Mi querida señorita (1971), de Jaime de Armiñán

  29 Julio 2020

Excelente película trans que dejó a España boquiabierta

mi-querida-senorita-0Esta película es muy interesante y resultó en su momento una obra rompedora e incluso piedra de escándalo, a pesar de sortear la censura, pues por primera vez en España, y quién sabe si en otros muchos lugares, se abordaba el conflicto personal producido por la identidad de género: el cambio de rol sexual. Lo que luego vendría en denominarse cine transgénero y que hoy resulta más familiar, pero que en aquel 1971 abordaba una temática nueva, sugerente y socialmente considerada en nuestro país como algo poco edificante.

En la trama, una señora madura, mujer pudorosa y convencional desde siempre, de una ciudad de provincias, Adela Castro (López Vázquez), siente que su sexo no acompaña a lo que su identidad social le dice y su tendencia psíquica le indica. Toda su vida creyó que su soltería era el producto de su físico poco agraciado. Pero resulta que regresa de Madrid un antiguo amigo, Santiago (Antonio Ferrandis), viudo, y le pide en matrimonio. Con las mismas y sintiéndose una mujer fuera de lo común que incluso tiene que afeitarse cada día, consulta con su confesor, que no le aclara mucho.

De otro lado, Adela se siente muy atraída por su criada Isabelita (Julieta Serrano) —o tal vez es al revés— y en un punto tiene una escena de celos con ella, junto con una gran trifulca, lo que provoca que Isabelita se marche de la casa. La cuestión es que, a pesar de su confusión, pero sintiendo que algo raro hay en ella, va a consultar a un médico, que es quien le descubre que no es una mujer sino un hombre, lo cual desconocía pues la habían criado y educado como una mujer desde muy pequeña, con una severa instrucción.

A partir de entonces decide asumir su genuina identidad y comenzar una nueva vida en Madrid, a donde se marcha, dejando atrás el pueblo, con el nombre de Juan. Pero ello le va a suponer las dificultades propias del radical cambio, amén de verse obligado a buscarse el sustento con actividades que domina, las propias del género anterior, como la costura.

En esta su tercera película, Jaime de Armiñán acomete la tarea de crear una obra transgresora y adelantada a la mentalidad de la época, sobre todo la española del 1971, y cuenta la historia de esta mujer que toda la vida ha actuado como tal, pero que se siente extraña a sí misma y proclive a adquirir otra identidad sexual. 

Armiñán, con la ayuda de José Luis Borau, llevan al libreto una narración con sobria corrección e interpretada con extraordinaria convicción por un López Vázquez que en este film demostraría decidida y definitivamente su valor como actor dramático. Quiero recordar aquí que Jaime de Armiñán no sólo es un gran director de cine (Goya de Honor en 2014), sino uno de los más brillantes escritores contemporáneos, particularmente de teatro, que está en posesión del Premio Lope de Vega, el Premio Calderón de la Barca, y que fue uno de los grandes guionistas de RTVE.

Tanto Armiñán como Borau, que hasta entonces hacían un cine popular, al juntarse deciden escribir una historia arriesgada y asombrosa, cuando aún el franquismo campaba por sus fueros. El tema del film era fácilmente censurable en esa época y para evitar que aquella censura nacional-católica borrara del mapa la película, sus autores bajaron el tono e incluso, como apunta Parés, llegaron a hacer hasta cinco versiones del guion, en los cuales incluyeron grandes elipsis que son por lo común la manera de tapar las cosas que no hay que ver pero que pueden ser entendidas.

Esta era una manera sutil de tapar indicios de impudor o sordidez, aunque en realidad estas elipsis lo que consiguieron fue hacer la película más morbosa aún, pues daba pie a que funcionara la imaginación del espectador y, como es sabido, la imaginación es libre.

Además, en este guion prodigioso de Armiñán-Borau los elementos de la trama van saliendo, cada cual en su momento, de una manera muy trabajada y estudiada: guion sólido y al milímetro. Por otro lado, se llevó a cabo un tratamiento muy sensible hacia el mundo femenino, algo muy típico de Armiñán.

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Buena banda sonora de Rafael Ferro. Cabe destacar la música de Chopín que por momentos eleva la película a una dimensión muy emotiva y casi turbadora, alcanzando momentos de clímax en los que la emoción inunda al espectador, todo ello con gran delicadeza y sobriedad. Correcta la fotografía de Luis Cuadrado, amén de exteriores y buena ambientación.

También, para ambos creativos había un elemento fundamental: conseguir para la película un gran actor, un actor de relumbrón que diera el pego de que aquella era una película normal. Y es así como ficharon a José Luis López Vázquez, que se encargaría del papel principal, un papel muy difícil, muy dramático y que requiere amplios registros y cualidades como actor.

La cosa es que López Vázquez rehusó inicialmente, por temor a hacer el ridículo o a no poder dominar el personaje, según declaraciones de Jaime de Armiñán. Finalmente aceptó a condición de que entre todos formaran un equipo junto con él, para que las cosas saliesen de forma óptima, pues el riesgo era importante para un actor que ya tenía su caché.

El reparto es sobre todo José Luis López Vázquez, quien ya había incursionado en papeles dramáticos en la cinta El bosque del lobo, de 1970. Pero en esta película tiene que abordar un rol muy complejo, el de un hombre que se cree mujer y que intuye que no lo es. Y debe hacerlo de manera contenida, como son las mujeres, y actuar con un corsé, con un tipo de mirada y de gestos que han de parecer lo que no es, la manera de mover el cuerpo, las manos, todo en clave de finura, y más.

López Vázquez consigue encarnar a Adela de forma absolutamente creíble, el producto de un actor superlativo, con escenas ya icónicas como cuando vemos a López Vázquez mujer afeitándose; sin olvidar la secuencia que antecede a los títulos de crédito que, como cuenta Armiñán, el director George Cukor —autor de la mítica Historias de Filadelfia— le reconoció durante su visita a Los Ángeles que la última frase de aquel guion era la más afortunada de la historia del cine, tras la inigualable «Nadie es perfecto» de Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder. Ahí es nada.

Se trata de ese final fascinante que cierra la película cuando López Vázquez, estando en la cama con Julieta Serrano (Adela), le dice: «Algún día te contaré una cosa muy importante»; y ella responde: «Qué me va a usted a contar ‘señorita’». O sea, que la joven lo sabía todo desde el principio.

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Ni que decir tiene que el otro personaje esencial del film, incluso a la altura de López Vázquez, es el que encarna Julieta Serrano que hace también un trabajo maravilloso, al fin es ella la clave de lo que va a suceder; un personaje aparentemente ingenuo que finalmente desvela que no es nada cándido. Es más, cabe la lectura de que sea ella la que siempre amó y deseó a su «señorita». Las miradas que se cruzan López Vázquez y Julieta Serrano son para nota, de excelencia, muy eróticas e insinuantes.

En el reparto hay otros actores y actrices de auténtico lujo, que le dan enjundia y calidad a la película, como Antonio Ferrandis, en el rol del viudo Santiago que pide a Adela que se case con él. Maravillosas Lola Gaos y Chus Lampreave como la patrona de la pensión y su sobrina respectivamente, actrices que están siempre sobresalientes. Enrique Ávila como cura confesor. Mónica Randall como vecina de la pensión o el mismo José Luis Borau, que interpreta al médico que ausculta a Adela y le desvela su genuino sexo.

El año del estreno de la película, 1971, fue un año muy malo en España, cinematográficamente hablando, con la excepción de Pedro Olea y El bosque del lobo. De manera que este título apareció como una flor en medio de un erial, una película que el público acogió con turbación y una curiosidad fascinante.

El gran mérito de esta película, lo que hace que el tiempo no pase por ella, es que Jaime de Armiñán pone el foco en sus personajes. Por eso sigue resultando atrayente e incluso algo morbosa, como hace casi medio siglo. Es decir, que la película sigue funcionando bien. Esa secreta atracción entre la señorita y su criada es muy sutil para el espectador, que tiene que echar mano de su libre-pensar y su fantasía, y entrever lo que realmente apenas aparece sugerido en pantalla.

Película, en fin, que podríamos calificar del primerísimo género trans, que cuenta cómo el personaje finalmente descubre su verdadera identidad sexual, pero que habla igualmente de la represión del momento en España, una represión emocional, educacional y sexual; o sea, a todo nivel. De ahí que más de uno se quedara boquiabierto con esta obra.

Premios: En 1972 fue nominada al Oscar a la Mejor película de habla no inglesa, en un año en que el Oscar fue concedido a Luis Buñuel; de manera que el equipo de la película, que ya parecía saber que no tenían nada que hacer frente al genio de Calanda y su obra El discreto encanto de la burguesía, se tomaron el viaje a Hollywood en plan turismo, lo que no le resta mérito en absoluto a este film; lo que pasa es que enfrente tenían a todo un icono del cine contemporáneo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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