Cuerno de cabra (Kozijat rog, 1972), de Metodi Andonov

  05 Febrero 2022

La ferocidad de la naturaleza humana y la venganza

cuerno-de-cabra-0Cuerno de cabra fue de esas películas cuya fama corrió como la pólvora de boca a boca en aquel año de 1972, cuando se estrenó en la España de la dictadura. Cine de arte y ensayo en aquella España que se desperezaba y sin duda la película más recordada del cine búlgaro.

Era época de sequía de «cine bueno». Todas mis amistades se deshacían en elogios sobre el filme. Tanta era la cosa que no dudé, aprovechando un viaje a Madrid, en ir a verla. Y me impresionó, la verdad. Las primeras escenas son tremendas y la historia en general, algo nunca visto por mí. Mezcla de mitología y violencia.

La trama se desarrolla en la Bulgaria del siglo XVII, un momento en la Historia búlgara dominada por el Imperio Otomano, cuando los turcos musulmanes tenían sojuzgado el país y sumido éste en la tiniebla. Aún hoy Bulgaria se hace eco de aquella historia con animadversión meridiana hacia los turcos, según comprobé de primera mano en una visita al país hace años.

La historia cuenta que tras la marcha de Karabian, un pastor joven, a la montaña a cuidar del ganado, unos hombres turcos entran en la casa donde yacen su esposa y su pequeña hija María, violando y matando a la mujer, mientras la hija llora aterrorizada. Cuando el hombre retorna a toda prisa avisado de la tragedia, prende fuego a la casa con la esposa dentro y se lleva con él a la pequeña.

Se trata de una cinta cruda y atroz. En su día, su estreno causó revuelo en España y en otros países de habla hispana. Es el relato de un hombre que se debate entre el amor a su hija y el temor a que le ocurra alguna tropelía a manos de otros hombres. Además, Karabian, motivado por los tremendos sucesos que le han ocurrido, se convierte en un personaje cruel, que a veces trata desalmadamente a su pequeña, como cuando delante de sus ojos mata al cabrito blanco favorito de la pequeña. Y así transcurre la cinta, con un pastor cegado por el ansia de venganza, lleno de ira y de dolor.

Aislada la niña de todo contacto humano, su padre la intentará transformar en una especie de hombrecito pues, como le repite en diversas ocasiones: «Este no es un mundo para mujeres». La entrenará con gran rigor en las lides de la lucha cuerpo a cuerpo. Su padre no quiere que a su hija la violenten como a su madre, que sepa defenderse.

Pero también anhela que se vengue de los violadores y asesinos de su madre. El instrumento que empleará será un cuerno de cabra y junto al cadáver de cada hombre muerto por la mano de ambos, en el lugar quedará como testigo mudo ese cuerno de cabra, de ahí el título de la obra.

En el reparto destacan dos protagonistas: Katya Paskaleva y Anton Gorchev. La Paskaleva interpreta tanto a la madre como a la hija superviviente del drama, luego crecida y joven luchadora; Paskaleva hace un gran trabajo como actriz dotando a su personaje de toda la tristeza, angustia y rencor posibles; la ya fallecida actriz búlgara acertó a entender su papel de mujer joven marcada por el destino, la sinrazón y la locura, asumiendo dramáticamente los rasgos del personaje.

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Muy buena la actuación de Anton Gorchev en el rol del padre pastor, el rudo, exigente y resentido Karabian. Acompañan otros actores y actrices como Milen Penev, Todor Kolev, Kliment Denchev, Stefan Mavrodiyev, Nevena Andonova y Marin Yanev.

Vuelta a ver esta película con el transcurrir del tiempo, no me cabe duda de que es una película intensa, dirigida con un gran sentido del ritmo por Metodi Andonov. La película va más allá del paradigma nacionalista búlgaro, aunque subyace en su trasfondo la crítica a los desmanes turcos en el país.

Es ante todo un filme con un ritmo vertiginoso en las escenas de acción, emocionante y que mantiene la atención del espectador. Aunque en su contra hay que decir que es un tanto burda, como si le faltara profesionalidad al rodaje; en algunos pasajes puede parecer fruto de aficionados.

Pero no es así la realidad del filme en su conjunto. Andonov le confiere una férrea disciplina al espectador que asiste atónito a un rosario de crueldades y muertes en un constante subidón de adrenalina. La obra no tiene prácticamente elementos poéticos ni candorosos; y si alguno asoma, rápidamente queda sepultado por el desenlace sombrío de un flujo de acciones que apenas dan respiro para asimilar la dureza de lo que estamos presenciando.

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Aunque la fotografía de Dimo Kolarov tenga sus limitaciones y a pesar de que se trata de una historia sencilla más allá de su barbarie, el caso es que el espectador queda atrapado, atado de pies y manos, en la butaca.

También incorpora aspectos psicológicos propiamente de género (¡es una película de 1972!), merced a un curioso guion de Nikolai Haitov, amén de trepidante, de pocas palabras. La cuestión es que la protagonista, niña primero, luego mujer, es ferozmente entrenada por su padre como si de un chico se tratara; la prepara para la lucha, para matar como un hombre, y sus ropajes y sus mañas son masculinas.

Sin embargo, en el transcurrir del relato observamos que se van produciendo cambios en su carácter y su personalidad, cuando vive en su persona el contacto con un hombre. Es el descubrimiento de que ella es sobre todo una mujer. Karaivan no puede evitar que los naturales instintos femeninos afloren en momentos clave de la vida de su hija. Esto será lo que lleve a los protagonistas a un final de hondo e intenso dramatismo.

A pesar de que apenas tiene banda sonora, sí se pueden escuchar unos bonitos cánticos a cargo de cristalinas voces femeninas, que transmiten cierto sentimiento de aridez y pesimismo, música a cargo de Mariya Neykova. Todo este oscuro panorama hace que cueste elaborar mentalmente o con el corazón las inquietantes imágenes de la película.

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Cuando uno retorna a ver esta cinta de nuevo, revive en aquellos fotogramas la monstruosidad que no ha envejecido, y se puede tener la terrible sensación de presenciar las peores pulsiones de los monstruos del hombre, como si estuvieran omnipresentes en cuantas torturas y violaciones uno ve o escucha en los noticiarios a cada tanto.

Por todo ello, resulta aventurado recomendar esta película, sobre todo a almas cándidas o corazones sensibles. Menos aún es una película para pasar ningún buen rato. Al contrario, más bien traslada sentimientos de desazón y angustia. La obra es un cúmulo de amargura, nihilismo y páramo. O sea, tatúa sin anestesia los rasgos más extremos y feroces de la naturaleza del hombre.

De lo cual resulta una despiadada experiencia para el espectador que se adentre en este cuerno que, más que de cabra, parece del diablo y que deja la impresión acre de ver hasta dónde puede llegar la brutalidad humana.

Relato de venganza con rasgos shakesperianos, bella estética e interpretaciones destacadas. El amante del cine no debe perdérsela.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity

  

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