Mi hija Hildegart (1977), de Fernando Fernán-Gómez

  06 Septiembre 2021

La historia verídica de Hildegart Rodríguez

mi-hija-hildegart-0Mi madre era una mujer a la que le gustaba mucho el cine, también la novela y la poesía, y mucho la pintura. Curiosamente, sentía igualmente inclinación por acontecimientos nunca bien aclarados o misteriosos, y otros singulares. Recuerdo algunos del pasado, como el famoso crimen de los Galindo en 1975; o el asesinato de los marqueses de Urquijo en 1980; y el tema OVNI; las caras de Bélmez de la Moraleda (Jaén) en 1971, etc. Es decir, mi madre sentía mucho interés por los misterios humanos o paranormales, que le intrigaban mucho.

Pues bien, un acontecimiento del que hablaba en ocasiones pues parecía recordarlo con lucidez y de primera mano y lo explicaba con meridiana claridad, era el crimen de la joven Hildegart Rodríguez a manos de su madre, por no responder esta a sus expectativas. Y esa historia, a mí también me produjo curiosidad y me interesó desde siempre conocerla.

Este episodio fue llevado al cine en plena transición, en 1977, con el título Mi hija Hildegart, obra dirigida por Fernando Fernán-Gómez, al parecer igualmente atraído por tan curiosa y truculenta historia.

Hildegart Rodríguez es un personaje histórico de la Segunda República española. En su corta vida estudió tres carreras universitarias, escribió 15 libros —algunos sobre la revolución sexual— y docenas de artículos periodísticos y de divulgación. Era una muchacha de militancia obrera, socialista y feminista.

Tenía una tiránica, posesiva e incluso humillante madre, la famosa Aurora Rodríguez, que vigilaba celosamente que su hija («escultura de carne», como se refería a ella) no se desviara un ápice del proyecto que había diseñado a modo de ingeniería maternofilial para ella.

Hildegart fue concebida por un sacerdote a cambio de que nunca reclamara derechos de paternidad, y luego su madre proyectó una especie de experimento que quiso llevar hasta el final: hacer de Hildegart una mujer brillante intelectualmente (el nombre Hildegart, en alemán significa «jardín de sabiduría»), independiente de los hombres, amén de con ideas políticas de izquierda. Así, cuando Hildegart intenta emanciparse y decide «destruir esta obra», su madre decide tomar medidas rotundas. Durante mucho tiempo los datos relativos a Hildegart y su madre fueron imprecisos, pues Aurora, la madre, se encargó de sembrar la duda sobre sus vidas.

Esta historia acaecida en 1933 cayó en el olvido tras la guerra y durante la dictadura franquista. En 1973, el escritor y periodista Eduardo de Guzmán publicó su obra Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart, donde recuperaba la memoria de la joven.

Eduardo de Guzmán sabía de los hechos en primera persona, pues había conocido y tratado a madre e hija, y además había cubierto los acontecimientos en ese año de 1933 cuando era redactor jefe del diario La Tierra. En su obra, Guzmán nos desvela un entramado metafórico sobre las relaciones de dominación, de autoridad y poder, y la persistente lucha de ambas mujeres por ser libres.

Documental sobre Hildegart

  

Es sabido también que Aurora Rodríguez fue testigo desde su más tierna infancia de violentas desavenencias matrimoniales y la ignominiosa esclavitud de las mujeres a los hombres. Fue esta experiencia la que llevó a Aurora pergeñar un plan loco con todo lujo de detalles: daría a luz a una mujer que guiaría a España a un nuevo orden social, una hija a la que educaría en aras a luchar por la liberación femenina y el socialismo.

Una vez embarazada siguió adelante con el plan, o sea, su premeditado propósito de esculpir a una mujer que completara sus deficiencias y frustraciones, y compensara cuanto ella no pudo ser. La niña Hildegart concluyó siendo como su madre había imaginado. Gran luchadora y trabajadora incansable. Dirigida por su madre, en una España analfabeta, estudió idiomas y era diplomada en inglés, francés y alemán; se licenció en Filosofía y Letras, así como en Derecho, y cuando murió estaba estudiando Medicina. Escritora, ensayista y socialista, partido en el que ingresó siendo casi una niña, a los 16 años. A los 18 era ya muy popular en los círculos intelectuales y revolucionarios.

El juez Pérez Mariño, recordando los hechos afirmó que: «Aurora tenía miedo de que su hija se escapase de su control y desarrolló comportamientos paranoicos, llegando a creer que una conspiración internacional quería secuestrar a Hildegart. En tal tesitura pensó que era mejor destruir su obra, su hija, antes de perderla o que esta se apartase de ella».

Efectivamente, el plan de Aurora no salió como tenía previsto. Conforme Hildegart se hacía mayor, demandaba más independencia y además y sobre todo cometió el enorme pecado de enamorarse. Entonces, Hildegart deseó experimentar la intimidad sexual sobre la que ella misma había escrito, siempre de manera teórica. O sea, sucedió la cosa al modo del Prometeo moderno que fue el monstruo creado por el Dr. Victor Frankenstein de Mary Shelley (1818), igualmente con funestas consecuencias para su creador.

Aurora no pudo tolerar este desliz de peso y una mañana estival, temprano, en la cabecera de la cama de Hildegart, le disparó por cuatro veces; tiros mortales. El crimen se produjo el 9 de junio de 1933. La joven contaba 18 años.

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Tras haber asesinado a su hija Hildegart, Aurora Rodríguez se entregó a la justicia. En el filme, en la cárcel, rememora las circunstancias que la movieron a cometer un crimen tan atroz.

En 1987, el conocido psiquiatra y ensayista asturiano Guillermo Rendueles, descubre en el psiquiátrico de Ciempozuelos el manuscrito que reconstruye la historia clínica de Aurora Rodríguez. Por él se sabe que Aurora vivió encerrada, olvidada por todos veinte años más, ya que se la dio como desaparecida al estallar la guerra en 1936.

Hago este largo preámbulo pues esta película dirigida de forma muy profesional por Fernando Fernán Gómez y escrita por Rafael Azcona y el propio Fernán Gómez, trata tan asombroso episodio. La obra está basada en estos documentos, sobre todo en la obra de Eduardo de Guzmán. La dirección de la película por parte de Fernán Gómez la califico de técnica y profesional, con un resultado de medianía en lo que a punto narrativo se refiere.

La película, que habría podido ser un fascinante proyecto e incluso una obra maestra de nuestro cine patrio, quedó en una obra excesivamente sobria. Goza empero de un guion bastante bueno que narra con verosimilitud tan peregrino relato y acontecimientos. Tiene una meritoria música del afamado cantautor Luis Eduardo Aute. Buena fotografía de Cecilio Paniagua y pasable ambientación y puesta en escena.

Uno de los platos fuertes de esta película está en el reparto, brillando con luz propia Amparo Soler Leal en el papel de Aurora, rol que interpreta de manera brillante, dramática y muy convincente, madre racionalista que deviene irracional y loca. Y acompañan muy bien Carmen Roldán, un joven Manuel Galiana, Carles Velat, Pedro Díez del Corral, José María Monpín y Guillermo Marín.

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El tono del filme es de tipo documental, con una impronta teatral en su confección. Sin embargo, la propia historia, ya de por sí interesante, unida a una Amparo Soler Leal que extrae hasta la última gota de profundidad a su personaje, hace que la película, a la que se le notan los años (la vi de nuevo no hace mucho), pueda ser vista como una obra de gran interés, sobre todo para los más jóvenes.

Y es que se cuenta la historia de una joven intelectual que parece mentira que emergiera en aquellos principios de siglo, pionera en sexología, ilustrada, que se relacionaba con los intelectuales y científicos de su tiempo, tanto en España, como epistolarmente con en el resto de Europa; llegó a cartearse con el mismísimo Sigmund Freud. Eso lo pone en evidencia esta película, así como las razones de este fenómeno, en una madre poderosa, que en parte logra su maquiavélico objetivo.

Pero luego está ese otro punto oscuro que toca más a lo psicológico. Este caso es un equivalente al mito de Pigmalión, como un escultor enamorado de una estatua que había hecho él mismo. En la Metamorfosis, de Ovidio, el mito se relata así: «Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del Sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos».

Aurora proyecta su plan pigmaliónico, pero le sale mal. La vida en muchas ocasiones no concuerda con la Mitología ni con los planes humanos, por bien trazados que parezcan. Aurora Rodríguez Carballeira siempre vio a su hija como «su obra». La concibió como el «mesías» que salvaría a la humanidad de todos sus pecados y, sobre todo, a las mujeres, sometidas por el yugo de los hombres y una educación represiva.

Un delirio, una manera enferma de tragarse a la hija, de devorarla, de atarla, de no permitir su libertad y su albedrío. Ese es el interés de este filme, sobre todo por cuanto responde a una historia verídica, algo que ocurrió, un demente plan maternal y educativo con final dramático y funesto.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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