Acordes y desacuerdos (Sweet and lowdown, 1999), de Woody Allen

  20 Junio 2021

Magnífica y entrañable tragicomedia con el jazz presente

acordes-y-desacuerdos-0Era un verano agradable y las avenidas de La Plata (Argentina) estaban desbordantes de las flores de los jacarandás que embellecían las aceras a cada tanto en espacios regulares. En este ambiente tan hermoso me fui a ver al Cinema City esta película que resultó ser un hallazgo importante, una gran comedia, un prodigio, una cinta entrañable en la que Woody Allen se emplea con todo su saber hacer y consigue un trabajo magistral con excelente música de jazz omnipresente en todo el metraje.

Estamos en la Norteamérica de la depresión, año 1930, época de penuria y escasez. La historia habla del virtuoso (y ficticio) guitarrista de jazz Emmet Ray (Sean Penn), un joven con gran talento, sujeto egocéntrico, vanidoso, mujeriego e incluso inculto.

Desde el comienzo nos damos cuenta de que detrás de su altanera locuacidad se esconden un buen puñado de temores y complejos. Su conversación es monotemática y gira en torno a su condición de segundón en el mundo del jazz. De hecho, vive con la obsesión de un genio mayor que él que es el legendario guitarrista belga y gitano Django Reinhardt, al cual admira, venera y ante el cual se siente un cero a la izquierda.

Emmet mantiene un romance silencioso pero intenso con la bonita Hattie (Samantha Morton), una chica muda con algún retraso mental a quien le encantan los helados; es atenta, cariñosa, desinteresada y, lo que es más importante, está enamorada de Emmet y de su música.

Aunque Emmet es un músico exquisito, al acabar sus conciertos se convierte en un hombre bebedor y pendenciero, lo cual le acarrea muchos problemas. Todas estas fallas y excesos propios de aquella gente del espectáculo, unido a las deudas que siempre tiene nuestro guitarrista, hacen que Hattie se sienta desdichada, lo cual genera cierta culpa en Emmet.

Esta cinta es un gran homenaje de Allen a su música, la que él toca cada semana con su clarinete: ¡el jazz! Gran obra rodada al ritmo de la música, un prodigio de luz, amor y un tono cordial que lo impregna todo.

Es igualmente una obra sensitiva, dulce pero no empalagosa, brusca a veces, pero sin herir al espectador, y latente en cada escenario la figura de aquel genio de principios del pasado siglo que fue el gitano «sinti» Django Reinhardt, el simpar guitarrista que tocaba con sólo dos dedos en el mástil el peculiar gypsy jazz, un auténtico y verídico mito de la guitarra.

Estamos ante una comedia bajo la cual se oculta una ácida reflexión sobre el artista y su labor creativa. Tema recurrente en Allen, ya sea un músico de jazz, un director de cine o un pintor. En este tipo de cintas de Allen que son formalmente comedias, acaban por aparecer repuntes tragicómicos, lo cual se puede entender de forma precisa al finalizar la cinta, algo que obviamente no revelamos. Viendo ese final nostálgico, penoso y melancólico, resulta difícil calificar esta película como una comedia.

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Grandes interpretaciones de un Sean Penn sembrado y un trabajo palpitante y pleno sobre un personaje singular y extravagante, trabajo que le valdría la nominación al Oscar. Igual la bonita y simpática mudita encarnada con enorme candidez, expresivos gestos y mirada sugerente por una maravillosa Samantha Morton, otro Oscar para ella; sin olvidar a la sensual Uma Thurman y el gran Anthony LaPaglia (estupenda la escena de ambos en el coche con Penn atrás).

Comedia grande y luminosa de Allen, película maravillosa y llena de alegres notas musicales de corazón, filmada a ritmo de jazz en su más pura esencia. Dick Hyman, pianista clásico, aporta estilo al temposweet and lowdown de la película. El guitarrista que dobla a Penn es el magnífico y talentoso Bucky Pizarelli.

Allen incluye con gusto y acierto canciones que son títulos originales interpretados por Django Reinhardt. Del manouche son los temas Avalon o When Day is Done. Los demás están interpretados por la banda de Hyman, aunque también suenan contemporáneos de Reinhardt, como Bix Beiderbecke, Sidney Bechet o Red Nichols, en una muestra de añoranza y amor por el jazz clásico, pues como es sabido, Woody dice no entender el jazz moderno.

Un hermoso homenaje de Allen al jazz, que acierta a mantener la calidez y la calidad de su cine, con un guion escrito con amor hacia el arte que más conmueve y divierte al cineasta norteamericano. «Un prodigio filmado a ritmo de jazz. (...) Un choque de genios. Otro salto de Allen a la cumbre luminosa y amarga de la gran comedia» (Fernández Santos).

En fin, una obra digna de verse más de una vez: maravillosa, insinuante como una confidencia, suave como una brisa teñida de notas musicales.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

 

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