Verano del 42 (Summer of ‘42, 1971), de Robert Mulligan

  06 Julio 2022

Película que inspira nostalgia

verano-del-42-0No sé exactamente cuándo vi esta película, pero fue en mi adolescencia o tardo-adolescencia. Y tengo el recuerdo de un suave pero potente perfume para mis ojos de aquel entonces. Por razones diversas que no son del caso, esta película tuvo un calado tremendo en mi persona, me dejó una huella imborrable y, además, promovió definitivamente la afición a la poesía en mi espíritu juvenil.

En el fondo el filme tiene un regusto amargo que ahora puedo entender mejor. Pero entonces, el mundo abierto a la experiencia adolescente, y no digamos ese amor que me parecía extraordinario entre el protagonista y la bella joven para él mujer adulta, tuvo un impacto inusitado.

Luego la he vuelto a ver con otra mirada, pero su impronta sigue ejerciendo sobre mí un mágico influjo.

Y es que tal vez yo vivía alguna historia similar a lo que cuenta la historia. Se trata de Hernie, quien, en la película, ya de mayor, recuerda las vacaciones que pasó con sus amigos Oscy y Benji en una isla de Nueva Inglaterra, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En el verano de 1942, Hernie se enamoró perdidamente de una mujer atractiva mayor que él, una mujer casada con un amantísimo esposo, a la sazón soldado en la guerra, yendo y viniendo. Habría de ser la tragedia la que los uniera. La mujer queda viuda de guerra y se acerca a Hernie. Algo que para el joven era impensable.

Dirigió con gran sentido estético y una sensibilidad psicológica excepcional Robert Mulligan, director poco prolífico que dejó su imborrable huella con Matar a un ruiseñor, de 1962, y posteriormente El otro, de 1972. Estamos entonces hablando de un grande, un director que presente en la filmografía universal.

La película tiene un gran guion de Herman Raucher y una música de alto nivel, preciosa, mágica, que se graba al momento y acorde con la historia de Michel Legrand (ganadora de un Oscar), junto a una excelente y cálida fotografía de Robert Surtees.

El reparto es de jóvenes actores donde destaca la bellísima Jennifer O’Neill, junto al solvente adolescente Gary Grimes; los acompañan Jerry Houser, Oliver Conant, Lou Frizell, Shristopher Norris y Katherine Allentuck, todos actúan maravillosamente y de manera empática.

Diría que es una preciosa película, llena de encanto, con una fotografía luminosa recreando aquel verano del cuarenta y dos para tres ingenuos adolescentes, en las bravías pero arenosas costas de Nueva Inglaterra; tres jóvenes que se inician en los insondables misterios de la sexualidad; y el narrador, quien cuenta la historia ya desde su adultez, de cómo se enamoró perdidamente de una preciosa mujer encarnada en Jennifer O’Neill.

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Y es que el amor del joven es el amor de los espectadores, que se enamoran igualmente de la bonita chica. La historia tiene un punto álgido, una escena conmovedora, el momento en que ella accede a unirse al muchacho en una relación para ella teñida del dolor por la pérdida de su esposo en la guerra.

Película delicada, sentimental, nostálgica, que a mí no se me olvida. Y aunque la he vuelto a ver dos veces más, me sigue emocionando. Y es que en el cine cuenta no sólo la obra en sí sino también el momento vital en que uno ve la película.

Como dice Andreas: «Hay películas excelentes, muy buenas, buenas, regulares y malas, y luego hay películas bonitas. No se sabe muy bien qué hace que una película sea bonita sin ser necesariamente buena, pero sí pueden enumerarse algunas cosas que debe tener para al menos optar a la categoría: una fotografía dorada, una música envolvente, un tono nostálgico, una historia tierna y unos actores atractivos. Verano del 42 cumple todos los requisitos».

Coincido plenamente, encantadora cinta que se me quedó grabada para siempre y que rememora con añoranza los tiempos de adolescencia: «Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / cuando quiero llorar no lloro/ y a veces lloro sin querer» (Rubén Darío).

Película de enorme hermosura, nostalgia y melancolía, un filme para rememorar el sentimiento trágico más amable, dulce e inolvidable de nuestra existencia: el primer gran amor.

Escribe Enrique Fernández Lópiz| Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity

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