En la ciudad sin límites
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Ajuste de cuentas en familia

Además de una puesta en escena inteligente, la película destaca por las interpretaciones de sus protagonistas, entre ellos Eduardo Sbaraglia.Antonio Hernández es un realizador curioso. Dirigió hace años una extraña película titulada FEN. Introducido, posteriormente, en el medio televisivo es, en parte, responsable de programas como Gran hermano, debido a lo cual se consideró en el deber de rodar (con los protagonistas de tan absurdo programa) un engendro de la categoría de El gran marciano. Unos meses antes, había realizado una película insólita e inclasificable en nuestra cinematografía como era Lisboa. Ahora, poco después, nos regala otra curiosa y rara obra, En la ciudad sin límites, película interesante y que nos hace ver hasta dónde es capaz de llegar y de llevar su cine. De entrada digamos que tanto Lisboa como esta película demuestran que Antonio Hernández es un gran director de actores. Las excelente interpretaciones de los escasos personajes de Lisboa pasan, ahora, a un amplio conjunto de actores. Aquí todos están excepcionales. No hay nadie que se desentone. Hay que destacar también los cuidados diálogos con los que cuenta el filme (algo raro en nuestro cine), y que se deben al propio director (al igual que el, más discutible, guión). Respiran naturalidad y eso hay que valorarlo ampliamente.

Película de estructura compleja, que se mueve entre la realidad, el sueño y el deseo, y que trata de firmar el encuentro de alguien con su muerte, la necesidad, ante su presencia, de pulgar una serie de culpas o de traiciones. O quizás de pactar con la vida perdida, y que le ha llevado al lujo pero a la insatisfacción o la infelicidad. Fernán-Gómez no es feliz. Se siente traicionado (“es peor vivir con el que delató, que ser uno el delator” dice en un momento determinado un personaje). A las puertas de la muerte quiere re-encontrar su pasado (un mundo feliz o al menos distinto), acogerlo, defenderse de los que imposibilitaron toda su existencia. Asistimos, nada más (o quizá ya es mucho) a la reflexión que supone los últimos instantes de la vida (tanto para los de alrededor como para el enfermo) de un, llamemos, empresario asistido -o rodeado- por sus familiares: su mujer y sus hijos, junto a los cónyuges o amantes de estos. La llegada de uno de los hijos desde el extranjero servirá como detonante de una (falsa) situación de “amor”, de hermandad, de paz familiar.

La confortable existencia esconde terribles (y reales) frustraciones, mentiras. La familia es un desastre. Su unión se sustenta en una serie de elementos mercantilistas basados en lazos sociales, que se encuentran muy brillantemente sugeridos en el filme. Asistimos a la descomposición-relación familiar donde los buenos “modales” no hacen más que profundizar en la descomposición del grupo. En este sentido la película nos lleva a recordar la estructura del cine de Chabrol, algo que incluso se “otea” en el esquema propio del cine de intriga, utilizado como soporte de la narración.

El padre, el aparente “impulsador”, dominador, de la familia, impresionante Fernán-Gómez, trata de rebelarse, contra quien le oprimió (y contra los que ahora le oprimen) en un último gesto. Y en ese gesto surge también su problema, su razón de ser. Pero ¿se puede arreglar lo que ocurrió en el pasado? ¿Hay aún posibilidad de un pacto? La película trata de resolver el dilema utilizando el, ya citado, curioso esquema intrigante.  Se dota así al filme de un cierto aire misterioso en la búsqueda-encuentro con un pasado turbio y escondido o, sobre todo, ignorado. Es esta una de sus mejores bazas para tratar de adentrarse en la historia narrada, en el submundo escondido o en el que todo se ignora. Nuestro protagonista, un excelente (¡que gran ornada de actores argentinos!) Leonardo Sbaraglia, desconoce todo lo que le rodea (lógicamente viene de “fuera”): quién y cómo es su padre, lo que fue y lo que hizo, quién y cómo es el resto de su familia... ¿Es posible que se desconozca lo más cercano? ¿Cómo es una relación familiar? ¿Qué mantiene unida a una familia? Preguntas a las que el filme, por fortuna, no contesta. Son “ramalazos” lanzados hacia los espectadores como preguntas sin afirmaciones elocuentes.

Antonio Hernández ha dedicado la película a su padre, porque el filme ante todo supone la búsqueda -y el encuentro- con el padre lejano (nuestro protagonista, insistimos, como dato importante, que viene de “lejos”, no está “en el lugar”). El esquema “semi” misterioso-policíaco puede llevarnos a recordar en su contenido simbólico, al de la equivocada Sé quien eres. Pero donde Patricia Ferreira se veía abocada a un precipicio, Antonio Hernández sabe emerger y salir airoso en su apuesta, en su giro. La razón se encuentra en que este filme se vuelca en los sentimientos, se erige en “observador” de una serie de hechos, rueda con dignidad lo digno y lo indigno, aunque a veces (por su excesivo simbolismo o por su forzamiento para explicar o “crear” determinadas situaciones) roce lo calamitoso. Se salva por el “calor”, el entusiasmo, la riqueza expresiva, la fuerza de muchos instantes (el enfrentamiento final entre el hijo y la madre es sensacional). La película esta “rodeada” de una gran dignidad (la misma que trata de alcanzar en su muerte Fernán-Gómez). Brillante es la forma de contar y de sugerir, de “representar” la mentira de una familia unida por el “amor” o “el dolor”, ya que en realidad sólo caminan juntos por unos determinados intereses. Hay personajes, o situaciones, en este sentido admirables. Caso, por ejemplo, del personaje de Adriana Ozores, de su lucha por mantener una dignidad imposible (estupenda la secuencia de la cena familiar con la “amante” del marido incluida).

Una película que nos habla del compromiso, de la familia, de los intereses... y todo ello en la ciudad de la luz, París.Filme que trata de hablarnos del compromiso y de la traición, de la familia y del abandono, de la lucha por el poder... En los limites de la ciudad , anclada en una tierra de nadie como es París, habla también de una libertad perdida para siempre. Curiosamente, en ese sentido, se emparejan dos tipos de libertades (u opciones): la política (y la traición hacia una determinada forma de vivir) y la sexual (la renuncia homosexual). Libertades que en definitiva se centrarían en un determinado planteamiento ideológico.

En un mundo de fieras, de vencedores y de vencidos, el dibujo de las mujeres del filme es tremendo. Es sin duda, una de las películas más misóginas que hemos contemplado últimamente. Fieros retratos donde los hombres (no quedan, tampoco, demasiado bien parados) no son más que juguetes en manos de sus esposas o amantes. Seres, ellas, dominantes e imperiosas, especie de mantis religiosas luchadoras por su prole, su estatus, sus necesidades. En ese sentido quizás la peor parada sea Geraldine Chaplin, la mujer de Fernando Fernán-Gómez, un excelente retrato de la mujer “poderosa” y avasalladora. Pero no lejos aparecen el resto, desde el personaje de Ana Fernández hasta el, ya citado, de Adriana Ozores.

La presencia entre los actores Geraldine Chaplin y el tono del film sin duda hace pensar en algunas de las importantes obras, del pasado, de Carlos Saura. El referente familiar y el carácter simbólico empleado ayuda a ese emparejamiento.

El problema de En la ciudad sin límites no radica tanto en lo que dice y en la envoltura en la que se encierra sino en eso que (y vuelta a lo ya comentado en otros análisis críticos) venimos denominando trampas del guión. Es el caso, por ejemplo, de las repetidas (e incompresibles) apariciones (en los lugares mas insospechados) de Ana Fernández. Y, que conste, que no basta con salir del paso (con quererlo explicar o disculpar) diciendo eso de que “te iba siguiendo”. También hay momentos muy forzados como por ejemplo la “visión” por parte del protagonista de la discusión de sus padres en el hospital, y la más forzada aún “ocultación” posterior del hijo para que no le vea su madre, o la salida del padre del hospital junto con el hijo.

La película, de todas maneras, puede con todos esos múltiples fallos por su gran “verdad”, por la recreación de una cruda realidad, de ir más allá de lo que las imágenes presentan, por la fuerza e intensidad de algunos momentos y por el (otra vez más) un gran reparto.

En la ciudad sin límites supone una autentica curiosidad dentro de nuestra cinematografía. Un ajuste de cuentas sobre muchas cosas, que, de otra manera puede llevar el fracasado, olvidado, pero intenso, Después del sueño de Mario Camus, en cuanto ambos suponen una reflexión sobre la familia, el país y una determinada época. ¿Seguirá el director salmantino por este camino? Lo esperamos. Aquí, por fortuna, (con sus fallos) hay eso tan difícil de encontrar hoy día: CINE.

Adolfo Bellido

EN LA CIUDAD SIN LÍMITES

Título Original:
En la ciudad sin límites
País y Año:
España, 2002
Género:
DRAMA
Dirección:
Antonio Hernández
Guión:
Antonio Hernández, Enrique Brasó
Producción:
Zebra Producciones, Icónica, Patagonik Film
Fotografía:
Unax Mendía
Música:
Víctor Reyes
Montaje:
Javier Laffaille, Patricia Enis
Intérpretes:
Leonardo Sbaraglia, Fernando Fernán Gómez, Geraldine Chaplin, Ana Fernández
Distribuidora:
Warner Sogefilms
Calificación:
No recomendado menores de 13 años

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