Cielo negro (1951), de Manuel Mur Oti

  14 Mayo 2020

Gran drama en una época difícil para la mujer

cielo-negro-0Esta película se sitúa aún en la postguerra española, una época difícil, con escasez, trabajo mal pagado y ocupando la mujer un rol marginal, salvo que estuviera casada o en vías de hacerlo.

En este contexto, Emilia, una modesta empleada en una casa de modas, le hace un favor a un compañero de trabajo del que está secretamente enamorada. El tal individuo la invita a ir con él a la verbena y la joven se ilusiona con esta cita del hombre al que ama. Pero al llegar a su casa se da cuenta de que el único vestido para salir de fiesta que tiene está apolillado y por más que su abnegada madre pretende arreglarlo, la cosa es inviable.

Desesperada, pues para ella es la oportunidad de su vida, convence a una dependienta amiga para que le preste uno de los vestidos de alta costura de la tienda. A partir de ahí, la historia tomará derroteros insospechados, desgraciados y dramáticos para la joven. Se conjugará la circunstancia de ser el pretendiente un individuo inseguro e indeciso, la enfermedad de la madre, la maldad de alguna compañera, un poeta fracasado que colabora en un engaño epistolar respondiendo a las amorosas cartas de Emilia con otras cartas aún más inflamadas, cartas de románticas en plan de burla; y un final apoteósico en que Emilia se encamina al suicidio.

Manuel Mur Oti es un director de culto, siempre en el límite de la afectación, pero sin llegar de pleno a ello, siempre en los brazos del esplendor. Mur es un director de lujo, a la vez que un hombre apostado al borde del camino de la cinematografía española, pues no tuvo demasiada suerte. Pero hizo grandes películas, como Un hombre va por el camino (1949) y otras.

Este que ahora comento fue su segundo largometraje, una de sus obras más características y conseguidas. La película está basada en una narración naturalista de Antonio Zozaya ambientada en el Madrid popular. Mur convierte un melodrama social en un ejercicio de grandeza, en ocasiones con desmesura, pero que a mí me gusta, como lo demuestra el larguísimo travelling con que se cierra la película.

El guion de Manuel Mur Oti, Francisco Pierra y Antonio González Álvarez, se construye a partir de la novela de corte folletinesco Miopita, de Antonio Zozaya (español republicano y de profunda lealtad a la causa), que los guionistas reconvierten en un drama de altura.

Mur y Cia eligen como protagonista a una mujer plena de belleza en cuerpo y alma, que alimenta sueños de amor y felicidad, y la colocan en un ambiente destructivo cuyo clima cambia en función de las engañosas ilusiones de la protagonista, de sus alegrías y de sus decepciones.

Un guion que oscila entre el romanticismo más genuino y el impudor procaz, que conduce al espectador por un visionado que provoca sufrimiento ante las esperanzas arrancadas y la vergüenza frente a la humanidad perversa.

Acompaña muy bien la música compuesta por Jesús García Leoz (alumno predilecto de Joaquín Turina), con una orquesta que muestra en todo momento el interior de Emilia; y la lucidez fotográfica de Manuel Berenguer (en blanco y negro), que es magnífica, con matices y tonalidades diversas y travellings verdaderamente sobrecogedores. El montaje roza la perfección.

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En el reparto, una bella Susana Canales hace uno de sus papeles principales en el cine, con un trabajo convincente y lleno de matices dramáticos, con un registro desgarrador, un trabajo con el que la Canales sintoniza de pleno con el espectador; ella es la que lleva el peso de la película.

Fernando Rey en su papel de mísero poeta fracasado, cínico y mezquino, está estupendo; el por entonces joven Luis Prendes, afronta bien su papelito de hombre soltero, guapetón pero medroso. Y acompañan en perfecta sintonía grandes personajes del cine y del teatro como Teresa Casal, Manuel Arbó, Rafael Bardem, Julia Caba, Raúl Cancio, Casimiro Hurtado, José Isbert y Manolo Morán.

En aquellos años cincuenta emergieron en nuestro cine unas propuestas realistas y desgraciadas que tocaban el tema de la mujer engañada o humillada; obras dramáticas, auténticas joyas como esta película, o la de Juan Antonio Bardem Calle Mayor (1959). Y en los sesenta, la adaptación de la novela de Unamuno, La tía Tula (1964), de Miguel Picazo.

Como digo, en estas películas se dibujaba de una forma pesimista y dramática el papel difícil de la mujer española de la época. Eran películas crudas, límpidas y aceradas denuncias contra la hipocresía, la villanía y una sociedad en la que no había lugar para el sueño, el romance, para las mujeres que aspiraban a ideales nobles, entre ellos el verdadero amor.

Fue una parte de nuestra dura postguerra en la que la mujer soltera no tenía un lugar social digno. Abundaban mujeres como Emilia, que soñaban con una verbena permanente al lado del hombre amado. Ser mujer entonces era una dura misión; las mujeres tenían vetada su autonomía, su independencia, y apenas podían alcanzar una posición digna en el terreno laboral.

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Eran mujeres a la sombra de un cabeza de familia: padre o marido. Su único destino era el matrimonio, que se convertía así en su máxima aspiración. Sumisión al hombre, a la par que, paradójicamente, obsesión por «cazar un partido», lo que daba lugar a una dura pugna entre las mismas féminas, donde no faltaba la envidia y la rivalidad sin tregua, como se ve en este film. No faltaba tampoco la crueldad, que a veces arruinaba la vida de la mujer incauta, que acababa descubriendo cuán duro era el pago por los legítimos sueños.

La película nos presenta también un Madrid que aprisiona a sus habitantes y les sumerge en la oscuridad de la pobreza, de la carencia, y que coloca a la protagonista en un camino de desesperación y fatalidad. Un Madrid donde no se ve apenas el cielo, sino un entorno lleno de miserias cotidianas.

La ceguera progresiva de Emilia le hace imaginar y tener formas de visiones que responden a sus anhelos y sueños, que se vinculan a sus ensoñaciones y a su variable humor y no a la realidad dura que la rodea. Pero Emilia prefiere ver un espejismo que le permita seguir viviendo y tener algunos momentos de felicidad. Tener la ilusión de ser una mujer querida, cantar una melodía ajada como las paredes de su vieja casa, fingir que se tiene todo en medio del gentío de la verbena, pues ella ya ha perdido hasta la dignidad.

Como escribió Peña en 1999: «Cielo negro es un film sobre la ceguera. Sobre la ceguera física y sentimental, pero también, o quizás por ello, sobre las apariencias, sobre las falsas ilusiones y sobre el engaño».

En la película hay un punto álgido para el rosario de infortunios de Emilia que marcan el argumento. Ella es una persona desgraciada y marginal en medio del Madrid gris, que siente en las cetrinas luces una acusación, y en la lluvia un presagio de tristeza y soledad. Sin camino, pues apenas acierta a ver dónde pisa, sin amor, sola. Cada vez arrecia más la lluvia que ya cae a cántaros.

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Emilita se está quedando ciega, ha sido despedida del trabajo, ha muerto su madre, el engaño de los hombres, entonces, la fatalidad pasea por la ciudad fantasmagórica, el viaducto aguarda tenebroso mientras Emilita corre hacia su fatal destino y con ella el travelling más sublime y angustioso del cine español estalla ante nuestros ojos.

Como acertadamente escribe Memba: «el famoso travelling de Mur Oti es un enunciado moral en toda la regla. A punto de precipitarse al vacío desde el viaducto, donde tradicionalmente pusieron fin a sus días tantos madrileños desesperados antes de que el ayuntamiento instalara una mampara para impedírselo, Emilia recapacita y va corriendo hasta la iglesia de San Francisco el Grande, mientras el tomavistas la precede en el célebre travelling, para postrarse arrepentida ante el altar, ávida de vida por muy difícil que sea».

Como vemos en estas escenas, la entrada en el templo, el Aleluya de El Mesías de Georg Friedrich Händel, la señora bien vestida que, con un gesto, le dice que se cubra la cabeza, y esos curas vestidos con casullas bordadas de oro y seda. Todo ello proclama, a modo de crítica a la época, la indiferencia de una sociedad cristiana solo de nombre. Pero sí está la fe de Emilia.

A mí me parece una película muy interesante de nuestra filmografía, que tiene todas las cualidades para que quien no la haya visto y le guste el cine, haga por visionarla. Merece sin duda la pena.

Es una película con una inaudita fuerza, muy intensa, humana, con una violencia y una tragedia contenida plasmada en una historia con un ritmo narrativo in crescendo, desde una excelente concepción de parte de Mur Oti.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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