París, Distrito 13 (Les Olympiades, 2021), de Jacques Audiard

  30 Mayo 2022

Antropología social de la juventud urbanita

paris-distrito-13-0Tras un atípico e interesante western como Los hermanos Sisters, Jacques Audiard se lanza a una mezcla de drama y comedia (dramedia) urbanita que se desenvuelve en un lugar de la capital gala que es peregrinación para los amantes de la comida oriental (y barata) y la vivienda asequible. Notable obra de sugerente delicadeza, que viaja a lo largo de un entramado de caminos sentimentales dialogados y muy refrescantes, en el marco de la cotidianeidad.

A pesar de su título, la película no se centra en la ciudad, que es el hogar de Audiard, sino en las vidas complejas de cuatro millennials que viven en la zona, todos tratando de navegar por el amor en la era digital, ya sea a través de conexiones casuales, aplicaciones de citas o pornografía on line.

Película que habla de la pareja, de amor y también de sexo. Un trabajo, el de Audiard, sencillo, efectivo y bien narrado, a la vez que muy emotivo y plagado de interesantes recovecos y emociones diversas e intensas. Un trabajo que toma esa parte real y vital de la sociedad francesa que son los millennials, con sus incertidumbres profesionales, sus dificultades afectivas con sus ancestros (padres y abuelos), un permanente desencanto y la fluidez de sus relaciones íntimas.

El título de la cinta alude al barrio de la capital francesa donde discurren las historias. Un barrio repleto de rascacielos, miles de ventanas, miles de vidas tras ellas, mucho cemento y muchas preguntas, que ofrece en los iniciales planos generales una clara sensación de gran urbe con ribetes de deshumanización. Aquí no hay tomas tiernas de una Torre Eiffel centelleante, ni vistas panorámicas de románticos paseos en barco por el Sena.

Comienza con algunas tomas aéreas del distrito del título, un vecindario diverso de edificios fruto de un programa de renovación con temática olímpica en la década de 1970, mientras la cámara de Paul Guilhaume recorre las ventanas de los apartamentos y las grandiosas edificaciones.

La sinfonía y una muy apropiada y bonitas notas del productor y artista francés de música electrónica Rone, habla de la vida urbana en su BSO. Se observan explosiones en la partitura pop de Rone, lo cual colabora para dar una dimensión física a cierta sensación de soledad, vacilación y mucha gente oculta tras los muros de cemento.

Ágil pulso narrativo, suelto y a prueba de aburrimiento, a pesar de que algunas de las decisiones que toman los personajes puedan parecer un tanto caprichosas; lo azaroso pasa a formar parte de su idiosincrasia emocional, de sus idas y venidas, lo cual no afecta a la credibilidad del relato; tampoco hace que perdamos el interés. Presidiendo, un ácido sentido del humor de las relaciones sentimentales.

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Entramado de personajes

Uno de los personajes, varón, negro, es un atractivo profesor de secundaria de treinta y pocos, un hombre natural que puede pasar por joven sobrado e incluso arrogante. Ella es una chica oriental, de origen chino para más señas, que estudia, pero sobre todo trabaja, y que pensó al leer la intención de alquilar una habitación en su piso (que en realidad es de su abuela con alzhéimer que vive en una residencia) que Camille, nombre de él, sería nombre de mujer. La conversación deriva prontamente hacia temas sexuales, toda vez que Emilie (que disfruta sin complejos de su activa vida erótica) lo invita a entrar al apartamento.

A preguntas de Emilie sobre su vida amorosa él responde que canaliza «la frustración profesional en una intensa actividad sexual». Y en esas derivadas Emilie suelta el eslogan del filme, un tanto en exabrupto: «Follar primero, preguntar después» (suena peor fuera de contexto). Aunque a pesar de todo, Emilie está dispuesta a sentar la cabeza, guiada por sus sentimientos, pero Camille demuestra un miedo patológico al compromiso.

En otro lugar del distrito se encuentra la tercera en discordia, Nora (Noémie Merlant), que ansía dejar atrás un pasado traumático en Lyon para cumplir su sueño de estudiar la carrera de Derecho en la gran ciudad. Pero sus compañeros de clase no tardan en recordarle que es más mayor e ingenua que ellos, lo que, junto a otras burlas, convierte su asistencia a clase en algo insoportable.

Esta situación se produce cuando a través de los móviles se hace viral su parecido con la camgirl Amber Sweet (Jehnny Beth). La cosa es que Nora acabará descubriendo que las aulas no son el mejor lugar para encontrarse consigo misma; pero esta casualidad de parecidos cambiará su vida sentimental, pues acabará intimando con Amber.

Los cuatro protagonistas del filme luchan contra sus apuros económicos, su raza, su origen, la tradición, su sexualidad, su problemática particular y contra una vida virtual engañosa. Todo en uno.

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Reparto

Las actuaciones son uniformemente envolventes: la novata Lucie Zhang le da a Emilie un alto voltaje de empuje y de ímpetu. El prometedor comediante Makita Samba hace gala de un aplomo propiamente de estrella a lo Poitier, como profesor desencantado y escéptico.

La actriz y cantante Noémie Merlant, con una imagen llena de encanto y misterio, nos deja asombrados con su magnetismo en el rol de Nora, estudiante de derecho «frígida»; una mujer en la treintena con un historial de abusos en la familia y una persona mal definida sexualmente, a la par que constreñida, de ánimo voluble y un inmenso fondo de soledad; también será agente inmobiliaria.

En el deseo sáfico, la actriz y cantautora Jehnny Beth en el papel de Amber está que se sale; una actriz porno hastiada, desilusionada y sola que sale por las ondas de Internet, lo cual agrega cierta energía extraña al grupo de personajes y acabará jugando un papel inesperadamente importante en la historia.

Un reparto, en fin, sensacional, al que acompañan otros actores y actrices de reparto bien conjuntados, en plan coral, como Geneviève Doang, Lumina Wang, Camille Berthomier, Line Phé, Pol White, Lily Rubens, Anaïde Rozam, Camile Léon-Fucien y Oceane Cairaty, entre otros.

Émilie conoce a Camille, que se siente atraído por Nora, que, a su vez, se cruza en el camino de Amber. Tres chicas y un chico (una como invitada virtual). Amigos, a veces amantes y, a menudo, las dos cosas. Un entramado vagamente onírico de historias entretejidas sobre amor y sexo, y más sexo, en la Francia moderna

Una parte importante de estas personas se conocen entre si a lo largo del metraje, de modo que se da un entramado de historias combinadas sobre quiénes son estos personajes, cuál es el trato entre ellos, sus identidades culturales, cómo van consiguiendo trabajo o dónde viven. Podremos ver que las reglas básicas por las que viven en un lugar u otro están sujetas a un estado de cambio constante, lo que hace que apenas puedan investir emocionalmente sus dormitorios u otros lugares del hogar. Son auténticos nómadas de la urbe.

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Aspectos antropológicos y sociedad líquida

El capítulo laboral entre estos jóvenes es errático e inconstante; la cultura de la flexibilidad arruina la previsión de futuro, deshace el sentido de la carrera profesional y de la experiencia acumulada, el futuro se plantea incierto, nunca se sabe cómo será el mañana, e incluso si la vida de trabajo próxima tendrá que ver con la anterior.

Además, algunas profesiones supuestamente importantes, como la de profesor, son prácticamente destruidas en una escena donde Camille dibuja el desalentador panorama de la educación francesa en que el profesor está mal pagado, desprestigiado socialmente o expuesto a un alumnado en ocasiones irreverente y violento (¿nos suena?). Las protagonistas también van cambiando de unos trabajos inconsistentes y mal remunerados, a otros. O sea, una «modernidad líquida» que podemos calificar sustancialmente como de «tiempo sin certezas».

En la película está igualmente analizada social y antropológicamente, cómo se dan las relaciones íntimas. Antes las personas solían conocerse previo a tener relaciones sexuales, y ahora, en el mundo actual, las personas tienen relaciones sexuales antes de conocerse y comparten deseos íntimos con extraños a los que nunca conocerán. Un mundo nuevo, en fin, en el que los jóvenes luchan por construir lazos significativos en arenas movedizas, con sentimientos líquidos e incluso gaseosos.

Esta obra me ha recordado inevitablemente al filme de Joachim Trier La peor persona del mundo. Aquí, de forma equivalente los personajes jóvenes parecen surfear en las olas de una sociedad fluida, con permanentes cambios de trabajo, de pareja e incluso de localidad. En un contexto líquido y volátil (según Zygmunt Bauman), una sociedad presidida por la incertidumbre y una vertiginosa rapidez en los cambios, que ha debilitado los vínculos propiamente humanos; una sociedad utilitarista e incierta, donde el tejido social de relaciones humanas escasea y deja en permanente suspenso el deseo de encontrar la felicidad.

Por ello, al final de la película, en un resquicio de esperanza, la pareja protagonista se declara su amor cuando Camille le dice a Emilie por el telefonillo del edificio: «Yo te quiero». Para lo que habíamos visto en los minutos precedentes, esta natural y cotidiana expresión, de franca fidelidad y emparejamiento, parecía algo prácticamente imposible.

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Cuestiones técnicas

Hay superposición de pantallas divididas, el enfoque estrecho de un iris cerrado o un repentino destello de color que hace que los sentimientos de cambio se fundan con un tipo de pálpito por el cual permanecen en nuestra retina escenas e imágenes sensibles.

A propósito, una de las mejores escenas de la película es cuando Emilie, tras un descanso, vuelve al restaurante donde trabaja con una sacudida de euforia poscoital, después de haber mantenido relaciones sexuales en una cita en Tinder, una aplicación de citas. Regresa bailando al local mientras los comensales estallan en aplausos detrás de ella; un bonito momento en que el personaje transmite una sensación de alegría, después de una relación insólita y fugaz.

Está rodada en un blanco y negro cálido (magnífica fotografía Paul Guilhaume), con un grupo de personajes tan desordenados como sus propios corazones que buscan desesperadamente una conexión real en una red de aplicaciones, pisos que se comparten, economía precaria, soledades traumáticas y contactos casuales y sin compromiso. Esta soledad y precariedad no es tanto la del confinamiento como la que es propia de una generación. Cristaliza todo ello en un retrato, ágil y fresco, del significado de ser joven y soltero en un contexto occidental contemporáneo.

Estupendo y preciso guion convincente de Audiard, Céline Sciamma, Léa Mysius y Nicolás Livecchi, adaptación libre de tres novelas gráficas del dibujante estadounidense Adrian Tomine. Estas historias, escritas desde Nueva York tienen una cualidad universal. Son historias, al decir de Mullor: «de amor, sexo, pérdida, decepciones, reencuentros, choques familiares y el miedo a la incertidumbre, a comprometerse, a morir». Ahora, estos relatos del artista de The New Yorker se trasladan a la periferia de la capital francesa, Les Olympiades, una zona muy alejada de la Torre Eiffel y el Palacio de Versalles, formada por ocho enormes rascacielos llenos de relatos sobre supervivientes.

Una meritoria dirección de Audiard, que se sumerge en las formas de relación amorosa del universo milenial, alejándose deliberadamente de su tendencia al cine de género. Audiard convierte el escenario de sus historias en una especie de espacio táctil, sensorial y hasta con el aroma de los personajes que habitan la obra. Cinta con olor a noches de insomnio, sábanas sudadas y la carga de angustia ante un futuro gris, como la propia obra, de personajes que, a pesar de sus desvaríos a todo nivel, buscan compañía, a otro u otra que los abrace y cobije.

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Cerrando con lo social

Cualquiera de los personajes del filme, como hemos apuntado, va cambiando de profesión y de amor como corresponde a esta sociedad líquida a lo Bauman. Pero su desilusión, su desaliento y su aislamiento ontogénico continúan igual, a pesar del sexo, los tóxicos, la libertad o su juventud.

La película es ante todo una obra psicológica, social y antropológica, que dibuja un retrato generacional, el de los millennials, que apenas pueden pagar un piso, aunque sea compartido junto a otras compañías y viven ante un panorama dudoso y aleatorio a todo nivel.

No obstante, no es una cinta panfletaria o un manifiesto político. Más bien podría considerarse lo contrario. A lo sumo una explicación posible de la confusión en red que vivimos: móviles, Internet y virtualidad.

Audiard se introduce en el interior de sus personajes, con independencia de su procedencia o de sus orígenes familiares diversos, y dota de aliento y vida, no solo al barrio francés que da título al filme, sino a todo el planeta. Cada personaje del distrito de Les Olympiades es, ni más ni menos, un arquetipo, un modelo, una manera de explicarlo todo; incluso a nosotros mismos. Todos en el mismo barco, todos buscando un amor de pareja estable, a ser posible. Con carencias y necesidades. Como siempre.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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