Solo ante el peligro (High noon, 1952), de Fred Zinnemann

  30 Marzo 2021

Por qué Kant habría ayudado a Will Kane

solo-ante-el-peligro-0En Solo ante el peligro (original High Noon), en el pueblecito de Hadleyville, acaba de contraer matrimonio Will Kane (Gary Cooper), el sheriff, con Amy (Grace Kelly). Los recién casados tienen proyectado trasladarse a una ciudad mayor y abrir un negocio tipo familiar.

Pero hete aquí que ese día por la mañana se corre por el pueblo la noticia de que Frank Miller (Ian MacDonald), un peligroso pistolero y asesino a quien Kane había apresado y llevado ante la justicia, ha sido excarcelado y se dirige al pueblo en el tren de mediodía, para tomarse la venganza por su mano.

En principio, el sheriff decide partir como recién casado que es. Mas al poco de iniciar el viaje en su carreta, le dice a su bonita esposa que él nunca ha huido de nadie y da la media vuelta para afrontar la situación. Mientras, el tiempo transcurre lentamente y en el pueblo la ciudadanía se muestra remisa por no decir indolente en lo que atañe a ayudar al sheriff, éste habrá de enfrentarse a los forajidos en solitario.

Dirige esta película el gran Fred Zinnemann, describiéndonos, como solo él habría podido hacerlo, una situación que es narrada en tiempo real, lo que nos transmite la agonía del protagonista.

Su planteamiento hasta su culminación está realizado, más que como un western al puro estilo, como un film de suspense de corte hitchcockiano.

El guion de Carl Foreman no puede ser más impecable, pues lejos de incurrir en el gatillo fácil o la acción atropellada, el libreto está escrito con pausa, diálogos los imprescindibles, imágenes, sobre todo, con primeros planos inolvidables, mientras «Cooper espera. Y cuanto más espera, mayor es la tensión. Y cuanto mayor es la tensión mayor su soledad. Y cuanto mayor es su soledad mayor es su temor. Y el nuestro. Y el del corazón de los hombres de bien» (Kurt).

Pero, además, cuanto más espera Cooper más solo se encuentra, y ahí aparece el Cooper grande, el que es capaz de recrear con este libreto la figura de leyenda del héroe. Y aunque sea suspense, es western, y en este drama se siente el verdadero amor por este maravilloso género que en este caso resulta inolvidable.

La música de uno de los gigantes del cine, Dimitri Tiomkin, que compone una banda sonora antológica, una de las más celebres del western, que incluye la hermosa balada The Ballad of High Noon (o, Do Not Forsake Me, Oh My Darling), con texto del letrista Ned Washington, premiada con un Oscar.

La canción invita a la esperanza dentro del desasosiego, es melancólica y en ella el protagonista ruega a su esposa que no le abandone. Una canción que describe a un hombre roto por el dolor, pero firme en su decisión de enfrentarse a su destino, pese a que nadie quisiera acompañarle en ese trance.

Como dijo Rosenbaum: «Algunas cosas parecen falsas, pero la memorable canción principal y algunas interpretaciones de secundarios igualmente memorables hacen que función». Gran fotografía en blanco y negro de Floyd Crosby.

Aquí podemos escuchar Do Not Forsake Me, Oh My Darling:

  

El reparto es ante todo y sobre todo un enorme Gary Cooper que, en su soledad de sheriff avezado, carga él solo con el film en gran medida. Obviamente no hay que olvidar a la bellísima Grace Kelly, en uno de sus principales trabajos para el cine; la igualmente hermosa y expresiva Katy Jurado; o actores de reparto de auténtico lujo, como Thomas Mitchel, Lloyd Bridges, Lee Van Cleef, Otto Kruger, Lon Chaney, Henry Morgan y Ian McDonald. Todos mayúsculos, como apuntaba arriba.

El film obtuvo 4 Oscar, 4 Globos de Oro y 2 premios del Círculo de Críticos de Nueva York, entre otros.

Película de enorme interés y suspense. «Un retrato amargo y abrasador de la complacencia americana y su capacidad de colaboración» (Atkinson). Por cierto, a veces se ha hecho equivaler esta trama con la famosa caza de brujas. Una obra en la que todos escurren el bulto y dejan a Will Kane al pie de los caballos, frente a unos peligrosos asesinos, sin que a nadie se le mueva un pelo, o sea, con las señas de la cobardía por delante.

Y está el elemento principal: un maestro en el arte de manejar el tiempo, como es Zinnemann. Su minuciosidad y precisión narrativa hacen que nos quedemos de piedra ante un panorama marcado por el miedo, incluso por el pánico y la muerte que tiñe con agudeza al protagonista como un individuo solo cuyos reiterados planos del reloj agudizan la angustia del espectador ante el desolado panorama. Es una sensación claustrofóbica, la del que no puede escapar y está en estado agónico, pues lo más probable es que muera en el lance.

El paisaje es árido, polvoriento y silencioso: este páramo preside una lucha interna en Kane, entre cumplir con el deber o el instinto de conservación. Todo un debate moral, que Cooper interpreta a las mil maravillas con sus gestos, sus miradas, su deambular vacilante, limpiándose el sudor que le cae, fruto no solamente del calor sino también de la angustia, la angustia de un Calvario que debe afrontar como el hombre íntegro que es.

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Los que hemos visto una y diez veces esta película no podemos evitar asistir con gran zozobra de corazón a cada intento de reclutar ayuda, cada conversación esperanzada y el sempiterno reloj y sus odiosas manecillas que nos indican que se acerca de manera inexorable la hora de la llegada del tren.

Sabemos que se impone el kantiano sentido del deber, de imponer la ley y el orden en una comunidad de abatidos pusilánimes paralizada por ese enemigo poderoso que es el miedo. Un grupo de hombres y mujeres en un Gólgota donde no insultan o gritan, pero callan, a lo sumo rezan; gentes que parecen carecer de moral y de capacidad de reacción, dejando en manos del héroe o tal vez en manos de la víctima necesaria, esa posibilidad de afrontar con convicción y gallardía los momentos más difíciles de su vida y de la vida del pueblo.

Hasta su esposa hace un amago de huida. Pero reacciona a última hora y cuando ya se encontraba sentada en el tren junto a Katy Jurado y oye un disparo, se baja a toda prisa y corre en ayuda de su marido. ¡Un respiro gracias a la bellísima y valerosa Grace Kelly!

La letra canción Do not forsake me, Oh My Darling (¡No me abandones, oh querida!), tiene la habilidad de contar la historia completa en los dos minutos y medio de duración del tema, que viene a decir así: «No me desampares, oh mi cariño. […] No me desampares, oh mi cariño / Espera, espera a lo largo de / No sé lo que el destino me espera / Yo sólo sé que debo ser valiente / Y tengo que enfrentar a un hombre que me odia / O una mentira cobarde, un cobarde, cobarde / O una mentira cobarde en mi tumba. […] Yo no le tengo miedo a la muerte, pero oh / ¿Qué haré si me dejas? / No me desampares, oh mi cariño / Que hizo esa promesa como una novia / No me desampares, oh mi cariño. […] Ahora que te necesito a mi lado / Espera a lo largo, espera a lo largo / Espera a lo largo».

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Immanuel Kant, el padre de la modernidad y el iniciador de la filosofía contemporánea, en su obra Crítica de la razón pura, tal y como atestiguan multitud de filósofos, escribió sabiamente así: «Todo hombre tiene conciencia moral y se siente observado, amenazado y sometido al respeto —respeto unido al temor— por un juez interior. Y esa autoridad que vela en él por las leyes no es algo producido arbitrariamente por él mismo, sino inherente a su ser. Cuando pretende huir de ella, le sigue como su sombra. Puede, sin duda, aturdirse y adormecerse con placeres y distracciones, mas no puede evitar volver en sí y despertar de cuando en cuando tan pronto como percibe su terrible voz. Puede incluso, en su extrema depravación, llegar a no prestarle atención, pero lo que no puede en ningún caso es dejar de oírla.

Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Ambas cosas no debo buscarlas ni limitarme a conjeturarlas, como si estuvieran ocultas entre tinieblas o tan en lontananza que se hallaran fuera de mi horizonte; yo las veo ante mí y las relaciono inmediatamente con la consciencia de mi existir».

Creo que Kant habría ayudado a Will Kane, sin ninguna duda.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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