Un ángel pasó por Brooklyn (1957), de Ladislao Vajda

  10 Junio 2022

Maravillosa película que incluye comedia, romance y drama

un-angel-paso-por-brooklyn-0Este filme es un cuento moral sobre un avaro despiadado y desconfiado, un implacable abogado que tiene oprimidos a los inquilinos de la comunidad italiana de Nueva York, y que por efecto de una anciana maga se ve convertido en un perro callejero que debe vivir de la caridad.

En esta obra Ladislao Vajda tiene influencia del neorrealismo italiano (pensemos en Milagro en Milán, 1951, de Vittorio de Sica), pero también del cine americano de los años cuarenta, de las películas de Frank Capra, de Preston Sturges; tiene también, al decir de Ocaña y yo acuerdo, elementos de los cuentos animados de Walt Disney. Con todas esas influencias, Vajda viene a concluir una película muy bien narrada, una comedia-drama con tintes sobrenaturales con un protagonista principal: el avaro condenado a buscar el cariño de alguien para redimirse.

La historia nos sitúa en el conocido distrito neoyorquino de Brooklyn, justamente en la zona donde residen un gran número de italianos. El propietario de esta gran comunidad de vecinos es el huraño y miserable abogado Mr. Bossi (Ustinov). Allí habitan muchos italianos que han cruzado el Atlántico en busca de una vida mejor. Pero la pobreza de esta pobre gente les impide pagar puntualmente la renta al patrón de la finca, y este no concede prórrogas, es implacable.

La enorme antipatía de Bossi tropieza con una misteriosa anciana que posee poderes sobrenaturales que lo hechiza, convirtiéndolo en un perro y condenándole a permanecer en ese estado hasta que se haga merecedor del amor de alguna persona.

Esta es la tercera película de la trilogía de Vajda con Pablito Calvo: Marcelino pan y vino (1954), Mi tío Jacinto y Un ángel pasó por Brooklyn. En esta trilogía se produce el fenómeno de que película a película el éxito y la taquilla fue disminuyendo. El gran taquillazo lo supuso Marcelino…; y justamente las dos cintas que tenían mejor calidad fílmica, dos obras maestras, fueron cayendo en recaudación, si bien no se puede decir que fueran un fracaso ni mucho menos, es sólo un curioso dato que puede hablar de los gustos hispanos de la época.

Además, hay dos puntos que distinguen este filme de los anteriores. Primero, como apunta Ocaña, «esta es mucho más coral que las otras dos». Por ejemplo, es fácil observar que el niño no aparece prácticamente hasta la mitad de la película, luego ya sí tendrá su protagonismo, claro. El resto son actores diversos y de gran calidad muy bien conjuntados, con Ustinov al frente.

Segundo, que la parte de coproducción italiana que ya estaba presente en Mi tío Jacinto se incrementa en esta, hay más actores italianos y más colaboradores para la escritura del guión: el mismo Vajda junto a Ugo Guerra, Ottavio Alessi, José Santugini, Gian Luigi Rondi, István Békeffy, adaptación de una historia de István Békeffy. Además, como muestra de la italianización del filme, es justamente en el barrio italiano de Little Italy, en Nueva York, donde se desarrolla la trama.

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Aunque supuestamente el filme está rodado en Brooklyn, toda la obra se desarrolla en un set de rodaje en Chamartín, donde la ambientación y los decorados son excepcionalmente buenos, yo diría que soberbios. Vajda y su director de fotografía Heinrich Gärtner (un maestro de la luz y uno de los mejores directores de fotografía europeos del momento) vuelan hasta Nueva York para rodar planos de apoyo y filmar panorámicas en las que no salen los actores, así como para hacer centenares de fotografías entregadas al decorador Antonio Simón, a fin de que le sirvan de referencia para crear ese escenario espectacular en los estudios de Chamartín.

Todo ello con ayuda de retroproyecciones y de la técnica de travelling mate, algo así como la versión primigenia de las actuales cromas (técnica audiovisual consistente en extraer un color de la imagen y reemplazar el área que ocupaba ese color por otra imagen o video) que permite que en un mismo plano se fusione la figura de un actor con un fondo que en realidad no está ahí. Y la música de Bruno Canfora, que está a tono con la obra.

En esta cinta, Pablito Calvo no tiene tanto protagonismo como en las anteriores que había hecho. Pablito tiene en la película nueve años y sigue haciendo gala de una expresividad inigualable, maravillosa, su mirada, su cara limpia, en fin, es una gozada verlo. Sin olvidar algo importante: que Pablito está doblado por la famosa actriz de radio Matilde Vilariño, especialista en voces de niño, que hace un espectacular trabajo.

Cuando llega esta película, Pablito es ya tan famoso en España como en Italia, de hecho, su película siguiente fue una producción plenamente italiana que se llamó Totó y Marcelino, rebautizada aquí como Totó y Pablito (1958). A continuación, Pablito Calvo no da mucho más de sí, hace sólo cuatro películas más y al llegar a la adolescencia, catorce años, dejó el cine, estudia ingeniería y se establece felizmente hasta que fallece de un aneurisma en el 2000, a los 51 años de edad.

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Por supuesto hay que destacar la presencia del actor londinense Peter Ustinov, el personaje principal del film; pero casi la mitad de la historia, el personaje se transmuta en un perro. La presencia de Peter Ustinov es muy importante pues ya por ese entonces es un actor reconocido que viene de hacer de Nerón en Quo Vadis (1951), de Mervin LeRoy, o formando parte del reparto en Sinuhé el egipcio (1954) de Michael Curtiz, entre otras; posteriormente gana sendos Oscar como actor de reparto, uno en Espartaco (1960), de Kubrick, y el otro Topkapi (1964), de Dassin.

La ambición de Vajda y de los productores es para que la película tenga una proyección internacional y Ustinov es una pieza clave. Ustinov hace muy bien su rol de avaro y mezquino, una gran interpretación llena de humanismo y rigor. Y creo que en honor a los actores de doblaje, hay que recordar que el actor que dobla a Ustinov en esta película es José María Oviés, al cual hay que tener en cuenta especialmente por haber sido uno de los mejores actores del doblaje español, que más que doblaje hizo en esta cinta toda una interpretación en regla (el mismo Oviés tuvo un papel muy bonito como empresario teatral en Los farsantes, 1964, de Mario Camus, y fue el doblador habitual de Spencer Tracy y en ocasiones de Groucho Marx).

En fin, en esta película hay otras grandes actrices y actores como Isabel de Pomés, la madre del niño, estupenda; un Pepe Isbert genial como suele ser, que en su breve aparición participa en algunos de los momentos más cómicos, pululando por el patio de la comunidad con sus pequeños trabajos de pintura; Carlos Casaravilla, muy bien en un precioso rol; Enrique Diosdado, encarnando al policía, bien; muy convincente la interpretación de Aroldo Tieri en el papel de Bruno, el ayudante del abogado Mr. Bossi que protagoniza la cara romántica de la película. Sin olvidar en ese coro a Maurizio Arena y Renato Chiantoni.

En 1957 la película inaugura la Mostra de Venecia, Vajda no es la primera vez que llega al certamen. Y es que Vajda es un hombre importante del cine europeo y le corresponde plenamente por propios méritos abrir un Festival como el de Venecia, de gran prestigio. Comparte sección oficial con Akira Kurosawa, Nicholas Ray y Luchino Visconti.

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Recuerdo en este punto que Vajda, de origen húngaro, fue un director muy influenciado por el expresionismo alemán, que incluso trabajó como montador en los años 30 junto a Billy Wilder o Henry Koster; o sea, era todo un personaje de la cinematografía europea y mundial; traigo a la memoria su celebérrima película El cebo (1958). Lo que quiero decir es Vajda sintonizaba y estaba a la altura de los mencionados genios de aquella Mostra veneciana del año 57.

La película tiene una trama que va a más en cuanto a animosidad, manteniendo un ritmo adecuado que hace que el espectador mantenga su interés en todo momento. Una increíblemente buena ambientación del mismo corazón de un luminoso Brooklyn, con el inestimable trabajo del perro Calígola (el malvado casero trocado can), el compañero del niño, del que se hace mención destacada en los créditos de la película por ser pieza principal del mismo.

Cinta, en fin, encantadora, por momentos, conmovedora; rodada en un hermoso y espectacular blanco y negro (debido a Heinrich Gärtner), apta para todos los públicos y que sabe incluir sabiamente comedia, drama y romance.

Una comedia surrealista, una película con encanto, de esas que no tienen tiempo ni nacionalidad. Si no la has visto búscala, disfruta de ella, no arrepentirás si te gusta el cine.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity.

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