Barry Seal: El traficante (2017), de Doug Liman

  07 Septiembre 2021

Aventura, sátira política y un Cruise muy sonriente

barry-seal-0Fui a ver Barry Seal con buenas recomendaciones y antecedentes. Un amigo que considero fiable (o tal vez consideraba) me la había recomendado. Es una cinta basada en hechos reales adornados para el cine, obvio; o sea, una biografía en la que resulta complicado delimitar realidad y leyenda. Al poco de salir sólo tenía del filme la imagen de un Tom Cruise gesticulante que hace un pasable (sólo pasable) trabajo actoral, acarreando maletas de dinero, billetes volando al viento, y embadurnado en cocaína. Poco más.

Como digo, el guion es un retrato de la vida real de Barry Seal, un ex piloto de la TWA que, cansado de su rutinario trabajo y habiendo caído en el momento y lugar oportunos, se convirtió en un sujeto que fue mercenario de la CIA de 1978 a 1986, y como tal se relacionó con el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, con Pablo Escobar y el cartel de Medellín, sirviendo a modo de brazo operador de la financiación de EE. UU. a la contra nicaragüense, con recursos del narcotráfico.

Su andadura se inicia con el pobre Jimmy Carter, y acaba implicando al mismísimo Ronald Reagan presidente y a Bill Clinton, como gobernador de Arkansas. Y desde luego se convierte en un narcotraficante de primer orden, utilizado a modo de estratega que juega a los juegos de los poderosos: guerras para derrocar gobiernos, campañas para atrapar a capos de la droga y próximo al círculo de la Casa Blanca.

El director Doug Liman entremezcla comedia, thriller, cine político y más, que sobre la marcha sirve a modo de espectacular entretenimiento. El montaje de Liman es, como la película, psicoestimulante, como si el espectador esnifara parte de la abundante cocaína en juego, «con cambios de texturas fotográficas y de formatos audiovisuales, insertos (…) y continuos vaivenes narrativos en el espacio y en el tiempo» (Ocaña).

El relato es llevado, así, desde un aspecto de superficialidad e hilaridad en ocasiones (con imágenes de archivo incluidas para ridiculizar al sheriff Ronald Reagan), para recalar en lo que son las maquinaciones de la política para empañar la división de poderes de ese gran Imperio llamado EE. UU. En suma, Liman se vale de una espiral de líos con eficacia narrativa, convirtiendo la necesidad de aventura de Barry en una carrera que poco o nada tiene de huida hacia delante.

Tiene un ágil y bien escrito guion de Gary Spinelli que deviene entretenido biopic, con diálogos ocurrentes y situaciones de pasmo. Al final, el retrato del personaje principal tiene tanto protagonismo como la feroz sátira política.

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La música de Christophe Beck me parece en exceso trepidante y es buena la fotografía de César Charlone, donde destacan los planos aéreos de Centro América y Suramérica que son espectacularmente bellos.

En cuanto al reparto, hay un decente trabajo de Cruise que, siendo como es buen actor, insiste en seguir apareciendo como héroe u hombre de acción; pero resulta que los años no pasan en vano y él parece no darse cuenta de que está ya un poco fondón para tanto trajín.

El resto del elenco, todo bien: Domhnall Gleeson, Jayma Mays, Sarah Wright, Jesse Plemons, Lola Kirke, Caleb Landry Jones, Benito Martinez, Connor Trinneer, E. Roger Mitchell, Justice Leak, Jayson Warner Smith, Robert Farrior, Frank Licari y David Silberman. Conjuntado y profesional.

El montaje espídico y seco del filme de Liman, que ya se dejaba ver en las películas de Bourne, «gana cuando la distancia con su protagonista se convierte en sátira y humor despendolado» (Bermejo). Es así en los aterrizajes forzosos en un suburbio donde reparte dinero a unos pobres niños, empolvado de cocaína; o en su jardín rebosante de dólares poco decorosos.

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O sea, cuando brota cierto humor de situaciones que de exageradas provocan la risa, pues resulta casi imposible imaginar a un tipo rebozado de estupefacientes al que se le caen los dólares a puñados porque no los puede ni sujetar de tanta cantidad de billetes como lleva. Pero en el film, son los veinte primeros minutos los que sobresalen con algún ramalazo de genialidad, pero posteriormente la proyección se torna más irregular.

Mensaje: «la avaricia rompe el saco». Fue en la realidad que Barry Seal, siendo un piloto de líneas regulares, adinerado, buena posición, amantísima esposa y hermosos hijos y quiso más. Sí, le parecía su vida aburrida y monótona, buscaba más aventura y además ansiaba ganar más dinero. De manera que se mete de hoz y coz nada menos que en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), para pasar luego a comerciar la cocaína del nada recomendable Pablo Escobar. Después se dio una vuelta aérea por el tráfico de armas y finalmente un cóctel entre ambas, más la política. Pócima mortal como cualquiera puede suponer. Pues Seal no lo sabía.

Cerca de dos horas de sonrisa cruisiana, una pena, pues Tom daría para más artísticamente, aunque dólares sí le habrán pagado a granel por hacer de aventurero. En realidad, la película parece una metáfora de la vida de Cruise. Pues como no espabile, puede que no tenga dónde meter tanto dinero, pero su calidad actoral quedará lejos de aquel Cruise de Rain Man (1988), Algunos hombres buenos (1992); o Eyes Wide Shut (1999).

Parafraseando a nuestro clásico Garcilaso de la Vega en su soneto XXIII, yo le diría a Cruise que «cogiera de su alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre». Pero ¡qué digo! ¡Si Tom es ya otoñal!

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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