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EL AMOR NACE CON CHAMPAGNE

(Apuntes sobre "La carrera del siglo")

 (articulo publicado en la revista “Cineclub Universitario de Salamanca". Mayo, 1966)

Por Adolfo Bellido 

"La carrera del siglo" no es sólo un homenaje al cine, también lo es a la vidaEl héroe americano, imperturbable, introducido en su inmaculada blancura, destructor de entuertos, amado por todas las mujeres del universo, pedante hasta la exasperación, engrandecido y creado por las reglas “standarizadas” de Hollywood, interpretado en el filme por Tony Curtis, permanecerá sereno mientras pasteles de todas clases y colores son lanzados dentro de una de las más demenciales luchas pasteleras de la historia del cine. 

Edwards, destructor de los mitos cinematográficos, crítico de normas y convencionalismos, prepara la “destrucción” del héroe –en la secuencia citada- de una manera sencilla: Natalie Wood será quien consiga “mancharle” al incrustar una tarta en el rostro de Curtis. El héroe ha sido vencido. La mujer se ha convertido en diosa y el hombre ha quedado arrodillado a sus pies. El insufrible endiosado, conquistador sin amor, ha sido tocado por Cupido. Natalie ha inscrito en su próximo mundo al hombre y lo ha hecho suyo. 

Una vuelta de tuerca. La mujer que en las películas anteriores de Edwards era un ser pasivo se convierte en  La carrera del siglo en un ser activo, que se mueve repleta de vitalidad al basar su actuación en un triunfo y unos derechos (significativa es la incidencia por parte del realizador en las mujeres luchando por su dignidad y alcanzar un puesto en la sociedad). 

He ahí la evolución de Edwards. Al final del filme, como si quisiera cerrar su ciclo abierto de Clousseau, parece que nos volvemos a encontrar en el universo de Desayuno con diamantes, pero ahora sin la amargura que allí se mostraba. Un optimismo maravilloso surge de entre sus imágenes. Todo vuelve a sonreír: el amor en una mañana soleada y no en un día lluvioso, ha vuelto a triunfar en el cine de Edwards. Una botella de champagne, en un increíble decorado de ambiente oriental (¿El hijo del caid?), ha sido capaz de devolvernos al verdadero Edwards, un enamorado de los seres, de la vida. Por esa razón, al final, por amor alguien perderá una carrera. No se trata de un final gracioso. Es lo que Edwards siente. El amor es lo máximo que se puede alcanzar en este mundo; lo demás es accesorio. He ahí la razón del final de la película. La hermosa conversación entre Curtis-Wood mientras se acercan en el jinete (el coche blanco) del héroe al triunfo en Paris no es sino el resumen de la escena de las tartas. No se trata de algo fuera de la unidad argumental que es la película. Es la conclusión a la que se llega después de haber conocido los elementos puestos en juego. 

La carrera del siglo es una especie de homenaje a La vuelta al mundo en 80 días. El comienzo es, sin embargo, demasiado “clousseauniano”. Los “gags” se repiten sin otra razón que la de estar allí como ocurre en sus dos anteriores filmes. Es la búsqueda de un efecto para llegar a una causa, que, además, ya es conocida. La risa antecede al chiste. Son la escena del torpedo, de la bomba, del submarino (como, además si los objetos se rebelaran contra el individuo). Momentos sin entidad, impersonales, vulgares incluso, a pesar que por momentos resplandezca el ingenio de Edwards (las estrellitas surgiendo de los labios de Curtis, el submarino de bolsillo). 

La aparición de Natalie llena la pantalla. La coquetería en el comienzo de la carrera, la ingenuidad en el encuentro con Curtis, la rabia en el salón, la diabólica actitud en el tren, van modelando un extraordinario personaje femenino. De la mano de Natalie el filme se eleva. Surgen así tres secuencias modélicas: la parodia del western (gestos, actitudes, movimientos de los personajes y un detalle sensacional: se para la pelea para que pase una mujer), la de la película de época (todo está ahí, desde El prisionero de Zenda a Robín de los bosques –la planificación del duelo- con la corte de traidores y tiranos. Y la destrucción del mito: el “gag” del malo saltando por el balcón) y, en fin, el homenaje al cine mudo con la pelea de tartas. 

Como siempre, Henry Mancini acompañó las imágenes de Blake Edwards con unas melodías inolvidablesHabría que hablar también de los múltiples chistes privados, de la inolvidable música de Mancini, de la interpretación de Jack Lemmon en su doble papel: enigmático profesor y afeminado señor de ese gran reino inolvidable de Carpantia, pero con todo eso no se puede olvidar la dedicatoria del filme: a Laurel y Hardy. Si ellos vivieran estarían contentos porque el profesor y su ayudante son el reflejo de ellos mismos, resucitados para recuerdo de una época gloriosa donde el reír era algo sano. 

El mismo equipo de Desayuno con diamantes ha hecho posible La carrera del siglo. Sobre una piel de tigre y bebiendo con champagne se perdía la última pareja de Edwards en La pantera rosa. Sobre otra piel y nuevamente bebiendo champagne se han vuelto a encontrar en La carrera del siglo a través de una vuelta al mundo. El amor (como es natural) ha desembocado en París mientras que las burbujas de champagne vuelan hacia las alturas esperando descender en el mañana, o en el pasado mañana, en una próxima película. Edwards se ha vuelto a encontrar. Bienvenido sea su mundo amoroso.

 

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