraré en unos pequeños momentos para tratar de explicar lo que
invalida a ese título al entrar dentro de la mayor de las ilógicas
narrativas. ¿Por qué la mujer del abogado está en la escena del juicio
de la jovencita? ¿A qué viene la salida del ayudante de abogado en busca
de dicho personaje, que se encuentra (pensando, muy pensativa como manda
el guión) en un café al que “ha huido” al comprender el
“enamoramiento”(?) de su marido? ¿Quizá la funcionalidad está en un
posterior y desesperanzado intento (algo totalmente presentido) de la
fallida seducción de la mujer al “pasante”, se supone como venganza?
¿Cómo admitir la persecución o espionaje al que está siendo sometido
el abogado por el motorizado amigo de la jovencita? ¿Es posible que el
personaje de la mujer del abogado aparezca (¿por la audiencia?) cuando el
marido pregunta quién ha sido la persona que ha logrado que retire el
fiscal su petición contra él? ¿A qué viene la trampa-ingenuidad final
de la muerte o no del abogado? ¿Por qué se incluye la historia de una
emigrante sin papeles? ¿Y qué decir del “cuasi” final arreglalotodo?
Esas
son preguntas sin fácil o ninguna contestación, pero eso no deja sin
efecto la presencia de una línea conductora donde lo único que interesa
son la existencia de las acciones y no del desarrollo de la historia. Se
trata de aislar individualmente una historia que necesita fluir. Y eso no
acontece. Los personajes quedan, igualmente, reducidos a estereotipos. Son
así porque sí, por las bravas. Cambian de acuerdo con las exigencias del
guión y nunca en cuanto al caminar, a la relación de los personajes o el
entendimiento de las situaciones. A su, en una palabra, evolución. El eje
del relato es la razón por la cual la jovencita va a pedir ayuda al
abogado: pero todo ese eje se inscribe en la gratuidad. Sí, claro, ha
robado la cartera (en una escena forzada hasta allá), pero eso no lleva a
lo otro. Eso sí, se ha apropiado de ella porque es buenísima (la
cartera, no ella, a lo sumo de ella, podemos decir que está ídem). Se la
queda en propiedad por... exigencias del guión: posteriormente “va” a
tener que echar mano de la misma para salir de una situación. Así el
espectador, ¡sorpresa, sorpresa!, comprueba que la jovencita, además de
la cartera, se ha quedado con las
tarjetas de visita que había dentro (debe ser como recuerdo).
La
introducción de la amiga sin papeles y el viaje al final a Marruecos de
la joven (¿en busca de su desaparecida amiga?) es poco convincente,
introduciendo en escena a la fuerza un tema más, ¡qué caramba!.
Pero
de todos los personajes el que se lleva la palma de la incredulidad es el
joven amigo de la joven. Al parecer, al principio, es un buen trabajador
(se dice que “está limpio”), luego la cosa se va complicando. Eso es
lo que se llama, sí señor, complejidad psicológica.
El
punto de vista narrativo va alternando/pasando de un personaje a otro.
Algo no tan fácil de conseguir (eso que sí sabía hacer Intimidad) como aquí se demuestra. La narración bascula de un
lugar (y de un personaje) a otro como si quisiera certificar su
omnipresencia. Más bien su rutina e incapacidad.
Existe
una versión anterior de esta novela de Simenon. Se tituló como ella, En
caso de desgracia. Los intérpretes eran un sensacional Jean
Gabin y una (en todo su esplendor) seductora ninfa llamada Bridgitte
Bardot. Allí, según dicen las buenas lenguas (no lo sé porque no la he
visto), había una historia profunda de amor “loco” con un fondo
social dominado por los convencionalismos. Aquí poquito de eso y de lo
otro. De lo primero, del amor, se supone porque la trama así lo indica,
pero no está marcado (no basta para creérnoslo que el abogado evite la
caricia que “intenta” recibir su mujer mientras trabaja en una
escultura). Lo otro, lo del convencionalismo, prejuicios... ni se toca.
Pienso
que quizá más importante que la pareja principal hubiera sido centrar la
película en la historia de la mujer despechada (pero enamorada). Pero eso
queda en segundo término. Y casi como anecdótico.
Los
distintos finales (hasta alguno con cierto regusto sorpresivo) son de
risa. Lo mejor del filme, sin duda, la interpretación.
Lo
peor que le puede pasar a una película como está (de furibunda pasión,
renuncias, odios) es que sea plana, sin fuerza, desangelada. Decreto
de inocencia es, así toda ella, elemental en su propuesta.. ¿Por qué
será que el personaje de la inocente/despistada joven nos recuerda (en fa
menor) al de la jovencita de La
carnaza de Tavernier? Probablemente porque en ambos seres se trata de
reflejar a una juventud irresponsable. De todas formas las diferencias son
abismales.
Triste,
caduco y elemental filme. Innecesario aunque el punto de partida sea una
interesante novela de Simenon.
Mr. Arkadin
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DECRETO INOCENCIA
Título
Original:
En plein coeur
País y Año:
Francia, 1998
Género:
DRAMA
Dirección:
Pierre Jolivet
Guión:
Roselyne Bosch
Producción:
France 2 Cinéma (FR 2), Le Studio Canal+, Légende
Entreprises
Fotografía:
Pascal Ridao
Música:
Serge Perathoner, Jannick Top
Montaje:
Yves Deschamps
Intérpretes:
Gérard Lanvin, Virginie Ledoyen, Carole
Bouquet, Guillaume Canet
Distribuidora:
New World
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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