Guerreros (Guerreros, 2002), de Daniel Calparsoro

  30 Noviembre 2020

Dramático relato sobre las mal llamadas misiones humanitarias

guerreros-0En 1999, tras un bombardeo de la OTAN, las fuerzas de la KFOR desempeñan tareas humanitarias y procuran mantener la neutralidad entre los albano-kosovares y los serbios. En este contexto, un pelotón de ingenieros del Ejército Español se ve envuelto en la violencia desencadenada por ambos bandos.

Guerreros es una buena película que en toda su crudeza relata este tipo de acciones militares mal llamadas «misiones de paz», en las que acecha un enemigo que en realidad no lo es, sobre todo para soldados y tropa tan ajena a estos lances como la española.

Buena dirección de Daniel Calparsoro, con un excelente guion bien organizado y con tensión narrativa del propio Calparsoro, junto a Juan Cavestany, vertebra la cinta con alguna irregularidad (perdonable). Está bien la música de Najwajean, pero solo a medias, pues en ocasiones no acompaña bien. Aceptable la lóbrega fotografía de Josep M. Civit, acorde al relato. Buena puesta en escena, buena ambientación y efectos especiales.

En cuanto al reparto, excelentes interpretaciones de Eloy Azorín, Eduardo Noriega (con la mirada perdida mientras los soldados a los que debe guiar son consumidos por el miedo y la confusión), Ruben Ochandiano, Carla Pérez, Jordi Vilchez, Roger Casamaior, Iñaki Font, Sandra Wahlbeck y Olivier Sitruk. Todos y todas bien, alguno mejorable.

Es una película con gran tensión bélica, donde se palpa el horror de los conflictos armados, con soldados españoles que nada tenían que ver con los acontecimientos, en una supuesta «misión de paz» que luego fue de guerra, una guerra para la que no estaban preparados esos jóvenes.

Film que mantiene el nivel de adrenalina y de horror en lo más alto. Película de un líder que no está a la altura para serlo, soldados que son solo son muchachos con uniforme perdidos en un inesperado territorio enemigo, un lugar donde la confusión centuplica el miedo; una tierra bella que la guerra ha convertido en un infierno.

Y en un punto, los soldados españoles pasan de ser fuerzas internacionales pacificadoras, a ser simples supervivientes que se ven obligados a matar para preservar sus vidas.

Daniel Calparsoro describió una vez esta película con gran acierto así: «Quería contar una historia de niños que van al infierno, un viaje al horror en clave de acción. Por aquel entonces pasaba la guerra de Kosovo. Pensé, ¿y si cojo a los de Al salir de clase y los llevo a la guerra?». Pues bien, lo consigue plenamente.

Tomó a un grupo de actores españoles, los vistió de militares del ejército español y retrató el choque entre la propaganda blando-militarista (el ejército como ONG) y la realidad bélica (el puro espanto del fuego y la furia). Para ello se desplazó a los nuevos estados surgidos de la antigua Yugoslavia y no ahorró esfuerzos en retratar el desatinado papel que el ejército español jugó allí.

Película que tiene efectos especiales sin parecerlo, que hiere, pero no permite el llanto. Las personas que salen en pantalla, no personajes, sufren anticipadamente antes de que el dolor haga su puesta en escena; y cuando llega lo grueso del espanto, sobreviven como pueden.

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No es ficción, es la guerra en estado puro, con todos sus defectos y limitaciones: el punto final y fatal. Esta película es la guerra cruda de un cenagal sin héroes, imágenes muy impactantes, fuertes, duras y directas, con personajes muy humanos que, lejos de la heroicidad, transmiten incertidumbre, miedo, duda y angustia.

El pelotón español, rodeado de pronto por una muchedumbre de ciudadanos, que son los mismos que ellos han venido a ayudar, los mismos que les causaban piedad, los mismos que encañonan ahora con ciega ira sus ametralladoras, quizá tienen ansia de venganza, tal vez estén aterrorizados. «¿Qué diremos si nos preguntan?». «Vosotros no digáis NADA».

Calparsoro merece una felicitación, no es un director que venga a hacer tópicos o hablar de lugares comunes; es un hombre culto al que le interesa el mundo. Da caña a diestro y siniestro, por igual a serbios y a albanokosovares, y a los nuestros no los santifica, pero tampoco los humilla ni menosprecia como es costumbre entre muchos de nuestros «cultos» y “«puros» intelectuales a los que hablar de guerras les parece odioso. Pero al final, la guerra existe y el cine debe hablar de eso porque, la cosa de los Balcanes ¿quién la medio enmendó en aquel entonces?

Como dice Fernández Santos: «Un puñetazo entre ojo y ojo. [...] Calparsoro filma con guión solvente una construcción precisa, viva, [...] saca cine, buen cine». Sin embargo, a pesar de ser un ejemplo fresco e interesante de nuestro cine actual, ha sido lamentable e injustamente olvidada por distribuidores y público.

No recomendable para los que simplemente quieran pasar un buen rato. Película para quienes no queremos la guerra ni en misiones humanitarias, pero queremos entender la realidad, lo que fue aquello. Tantos soldaditos que no sabían a dónde iban porque nadie les dijo de qué iba la cosa.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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