Yucatán (2018), de Daniel Monzón

  14 Junio 2020

 Irregular película de timadores

yucatan-0Daniel Monzón ha querido salir de su terreno más conocido de exitosos thrillers (Celda 211 (2009) y El Niño (2014), y ha tomado el camino de la comedia, lo cual en verdad no es nuevo, pues rodó en 2002 la fresca y simpática cinta El robo más grande jamás contado (2002).

Esta película, de timadores y de juego, está bien confeccionada y sirvió a modo de entretenimiento estival. Sin embargo, no aporta nada al género, quedando a años luz de otras entregas de este subgénero.

Digo esto por los excesos positivos a favor de este film de parte de algunos críticos, por lo que quiero recordar aquí algunas muestras de grandes filmes sobre esta misma temática, para que tomemos cierta perspectiva.

Algunos ejemplos de gran nivel de películas de trúhanes: tenemos en 1941, Las tres noches de Eva de Preston Sturges, donde Barbara Stanwyck es una tramposa jugadora de póker que vuelve loco a Henry Fonda: ¡toma ya! 

Corría el año 1955 cuando se hizo Rififi, gran película de Jules Dassin y un atraco imposible. En 1956 Stanley Kubrick rodó la celebérrima Atraco perfecto. En 1959 película española de Pedro Lazaga, Los tramposos, con Antonio Ozores y Tony Leblanc en una divertida historia de trileros o el timo de la estampita, entre otros: súper.

En 1966, En bandeja de plata, de Billy Wilder, con Walter Matthau y Jack Lemmon en el reparto: genial. 1973, de George Roy Hill, El golpe, pura de tramposos y obra maestra, con Paul Newman y Robert Redford. Los timadores de 1990, del director Stephen Frears con John Cusack y Anjelica Huston, plan comedia negra, muy buena. Año 2000, Fabián Bielinsky dirige la excelente película argentina de bribones Nueve reinas, con Ricardo Darín y unos diálogos geniales.

En 2003 Ridley Scott dirige Los impostores, con unos espléndidos Nicolas Cage y Sam Rockwell como timadores de poca monta; admirable comedia noir. 2007, el maestro Sidney Lumet nos dejó Antes que el diablo sepas que has muerto, en la cual Ethan Hawke y Phillip Seymour Hoffman hacen de hermanos sin escrúpulos que acuerdan atracar la joyería de su padre: maravilla.

Pues bien, Monzón, que hizo crítica de cine y conoce estas y otras cintas de este corte, creo que tendrá conciencia de que su film no alcanza la altura que algunos críticos nos dicen. Por eso he querido poner un poco en antecedentes al lector, pues uno puede dejarse encandilar por luces engañosas. Veamos.

En Yucatán, dos estafadores de larga trayectoria juntos, Lucas (Luis Tosar) y Clayderman (Rodrigo de la Serna), están dedicados sobre todo a robar a los cándidos turistas de los cruceros de lujo. Pero una mujer bellísima está por medio, Verónica (Stephanie Cayo), a la cual ambos pretenden, por eso rompieron su sociedad y ahora trabajan por separado: Lucas en el Mediterráneo y Clayderman en el Atlántico.

Un acuerdo entre ambos, roto por un apetitoso botín que une a ambos en una travesía exótica, travesía de Barcelona a Cancún, haciendo todo un recorrido pasando por Casablanca, Tenerife, Brasil y la selva de Yucatán. Ambos en reñida lucha para robarle un importante premio de lotería a un viejo bonachón que acabará siendo quien les cante las verdades.

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Daniel Monzón dirige esta comedia de tunantes que no obstante estar bien rodada técnicamente hablando, por momentos puede resultar cansina; aunque tiene pasajes de diversión que al público agradece sin duda, pues la cinta concluye en una comedia distraída con dudosos toques de humor, al menos en ocasiones.

El guion es del propio Monzón y su coguionista inseparable, Jorge Guerricaechevarría. Libreto arrítmico con evidentes incongruencias y chistes añejos, donde los personajes quedan dibujados con un exceso de esquematismo, abundancia de estereotipos, muchas subtramas que aportan poco o nada a la historia y demasiadas subidas y bajadas de tono.

Hay en la cinta una profusión de números musicales a mayor gloria de Stephanie Cayo, que alargan innecesariamente el metraje a más de dos horas. En cuanto a los recursos humorísticos, hay elementos que no son de agradar, como la circunstancia de incluir pedorretas como elemento jocoso, recurso escatológico poco acertado en esta ya avanzada fase del siglo XXI.

Lo que sí puedo decir en descargo de todo lo anterior es que es Monzón quien precisamente organiza todo este bullicioso coro de elementos diversos para dotarlo de cierto sentido de comedia a lo Blake Edwards, lo cual no deja de tener su mérito, pues se trata de un universo lleno de andanzas, trufado de torbellino.

Es de destacar una buena música de Roque Baños y un más que notable diseño de producción.

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En el reparto es Joan Pera, un actor reconocido y de larga trayectoria teatral, televisiva y en el doblaje, quien destaca por encima de otros muy taquilleros que van más bien a golpe de corazón pero sin meterse de pleno en el filme. Por lo tanto, es Pera el actor sobre quien pivota la historia; transforma su veteranía en auténtica revelación que encabeza con justeza profesional el reparto; sutileza, contención y gama de matices que Pera aporta a su personaje, el agraciado por la fortuna, Antonio. Pera es concluyentemente, el efecto especial principal de esta comedia.

Junto a él un Luis Tosar —gran actor— que aquí está correcto pero que no convence como otras veces; Rodrigo de la Serna cumple su cometido justito; Stephanie Cayo, bien como la bonita bailarina por la que todos se beben los vientos; y como secundarios, muy a tono tenemos a Toni Acosta, Adrián Núñez, Txell Aixendri, Angelo Olivier, Alicia Fernández Lópiz, Leticia Etala, Xabi Lite, Cristóbal Pinto, Óscar Corrales, Joche Rubio, Alez Amaral y Aranzazu Coello.

En el cine de Monzón suele darse lo que Sergi Sánchez denomina afecto por sus personajes; es decir que se empatiza con ellos, lo que deviene comprensión por los claroscuros de la condición humana. Aunque estos personajes se muestren insidiosos o canallas; o al revés, si ante el público estas criaturas aparecen como buenas y magnánimas, siempre están dispuestos a ser el reverso de lo que esperamos de ellos.

Pero hete aquí que es esta ruptura de expectativas morales la que contiene también elementos aleccionadores. Todo el film es como como una prédica encadenada sobre las miserias y males a que da lugar la codicia y el dinero. Y en torno a este argumento vemos en la trama un complejo puzle de idas y venidas, de añagazas y comportamientos de enorme vileza.

Entremezclados, podemos presenciar emociones y sentimientos puros, mayormente en el personaje nuclear de la cinta, gracias al saber hacer de Pera. Como escribe Sergi Sánchez, la película «aparenta ser una comedia vacacional, de crucero marítimo, que se desliza sin motor por un cambiante océano de géneros –del filme de timadores a la sátira gamberra, del musical cabaretero al romance múltiple con picante cubano–, para ocultar su condición de fábula de lo más seria sobre la codicia en tiempos de crisis». El esquema general de la obra y su principal tenor es ser una «fábula moral».

En suma, comedia de aventuras y timadores, con giros narrativos y sorpresas a gogó, pero deja que desear en relación a los grandes de este subgénero, como apuntaba al principio.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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