Días de radio (Radio days, 1987), de Woody Allen

  03 Junio 2021

La nostalgia de la época de la radio

dias-de-radio-0La película se desarrolla en el Brooklyn de los años cuarenta. Era la época por antonomasia de la radio como medio de comunicación en los EE.UU. El protagonista es niño judío, hijo de una familia trabajadora, cuyos singulares miembros viven prácticamente enganchados al aparato de radio que suena todo el día en el hogar. Así, la música, las radionovelas de puro llanto nomás, historias de superhéroes, concursos, crónicas sociales y las grandes estrellas deportivas, al otro lado del receptor.

Todo eso sirve para hacer a la felicidad de los oyentes. En la película hay un singular y humorístico anecdotario, que sabe a nostalgia de una época pasada que ya no volverá. Aquella radio servía para vivir aventuras, cuentos sin fin en familia, con la gente del barrio y mucha alegría.     

El gran Woody Allen dirige con soltura, acierto y encanto esta obra que es un bonito y nostálgico homenaje a la radio, ese medio de comunicación que marcó su vida, cuando no había televisión y la realidad se colaba a través de las ondas sonoras. El guion es sencillamente sugestivo y entrañable, muy inspirado, y hace rememorar a los que vivimos también el tiempo radiofónico en España, nuestros recuerdos más dulces, también alegres y, por qué no, llorones en ocasiones.

La música de Dick Hyman es excelente y la fotografía tirando a sepia de Carlo Di Palma, genial. Hacen de este filme la música y la dirección de fotografía una obra con encanto, amena y dinámica.

En el reparto destacan una enorme Mia Farrow, una gran Dianne Aiello, estupendo Seth Green, muy bien Josh Mostel y Michael Tucker, y todos cuantos aparecen en la pantalla están fantásticos, como Wallace Shawn, Kenneth Mars, la encantadora Diane Keaton, Tony Roberts o Jeff Daniels.

Sirva como dato curioso que es la única esta obra de Allen en que aparecen juntas sus dos auténticas musas: Diane Keaton, en un breve papel de cantante de variedades, y Mia Farrow, con una interpretación algo más extensa. Como ya he dicho, ambas están extraordinarias.

Esta es una de las películas de Allen más afectuosas y encantadoras para mí. Uno puede reír, recordar, ver la cinta de manera muy entretenida y, en fin, es en mi opinión es muy cálida, una especie de inyección de dulzor melancólico y, como dice Martínez: «De gesto tan dulce como ágil».

A mí que, como decía, pertenezco a la época de la radio, cuando la TV era impensable, y sólo emitía para la capital, Madrid, la radio era la vía de disfrute con programas muy variados: Pepe Iglesias El Zorro y su mágica gargantaUstedes son formidablesMatilde Perico y Periquín, el Consultorio de Elena Francis, concursos a gogó, el serial radiofónico Lo que no se muere de Sautier Casasola (el rey de la lágrima por entregas), y otros seriales de éxito como Ama Rosa o Simplemente María, intérpretes de la radiofonía como Maribel Alonso, Juana Ginzo, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa o Eduardo Lacueva, La saga de los Porretas de Eduardo Vázquez, la publicidad del Cola-Cao (Yo soy aquel negrito…), el chocolate Loyola.

  

En fin, tardes para escuchar radio e incluso hacer otras cosas, porque la radio, a diferencia de la TV que es hipnótica y convierte a espectador en un individuo pasivo, la radio permite hacer otras tareas o actividades; para nosotros podía ser jugar o hacer algún deber escolar rutinario.

Y no quiero olvidar aquí, de nuestro cine español, esa gran película que fue Historias de la radio (1955), de Sáenz de Heredia.

Aunque carece del mordiente y la sátira y profundidad de sus mejores trabajos, Días de radio es una de las películas más puramente entretenidas de Woody Allen e incluso una especie de autobiografía compasiva cargada de humor y anécdotas muy divertidas.

En resolución, esta cinta nos incita a la nostalgia sanamente a los que fuimos de radio en la infancia. Además, Allen no cuenta una gran historia, no hace un profundo retrato de los personajes, tampoco hace muchos chistes como suele suceder en otras producciones suyas, pero el conjunto de hechos inconexos es verdaderamente simpático y se agolpa en una suave ola acompañada de una gran fotografía y una deliciosa música.

Sólo por eso, la cosa ya vale.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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