No es un (estúpido) remake, es una (bendita) adaptación (3): territorio Coen

  03 Abril 2011

Lo específico de la película de los hermanos Coen 

valor_de_ley-05La adaptación de Valor de ley de los hermanos Coen se adentra en una serie de temas, algunos de los cuales aparecen pero de pasada en el filme de Hathaway, que sirven para centrar más la historia en un periodo de cambio: aquél en el que la ley de las armas da paso a las leyes escritas.

En virtud de ello los pistoleros, los cazadores de forajidos irán, como los indios, siendo recluidos a una especie de reserva para diversión de los nuevos habitantes. Un país expansivo que quiere olvidar una historia exclusiva de un corto periodo de tiempo. Al tiempo que (inútilmente) intenta cicatrizar las heridas que lo han dividido en dos concepciones distintas de vida y pensamiento. No muy distinto a lo que ocurre en otros países de larga Historia.

El Sur y el Norte enfrentados, el dandy y el vaquero rudo que se ve arrinconado, sin lugar donde vivir, los forajidos que más que malvados parecen vagabundos son prototipos de un cine genérico. Los espacios distintos se enfrentan —o quizás reflejan— pensamientos distintos, diferentes formas de asentarse en la vida. Sol allá, frío acá. Riqueza y pobreza. Los abogados imponiendo la legalidad no siempre desde la razón o la justicia. Los abogados también aparecen en la película de Hathaway, pero se expanden mucho más en la de de los hermanos Coen. No en cuanto personas sino en cuanto acá y allá se habla de ellos, de su fuerza.

El filme habla de un país donde el dinero lo es todo. Tanto para comprar como para vender. Por dinero se mueve cualquier personaje. Todos hablan a Mattie de un dinero que se le exige o que ella ofrece. Todos los personajes se mueven por ello: el dueño de la funeraria, el negociante, la dueña de la pensión, el ranger, Rooster.

La joven niña que llega a la ciudad ha sido adiestrada para negociar, pero no para vivir. Cuando aún no se tiene debe dormir en la funeraria junto a cadáveres. Uno de ellos el de su padre. Una manera también de velarle, estar cerca de él antes de darle el adiós definitivo y partir para vengarle, aunque se opte por no dar un último beso al ser querido y muerto porque su “espíritu es libre y vuela”. Un velatorio —indirecto— para otros cadáveres: los de tres forajidos ahorcados. La muerte como centro y sentido del filme de los Coen.

Mattie, vía los Coen, mira, observa, en contraposición a la mirada neutra del filme de Hathaway. Por eso se fija en las espuelas que luce LaBoeuf cuando le ve por primera vez (1). Una mirada que se transforma a lo largo del filme, pasando de ingenua —desde su aparente superioridad— a experimentada en una dureza áspera. Sus ojos llenos de vida se apagan, se vuelven vidriosos como los de un muerto. El tiempo ha podido con ella. La ha convertido, en su paso hacia la mayoría de edad, en un ser sin vida, siempre enjuto, dolorido, rumiando sus culpas.

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Todo el proceso ocurre entre dos muertes, entre dos cadáveres que se recogen para trasladarlos, casi juntos, a una tumba. Son el del padre asesinado y el de aquel hombre sustituto del padre (Rooster) con el que emprendió un largo camino por la senda de la vida. No resultó tan fácil como ella creía. Dos cadáveres que encierran su vida como inicio y despedida hacia la soledad, también hacia la muerte. El tiempo incapaz de ser abarcado, dominado.

Al inicio, Mattie niña mira por la ventanilla de un vagón del tren que la lleva a la ciudad donde su padre fue asesinado. Veinticinco años después, Mattie, mujer avejentada, amputada, seca, vestida para siempre de negro, encerrada en sí mima, llega a otra estación, de la misma ciudad o de otra cercana, para recibir —aunque no lo sabe aún— otro cadáver. El gesto, la posición suya y de la cámara, la mira tras la ventanilla es la misma. Sin embargo un mundo separa un instante del otro. El oeste, cuyo envejecimiento (personal y del entorno) ha andado Mattie en el itinerario para cumplir una misión, se ha convertido en la nada, representada tanto por ella misma como por un circo donde se representa el oeste para deleite y/o hazmerreír de muchos.

Mattie envejecida, con su vida rota, tan estirada como LeBoeuf, marcha en el plano final hacia un mañana vacío. Le queda el recuerdo de un padre cristiano y ¿masón?, de un marshall (2) encerrado en su borrachera para olvidar su abandono, su soledad, de un engreído ranger que se cree superior a todos y en todo. Personas, fantasmas del pasado, que reencuentra en el caminar del hoy hacia ninguna parte.  

La mirada de los Coen es más abierta, más dura que la de Hathaway. Quizá sea algo más que un chiste el hecho por el cual Jeff Bridges tenga sano el ojo izquierdo (3).

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Tiempos de cambios los que presenta el filme. Y en esos cambios se encuentra el paso de Mattie de la inocencia y la esperanza a la culpa y la desesperanza. El camino recorrido la ha hecho dura, incapaz de amar y de ser amada arropada, quizá, por unas creencias que tratan de sostenerla en la miseria en la que se ha convertido su vida. De poco sirve el himno evangélico que suena al final del filme, ni siquiera como consuelo (4): clara e irónica reflexión.

En los Coen se mezcla el regusto de lo clásico con la evolución del género. La llegada del tren al pueblo trae ecos lejanos de Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone. No es el único momento en el que el filme parece señalar al director italiano, que sin duda hubiera disfrutado en la secuencia de los disparos a las tortas de maíz como forma de mostrar una gran puntería.

En la película de los Coen se opta por lo efectivo, lo esencial, mientras que Hathaway se pierde en innecesarias explicaciones. Recuérdese cómo los Coen muestran la preparación de Mattie para iniciar el camino o cómo no se preocupa de personajes que no tendrán importancia en el desarrollo. Hathaway, por ejemplo, cede planos al juez (como si fuera un elemento esencial, cuando no pinta nada en el filme) que va a juzgar a los forajidos que luego serán ahorcados, o al chino (y al gato) en cuya tienda duerme Rooster en un camastro. Siguiendo con este orden de cosas es también innecesario presentar la cabaña donde habita un militar del Norte (¿médico?), quizá para explicar la curación (casi milagrosa) de Mattie.

En el filme de Hathaway se explica también cómo el marshall y el ranger se ponen de acuerdo antes de salir a buscar al asesino o cómo el marshall admite prácticamente desde el principio a Mattie. 

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Prólogo y epílogo

El prólogo y el epílogo —tomados prácticamente al pie de la letra de la novela por los Coen— son esenciales: dan sentido y significado a lo narrado. Un prólogo y un epílogo que se centran en la misma idea, la de la muerte.

El final es, además, el cierre inexorable de una vida rota o, mejor dicho, el conocimiento, después de un largo viaje, de la realidad de un mundo. Mattie ha envejecido en el viaje donde debía saldar una cuenta pendiente: vengar la muerte del padre. Es fácil plantearlo desde el supuesto de que la hace la paga o desde ojo por ojo. Dato señalado también por la creyente Mattie, quien (incluso desde su narración en primera persona) pone la Biblia como fundamento y la protección divina como acompañamiento.

La cita bíblica inicial (“Los malvados huyen cuando nadie les persigue”) encuentra su refrendo (¿irónico) en el ya señalado canto evangélico final, que si por un lado demuestra la ineficacia de una protección, por otra procede al asentamiento de la niña, ahora mujer, en un mundo cerrado, oscuro, sin vida. Mattie perdió su vida, su existencia, en el viaje. Con todo lo que ello implica (5).

El contacto con un mundo cruel, desconocido por ella, la ha llevado a su propia negación. Salva la vida a costa de perder su brazo. Su vida, su existencia se queda por el camino. Ha crecido, envejeciendo, defendiéndose, optando por la soledad al ser incapaz de aceptar el mundo que le espera. El tiempo no cura sus heridas, las hace más evidentes. Mattie dura, seca, dolorida, no vive sino para morir.

Semejante al mundo del oeste que hace tiempo dejo de existir para Rooster, que terminará por enrolarse en un tópico espectáculo circense. El tiempo se escapa de nosotros, dice Mattie, mientras se pierde, en el momento final, para fundirse con la nada. Al igual que ocurría, al comienzo, con el asesino de su padre. Ambos momentos se desarrollan en la noche plena o en su llegada, mientras la nieve (helando todo, como sus propios corazones) comienza a caer como un punto de inflexión en la narración.

La joven niña al final no ha vencido. Ha sido vencida por los acontecimientos y por el tiempo. Ha ido creciendo de forma dolorosa, carcomida por la necesidad de saldar cuentas y sin saber que ese trayecto supondrá también su perdición. El último acto de esa perdida consiste en matar. Aunque a quien mate sea al malvado que perseguía. La cabalgada posterior hacia la salvación, en una escena que recuerda a la huida de los pequeños por el río en La noche del cazador, es un trayecto hacia una vida sin futuro remarcado por el paisaje, la noche y, siempre, la nieve.

Dos féretros, dos tumbas. Una joven niña sin padre, sin nadie en quien confiar, con quien compartir la existencia. Como un único árbol seco, Mattie se funde o forma parte de la desnudez del paisaje dominado tan sólo por una tumba. Nada existe, nada es. Excelente e impresionante plano final acorde con el buen plano de apertura.

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El camino

Todo el filme —a diferencia del de Hathaway— se reviste con los ropajes de un iniciático cuento infantil donde no faltan ni paisajes espectrales ni personajes y animales pavorosos. Los personajes caminan por una especie de bosque encantado donde ogros, brujos y seres endemoniados pueden aparecer a la vuelta del camino. Incluso, con su adorno crepuscular, de gran penumbra, todo el filme está recorrido por esa crueldad propia del relato que se puede contar a los niños para atemorizarles. O de los relatos contados a la luz del fuego en una noche tormentosa. Cuentos que también sirven para apaciguar situaciones como aquélla en la que Mattie empieza a relatar una historia como forma de frenar uno de los varios enfrentamientos que sostienen el vencido marshall, habitante de un mundo que desaparece y el chulesco ranger, representación de otro mundo, quizás del emergente.

En el viaje los tres protagonistas se encuentran (ninguno de estos encuentros aparecen en el luminoso filme de Hathaway) con un ahorcado imposible al que un ave devora uno de sus ojos, un indio que trafica con cadáveres y hasta con una especie de ogro representado por un medico-oso que cura, despoja cadáveres y arranca dientes… Personajes extraños que aparecen en un bosque desolado donde cualquier cosa es posible. Estupendo decorado de la imaginación desatada de una mente infantil que se asoma a la crueldad de un mundo que le exige estar a su altura. No es extraño que los Coen hablen de una Alicia que cae en un país tan ignorado como desconocido.

Todo ello está visto como pase de dos mundos, el que desaparece y el que nace dentro de la mitología del western, siempre visto desde la fidelidad a unas reglas y a una planificación. Si no fuera así no hablaríamos de los Coen, de su (cruel) sentido del humor y de una violencia que en algún momento se insinúa en los límites de lo grotesco. Como los personajes (6) y las situaciones.

No existe luz al final del camino. Ni redención. Tan sólo muerte y oscuridad. Total silencio propio de un paisaje nevado.

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La adaptación de Valor de ley de los Coen, a pesar de sus diez nominaciones, no se ha llevado ni un solo Oscar. Lo injusto, ya de entrada, es que su excelente fotografía (en un tono no de postal sino acorde con lo narrado) no hubiera sido nominada. En la ceremonia ni siquiera la joven protagonista, excelente, ha sido premiada. Los galardones, casi todos, han ido para la más asequible, más facilota y más digerible El discurso del rey. Nadie duda que Colin Firth sea un buen actor, pero es discutible que su trabajo sea mejor que el de Jeff Bridges en Valor de ley.

Las últimas películas realizadas por los hermanos Coen suelen funcionar con una sincronía total. Se debe, sin duda, a que han logrado crear un equipo que trabaja conjuntamente película tras película.

Pocas adaptaciones de novelas son tal fieles al original y al mismo tiempo tan personales y cinematográficas como este filme. Al igual que hace unos años lo fue No es país para viejos.

Los Coen son los Coen. Su cine es personal, distinto y sorprendente. Incapaz de predecir lo que hoy es en sus primeras obras. Han madurado con los años para bien, de eso no cabe duda, y tienen muchas cosas que decir. Aunque en definitiva todas ellas se fijen en la realidad de una América todo furia, todo violencia, donde la única ley, desde sus cánticos celestiales, es la que impone el dinero.

Un filme admirable que hay que verlo y analizarlo plano a plano para comprender su grandeza. Y también contemplarlo, sin duda, en una pantalla de cine. Vista en una televisión, por muchas pulgadas que tenga, no es lo mismo. Como tampoco lo es verlo en versión doblada. Por excelente que sea.

Escribe Adolfo Bellido López

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NOTAS

(1) El primer plano del ranger se corresponde con la mirada de Mattie en la película de los Coen, mientras que en la versión de Hathaway la alusión a tales espuelas se debe a la dueña de la pensión que pide al tejano que se las quite para no dañar el piso

(2) Rooster no sólo es abandonado por dos mujeres, también es privado del hijo que tuvo con una de ellas. Aparte de haber perdido una guerra, ser tomado como asesino y salteador, sufrirá como Mattie una perdida física. Ella un brazo, él un ojo.

(3) La interpretación de Jeff Bridges es sensacional. Muy superior a la de John Wayne en el mismo papel en el filme de Hathaway. No es solamente en sus gestos y en su forma de actuar. Lo es también en su forma de hablar, de expresarse. De ahí que resulte imprescindible ver este filme en versión original. Como dato curioso, referente a la perdida de ojo, hay que indicar que John Wayne el ojo que tenía sano era el derecho.

(4) El himno evangélico es el mismo que cantaban Robert Mitchum y Lilian Gish en La noche del cazador para atraer a los niños y más o menos dice: “Qué comunidad, qué alegría de vivir. Apoyado en los brazos eternos. Qué bendición, qué paz. Seguros ya, a salvo de amenazas. Apoyándonos en los brazos eternos”… Como se puede comprobar en ese final no hay ni alegría de vivir, ni paz (ya sea externa o interna).  

(5) Un compañero me indicaba que los Coen, como judíos —al menos de nacimiento aunque no sean practicantes— se instalan en los planteamientos vengativos del Antiguo Testamento.

(6) Algún personaje curioso, como el del forajido que habla con sonidos de animales (cacarea, ruge), está ya en el filme de Hathaway.

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