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Antonio
Hernández es un realizador curioso. Dirigió hace años una extraña película
titulada FEN. Introducido,
posteriormente, en el medio televisivo es, en parte, responsable de
programas como Gran hermano,
debido a lo cual se consideró en el deber de rodar (con los protagonistas
de tan absurdo programa) un engendro de la categoría de El
gran marciano. Unos meses antes, había realizado una película insólita
e inclasificable en nuestra cinematografía como era Lisboa. Ahora, poco después, nos regala otra curiosa y rara obra, En
la ciudad sin límites, película interesante y que nos hace ver hasta
dónde es capaz de llegar y de llevar su cine. De entrada digamos que
tanto Lisboa como esta película
demuestran que Antonio Hernández es un gran director de actores. Las
excelente interpretaciones de los escasos personajes de Lisboa
pasan, ahora, a un amplio conjunto de actores. Aquí todos están
excepcionales. No hay nadie que se desentone. Hay que destacar también
los cuidados diálogos con los que cuenta el filme (algo raro en nuestro
cine), y que se deben al propio director (al igual que el, más
discutible, guión). Respiran naturalidad y eso hay que valorarlo
ampliamente.
Película
de estructura compleja, que se mueve entre la realidad, el sueño y el
deseo, y que trata de firmar el encuentro de alguien con su muerte, la
necesidad, ante su presencia, de pulgar una serie de culpas o de
traiciones. O quizás de pactar con la vida perdida, y que le ha llevado
al lujo pero a la insatisfacción o la infelicidad. Fernán-Gómez no es
feliz. Se siente traicionado (“es
peor vivir con el que delató, que ser uno el delator” dice en un
momento determinado un personaje). A las puertas de la muerte quiere
re-encontrar su pasado (un mundo feliz o al menos distinto), acogerlo,
defenderse de los que imposibilitaron toda su existencia. Asistimos, nada
más (o quizá ya es mucho) a la reflexión que supone los últimos
instantes de la vida (tanto para los de alrededor como para el enfermo) de
un, llamemos, empresario asistido -o rodeado- por sus familiares: su mujer
y sus hijos, junto a los cónyuges o amantes de estos. La llegada de uno
de los hijos desde el extranjero servirá como detonante de una (falsa)
situación de “amor”, de hermandad, de paz familiar.
La
confortable existencia esconde terribles (y reales) frustraciones,
mentiras. La familia es un desastre. Su unión se sustenta en una serie de
elementos mercantilistas basados en lazos sociales, que se encuentran muy
brillantemente sugeridos en el filme. Asistimos a la descomposición-relación
familiar donde los buenos “modales” no hacen más que profundizar en
la descomposición del grupo. En este sentido la película nos lleva a
recordar la estructura del cine de Chabrol, algo que incluso se “otea”
en el esquema propio del cine de intriga, utilizado como soporte de la
narración.
El
padre, el aparente “impulsador”, dominador, de la familia,
impresionante Fernán-Gómez, trata de rebelarse, contra quien le oprimió
(y contra los que ahora le oprimen) en un último gesto. Y en ese gesto
surge también su problema, su razón de ser. Pero ¿se puede arreglar lo
que ocurrió en el pasado? ¿Hay aún posibilidad de un pacto? La película
trata de resolver el dilema utilizando el, ya citado, curioso esquema
intrigante.
Se dota así al filme de un cierto aire misterioso en la búsqueda-encuentro
con un pasado turbio y escondido o, sobre todo, ignorado. Es esta una de
sus mejores bazas para tratar de adentrarse en la historia narrada, en el
submundo escondido o en el que todo se ignora. Nuestro protagonista, un
excelente (¡que gran ornada de actores argentinos!) Leonardo Sbaraglia,
desconoce todo lo que le rodea (lógicamente viene de “fuera”): quién
y cómo es su padre, lo que fue y lo que hizo, quién y cómo es el resto
de su familia... ¿Es posible que se desconozca lo más cercano? ¿Cómo
es una relación familiar? ¿Qué mantiene unida a una familia? Preguntas
a las que el filme, por fortuna, no contesta. Son “ramalazos” lanzados
hacia los espectadores como preguntas sin afirmaciones elocuentes.
Antonio
Hernández ha dedicado la película a su padre, porque el filme ante todo
supone la búsqueda -y el encuentro- con el padre lejano (nuestro
protagonista, insistimos, como dato importante, que viene de “lejos”,
no está “en el lugar”). El esquema “semi” misterioso-policíaco
puede llevarnos a recordar en su contenido simbólico, al de la equivocada
Sé quien eres. Pero donde
Patricia Ferreira se veía abocada a un precipicio, Antonio Hernández
sabe emerger y salir airoso en su apuesta, en su giro. La razón se
encuentra en que este filme se vuelca en los sentimientos, se erige en
“observador” de una serie de hechos, rueda con dignidad lo digno y lo
indigno, aunque a veces (por su excesivo simbolismo o por su forzamiento
para explicar o “crear” determinadas situaciones) roce lo calamitoso.
Se salva por el “calor”, el entusiasmo, la riqueza expresiva, la
fuerza de muchos instantes (el enfrentamiento final entre el hijo y la
madre es sensacional). La película esta “rodeada” de una gran
dignidad (la misma que trata de alcanzar en su muerte Fernán-Gómez).
Brillante es la forma de contar y de sugerir, de “representar” la
mentira de una familia unida por el “amor” o “el dolor”, ya que en
realidad sólo caminan juntos por unos determinados intereses. Hay
personajes, o situaciones, en este sentido admirables. Caso, por ejemplo,
del personaje de Adriana Ozores, de su lucha por mantener una dignidad
imposible (estupenda la secuencia de la cena familiar con la “amante”
del marido incluida).
Filme
que trata de hablarnos del compromiso y de la traición, de la familia y
del abandono, de la lucha por el poder... En
los limites de la ciudad , anclada en una tierra de nadie como es París,
habla también de una libertad perdida para siempre. Curiosamente, en ese
sentido, se emparejan dos tipos de libertades (u opciones): la política
(y la traición hacia una determinada forma de vivir) y la sexual (la
renuncia homosexual). Libertades que en definitiva se centrarían en un
determinado planteamiento ideológico.
En
un mundo de fieras, de vencedores y de vencidos, el dibujo de las mujeres
del filme es tremendo. Es sin duda, una de las películas más misóginas
que hemos contemplado últimamente. Fieros retratos donde los hombres (no
quedan, tampoco, demasiado bien parados) no son más que juguetes en manos
de sus esposas o amantes. Seres, ellas, dominantes e imperiosas, especie
de mantis religiosas luchadoras por su prole, su estatus, sus necesidades.
En ese sentido quizás la peor parada sea Geraldine Chaplin, la mujer de
Fernando Fernán-Gómez, un excelente retrato de la mujer “poderosa” y
avasalladora. Pero no lejos aparecen el resto, desde el personaje de Ana
Fernández hasta el, ya citado, de Adriana Ozores.
La
presencia entre los actores Geraldine Chaplin y el tono del film sin duda
hace pensar en algunas de las importantes obras, del pasado, de Carlos
Saura. El referente familiar y el carácter simbólico empleado ayuda a
ese emparejamiento.
El
problema de En la ciudad sin límites
no radica tanto en lo que dice y en la envoltura en la que se encierra
sino en eso que (y vuelta a lo ya comentado en otros análisis críticos)
venimos denominando trampas del guión. Es el caso, por ejemplo, de las
repetidas (e incompresibles) apariciones (en los lugares mas
insospechados) de Ana Fernández. Y, que conste, que no basta con salir
del paso (con quererlo explicar o disculpar) diciendo eso de que “te
iba siguiendo”. También hay momentos muy forzados como por ejemplo
la “visión” por parte del protagonista de la discusión de sus padres
en el hospital, y la más forzada aún “ocultación” posterior del
hijo para que no le vea su madre, o la salida del padre del hospital junto
con el hijo.
La
película, de todas maneras, puede con todos esos múltiples fallos por su
gran “verdad”, por la recreación de una cruda realidad, de ir más
allá de lo que las imágenes presentan, por la fuerza e intensidad de
algunos momentos y por el (otra vez más) un gran reparto.
En
la ciudad sin límites supone
una autentica curiosidad dentro de nuestra cinematografía. Un ajuste de
cuentas sobre muchas cosas, que, de otra manera puede llevar el fracasado,
olvidado, pero intenso, Después del
sueño de Mario Camus, en cuanto ambos suponen una reflexión sobre la
familia, el país y una determinada época. ¿Seguirá el director
salmantino por este camino? Lo esperamos. Aquí, por fortuna, (con sus
fallos) hay eso tan difícil de encontrar hoy día: CINE.
Adolfo
Bellido
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EN LA CIUDAD SIN LÍMITES
Título
Original:
En
la ciudad sin límites
País
y Año:
España,
2002
Género:
DRAMA
Dirección:
Antonio
Hernández
Guión:
Antonio
Hernández, Enrique Brasó
Producción:
Zebra
Producciones, Icónica, Patagonik Film
Fotografía:
Unax
Mendía
Música:
Víctor
Reyes
Montaje:
Javier
Laffaille, Patricia Enis
Intérpretes:
Leonardo
Sbaraglia, Fernando Fernán Gómez, Geraldine Chaplin, Ana Fernández
Distribuidora:
Warner
Sogefilms
Calificación:
No
recomendado menores de 13 años
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