La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1987), de Stanley Kubrick

  07 Agosto 2022

Antimilitarismo y antibelicismo: dos en uno

la-chaqueta-metalica-0Cuando he vuelto a ver La chaqueta metálica —ya la he visto tras su estreno varias veces— dudé si hacerlo o apagar e irme. Pero me quedé y analicé lo más detenidamente que pude la película. En realidad, es un filme crudo, muy crudo.

No hacía mucho había escrito sobre otra película bélica de Stanley Kubrick, Senderos de gloria, de 1957, y decía de ella que era un filme antimilitarista, sobre todo, y un icono del pacifismo universal en la cinematografía. Aquella relataba la Primera Guerra Mundial en Francia; y la verdad, es muy dramática. Si Senderos de gloria era una película ante todo antimilitar, La chaqueta metálica nos da una clara doble ración: antimilitarismo y antibelicismo.

Esta cinta aborda la intervención de los EE. UU. en Vietnam, es igualmente trágica y apocalíptica, y vuelve a ser muy crítica con los militares y la política y por supuesto con la guerra. La obra se divide en dos partes: la instrucción y la realización. La primera, retrata el durísimo entrenamiento de los reclutas. La segunda, igualmente demoledora, se ocupa de la lucha en el campo de batalla.

Pero como Kubrick es genial, en esta obra hace un estudio de seguimiento (longitudinal) de la cosa desde sus inicios en la escuela militar para Marines de Parrish Island (una escuela infernal donde se reduce la voluntad individual a su mínima expresión), centro de entrenamiento de la marina norteamericana, donde hace de pater militari el sargento Hartman, hombre implacable, cuyo único objetivo existencial es endurecer el cuerpo y el espíritu de los reclutas; y todo para que puedan defenderse y matar al enemigo.

O sea, todo un período este de la instrucción, duro, cruel, dramático y de lavado de cerebro de los pobres chicos antes de ser nombrados marines, hasta su destino en el campo de batalla indochino.

No todos los que llegan al cuartel están preparados para soportar esos métodos. Esta primera parte pone de manifiesto las peores cualidades y características de este tipo de formación que desatiende al ser humano como tal y lo aliena y enajena hasta los límites terribles que la película cuenta y que son de una dureza extrema.

Jóvenes para ser sometidos: «¡Señor, sí señor!», muchachos para el trato cruel incluso con sus propios compañeros, pobres muchachos destinados a sobrevivir en cuarteles inhumanos, jóvenes para el trato machista de las mujeres, a los que el sargento Hartman por cierto les da una nueva novia: su fusil; y a la postre y como se repite una y mil veces: «Nacidos para matar», «Born to kill”». Nacido para matar era el lema; en fin, una perla.

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Y luego está la segunda parte, la llegada a Vietnam y al frente. Allí les espera la disyuntiva de matar o morir, con altas probabilidades de morir. A no ser que se tenga suerte y entonces sólo cabe dar gracias por estar vivo «y no tener miedo», como dice el soldado apodado Bufón al final de la cinta.

Todo ello en otra cultura, otra geografía y otra lengua: gentes y costumbres que esos mozos soldados no entienden y que viven de manera deshumanizada, aprovechando la prostitución barata, matando desde los helicópteros a mujeres y niños («todo es cuestión de afinar la puntería»). Y, dado que se está en un lugar desconocido, con amarillos —como llaman a los vietnamitas—, entonces hay una fuerte componente paranoide, de recelo, de manera que cualquier cosa parece una grave amenaza.

Además, Kubrick rueda la película, no en el clásico Vietnam de la jungla, siempre presente otras pelis de lo mismo, sino en una jungla urbana, con apenas unas cuantas palmeras; el resto son edificios de cemento destruidos, por doquier. Quien ha visto la peli, sabe que la parte final es el combate de una patrulla contra un supuesto batallón enemigo que ha liquidado al compañero negro («a los negros siempre les toca la negra», dice el marine de color cuando le ordenan inspeccionar el terreno antes de ser abatido).

En esas escenas hay tiros a millón, medios de destrucción al máximo y un despliegue como para liquidar al más grande ejército. Sin embargo, el enemigo que ha abatido a tres compañeros es una pobre muchacha francotiradora a quien acaban matando con saña y de la peor manera: ¡toda una metáfora del poderío norteamericano versus los escasos medios del Vietcong y del pueblo llano que defiende su país de la invasión extranjera!

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Kubrick dirige con genial maestría esta película, elevando el grado de angustia al límite, tensionando las escenas al máximo y ofreciendo una visión con toda probabilidad veraz de la barbarie militar y de la guerra, y poniendo el énfasis en que la cuerda siempre se rompe por el lado más frágil: los pobres muchachos, limitados, negros, hispanos, etc., que son los que se alistan voluntarios a esos cuerpos de choque como los marines.

La película cuenta con un enorme guion del propio Kubrick junto a Michael Herr y Gustav Hasford, basado en la novela de Gustav Hasford The Short Timers. La banda sonora de Abigail Mead es excepcional, música ambiental de la hija de Kubrick que se complementa con un puñado de clásicos de los sesenta y setenta; y la fotografía de Douglas Milsome es genial.

El reparto es un elenco de actores sabiamente elegidos que conforman un equipo de primer orden; actores como Matthew Mondine, Vincent D’Onofrío (que realiza un papel espeluznante para el que tuvo que engordar muchísimo), R. Lee Emmey (papel destacado como sargento Hartman) o Adam Baldwin entre otros. Su resultado es un elenco que hace creíble cada escena que interpretan.

Kubrick nos adentra con gran poderío en esta historia llena de tormento y arrebato. Y ofrece una visión descorazonadora e implacable en su reflexión sobre el ser humano, haciendo una feroz defensa contra la enajenación del hombre como soldado y la sinrazón de la guerra. Un film magistral que a poco que se tenga algo de sensibilidad, despierta la conciencia del espectador.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity.

  

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