El padre (The father, 2020), de Florian Zeller

  17 Septiembre 2021

Alzheimer en realidad virtual

the-father-0Pocas veces el cine consigue calzarte los zapatos de otro sin empatizar o utilizar artilugios extraños como gafas 3D. Esto lo logra Zeller de una forma magistral, con un guion demente en sí mismo que a veces nos hace dudar de la realidad, como Luca de Tena en sus renglones torcidos.

Lo consigue sin ñoñeces, despersonalizando lo humano con personajes casi fantasmagóricos, como cuidadoras cambiantes o yernos pasados, presentes o futuros que no logran clarificarse ni con pastillita azul. Al mismo tiempo personaliza los objetos, convirtiendo relojes, cuadros y simples trozos de pollo en elementos de una enorme importancia narrativa, como anclajes a una realidad que se escapa… como Rosebud en Ciudadano Kane.

El espacio aturde y angustia, con falsos y oníricos flashbacks, creando una sensación laberíntica en un espacio recurrente y cambiante, cuya vía de escape es una ventana que apunta a la realidad de una esquina redondeada o un patio de vecinos. Ventanas elegidas o adjudicadas: Anne atraviesa con su mirada la de la cocina, una ventana indiscreta, desde donde una pareja abrazándose coloca en su cara un gesto que nos habla de nostalgia, de fracaso, de frustración y de deseos ocultos difíciles de satisfacer.

La de Anthony, por el contrario, convierte su rostro en una sonrisa, gente anónima, como un niño jugando, donde no es necesario reconocer personas, tiempos ni espacios, escenarios que solo le provocan placidez, la placidez de la no necesidad de recuerdos. La existencia de una última ventana tabú desconcierta, habla de un jardín cuyo verde rompe lo impersonal de la habitación del centro residencial, a la que Anthony no se asoma, quizá para no tener que darse una explicación a ese espacio exterior.

El tiempo indeterminado se fija recurrentemente en las ocho, como la hora bruja que desencadena todo y nos hace sentir una especie de jetlag cinematográfico con descompensaciones temporales en un dejà vu continuo, con pequeñas variaciones en cada nueva escena que recuerdan al Goldberg de Bach.

Las escenas atemporales e intimistas de padre-hija, en espacios con juegos de sombras y primeros planos de una fuerza desgarradora, teniendo de testigo en un segundo plano una foto que vislumbra una vida pasada, donde dos jóvenes escoltan a su padre en un retrato familiar con una imagen que no sale a foco, como la metáfora de una memoria perdida.

La música de Ludovico Einaudi nos acompaña levemente, siempre en el exterior, como guía de Anne en su prisa, su angustia, su frustración… y entrando a la casa a través de esos cascos que Anthony utiliza como refugio, aislándole de un mundo que le confunde y le hace sufrir. Esa música que nos transporta de la realidad a la irrealidad en ese paso al interior de la casa a través de Anthony.

Anne, con todos sus registros, aparece ante nosotros mostrándonos ese sufrimiento, casi administrativo, de la cuidadora única sometida a la tiranía de la demencia y la obligación; y que ilumina su mirada cuando recibe unas migajas de cariño en el instante que Anthony alaba su peinado, o se le escapan unas breves palabras tiernas, derramando las lágrimas absolutamente necesarias en momentos de soledad, en un trabajo interpretativo excepcional de Olivia Colman que nos haría plantearnos un cambio de título a «The daughter», si no fuera por el monstruo con el que comparte historia.

Hopkins envuelve a Anthony de elegancia e inteligencia, incluso cuando decide convertirse en bailarín de trap o se muestra desvalido en pijama.  Atraviesa la pantalla cuando su rostro de dolor en un grito ahogado nos habla de soledad, de incomprensión y de perdida escalonada; haciendo evolucionar al personaje, en unas fases casi de Vademécum, desde la soberbia hasta la desvalidez, con pinceladas de final fatal. Hopkins lo vuelve a hacer y convierte a Anthony en un personaje tan atractivo cono Hannibal, una figura con una personalidad tan inquietante que me hace desear atravesar la pantalla y sentarme frente a él a saborear un whiskito.

Gracias Zeller por este tour inmersivo que demuestra que el cine a veces no es como regar plantas de plástico... Santé!

Escribe Marisa Toledano García  

  

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