Dejad paso al mañana (Make Way For Tomorrow 1937), de Leo McCarey

  24 Enero 2022

El drama de los hijos con sus padres mayores

dejad-paso-al-manana-0A mí me interesa el tema de la vejez en el cine; por una cuestión profesional e incluso personal, me interesa. Hay más películas de las que suponemos que, desde diferentes géneros y ángulos, tratan la temática de los adultos mayores. Ejemplos bien conocidos como Fresas salvajes, 1957, de Ingman Bergman; Muerte en Venecia, 1971, de Luchino Visconti; En el estanque dorado, 1981, de Mark Ryder; A propósito de Schmidt, 1981 o Nebraska, 2013, ambas de Alexander Payne; Justino, un asesino de la tercera edad, 1994, de Santiago Aguilar y Luís Guridi (La cuadrilla); o Amor, 2012, de Michael Haneke. Entre otras muchas.

Esta que ahora comento (Make Way For Tomorrow, 1937) es probablemente una de las más antiguas y también de las mejores y más duras sobre el tema. En esta película un matrimonio mayor, Barkley y Lucy, en la Norteamérica posdepresión, reúnen a sus cuatro hijos que ya viven con sus familias en forma independiente, para decirles que no pueden afrontar el pago de la hipoteca de su casa, por lo que los van a desahuciar apenas en unos días. En este punto ya se ve en el rostro de los hijos que todas sus alarmas están saltando, por ver quién se quedará con los viejos. Lo que deciden finalmente es repartirse a sus padres: uno se queda con la madre y otra con el padre.

Ni que decir tiene que esta «salomónica» decisión es sustancialmente cruel, pues ambos ancianos se quieren, se necesitan y se van a echar en falta si los separan. Pero priva el pragmatismo filial que no la lógica de los sentimientos. Así que el trato que recibirán los padres de sus hijos no será el más adecuado, viendo en ellos más un incordio que a unas personas queridas.

Además, el padre se pondrá enfermo y deberá trasladarse con otra de sus hijas a California, separándose aún más de su mujer. Por ello, en un punto del filme ambos esposos se verán por última vez en Nueva York, antes de partir cada uno por su lado. Un golpe mortal para el matrimonio. Pero, dadas las circunstancias, lo asumen con estoicismo.

Esta es una obra maestra de Leo McCarey, una película en la que, aun sin alardes técnicos, hace una utilización discreta pero efectiva del espacio y el tiempo, amén de una excelente dirección de grandes actores, todo lo cual concluye en una auténtica obra mayor del cine de siempre jamás. Tiene el filme un guion magistral escrito por mujeres: Viña Delmar, Helen Leary y Noah Leary, adaptación de la novela de Josephine Lawrence Make Way for Tomorrow de 1937. Excelente música de George Antheil y Victor Young; y gran fotografía en blanco y negro de William C. Mellor. Hay que decir que director y guionistas eran jóvenes, rondaban los 37 ó 38 años, él y ellas.

Leo McCarey es un hombre de comedias, entre cuyas obras se incluye la mejor película de los hermanos Marx, Sopa de Ganso de 1933; y que triunfó en 1944 ganando 7 Oscar con Siguiendo mi camino (Going my way), además de ser el descubridor de Laurel y Hardy. O sea, todo un personaje del humor y la buena onda que no obstante supo construir con genial maestría esta enorme película dramática sobre las relaciones de los hijos con sus padres mayores (otra exigua película sobre el tema es la célebre Cuentos de Tokio, 1953 de Yasujirô Ozu).

McCarey, gran director de actores, hizo que el reparto genial de la obra diera el do de pecho. Sobresaliente Victor Moore como Barkley, padre anciano; Beulah Bondi superlativa como Lucy, madre-abuela; y grandes actuaciones de Fav Mainter, Thomas Mitchel, Porter Hall y Barbara Read. Todos en coro, todos geniales, todos convincentes para una película tan dura y emotiva.

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En 1937 la National Board of Review la considera entre las mejores diez películas del año. Como dijo Jonathan Rosenbaum: «Con la posible excepción de ‘Cuentos de Tokio’ de Yasujiro Ozu, este drama de 1937 de Leo McCarey es la mejor película que se ha hecho jamás sobre las dificultades de la vejez».

Al principio del film aparece una leyenda como para pensar que dice: «La vida pasa tan rápidamente que pocos de nosotros nos paramos a pensar en aquellos que perdieron el compás. Ni siquiera comprendemos sus risas y sus lágrimas, pues no existe ninguna magia que pueda unir en perfecta comprensión a jóvenes y mayores. Hay un desfiladero entre ellos y nosotros, y la penosa brecha solo puede unirse con las antiguas palabras de un hombre muy sabio: HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE».

Es sin duda una película difícil de ver por su cercanía en lo que cuenta con la realidad actual, que viene a ser ser una puñalada al alma de los hijos, de muchos hijos con padres mayores. Y quizá porque a nadie le gusta ver su propia realidad en la pantalla, este film no tuvo el éxito comercial que merecía; fue un fracaso de taquilla, aunque con el tiempo, se ha reconocido su gran valor.

Está rodada desde la cotidianeidad, y aun así es una historia terrorífica, pero no obstante pudorosa, respetuosa y amorosa con los personajes, pues todos tienen partes buenas y partes malas. Este matiz le da un tono entrañable a la obra.

Hay una escena en que la abuela Lucy le dice a su adolescente nieta esta frase, que la expresa con serenidad pero que es auténticamente tremenda: «Cuando se tienen 17 años uno piensa en divertirse. Cuando tienes 70, la máxima diversión consiste en fingir que no te importa enfrentarte a los hechos… ¿te importaría que siguiera fingiendo?». ¡Para enmarcarla!

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Pues eso es lo que hacen muchas personas mayores, fingir para no desvelar el terrible juego de desafecto e ignorancia al que son sometidos por la familia más joven, o en general, por una sociedad proclive a lo joven, que descarta lo viejo como caduco, sin saber que la vejez, medida por la Ley del Arte (y no por la Ley de la Moda), revaloriza a las personas por su experiencia y sabiduría.

Conforme vi esta película, pensé que McCarey es para verlo y no para analizarlo demasiado, pues es un director que capta la emoción, que maneja con gran sabiduría los mecanismos de la sensibilidad. Lo cual es producido casi de forma misteriosa por una puesta en escena invisible, sencilla, pero donde nada es espontáneo o improvisado. McCarey nos dibuja el mundo de las emociones en profundidad, pero sin que se noten los artificios de esa elaboración.

Igualmente ocurre que cuando ves la película estás siendo consciente del drama que se está desarrollando, pero con una alegría de fondo que atenúa el malestar de una tragedia escabrosa. Esto se puede comprobar palmariamente cuando en los veinticinco minutos últimos de la cinta, antes que Barkley viaje a California y la madre sea internada en un asilo, los hijos les permitan estar juntos unas horas por las calles de Nueva York. Caminan agarrados de la mano, recuerdan sus días felices, disfrutan del encuentro que saben fugaz, se pasean en un auto cuando un señor los invita a ello, vuelven al hotel donde pasaron la luna de miel, los invita la dirección a tomar una copita, a cenar y a bailar. Y es ahí cuando se dan cuenta de que nunca habían estado reamente juntos y solos, como si volvieran a ser novios. Es lo efímero de las cinco horas que les han sido dadas para estar unidos. Orson Welles dijo: «quien no llore en esa parte final, es una piedra».

Y justo en esos minutos finales, Barkley menciona a Lucy un viejo poema de amor, que a través de sus versos parece predecir su futuro junto a ella; Lucy recuerda minuciosamente el contenido del poema, cuyo libro fue embargado por el banco, pero que la anciana esposa guarda celosamente en su memoria: «Un hombre y una doncella estaban cogidos de la mano, / y sonaba una pequeña banda nupcial. / Ante ellos había años inciertos / que prometían alegría o tal vez lágrimas. / ¿Tiene miedo? pensaba el hombre de la doncella. / Querida, dijo con voz tierna, / dime ¿te arrepientes de tu elección? / No sabemos adónde nos llevará la carretera, / o con qué extraños vericuetos nos encontraremos. / ¿Tienes miedo? le dijo el hombre a la doncella. / Ella levantó los ojos y habló al fin. / Querido, dijo, la suerte está echada, / se han dicho los discursos, / se ha tirado el arroz / en el futuro viajaremos solos. / Contigo, dijo la doncella, no tendré miedo».

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Así es el género de McCarey, mezcla de drama, comedia y humor sentimental, con su sello propio. Quienes más lo admiraron fueron los maestros de su época, mas no tuvo el apoyo de la crítica. Pero McCarey hacía emocionar al público sugiriendo más que contando, aunque con decoro.

Y en esta película, además de la vejez, desglosa elementos que conlleva la temática: amor y desprecio; aceptación y rechazo; estupidez y sabiduría; experiencia e inexperiencia; comodidad y sacrificio… toda una lección de lo que es la vida a través de una de las parejas de ancianos más entrañables de la historia del cine. Un hombre y una mujer, que a pesar de su edad siguen perdidamente enamorados el uno del otro. Que sufren por la distancia impuesta por sus hijos. Que se emocionan como niños por una llamada telefónica o una carta. Dos seres humanos que no merecen el mundo cruel que su familia les ofrece.

En la película hay escenas inolvidables, portadoras de una pequeña lección: la llamada de teléfono de la madre a su esposo, presenciada por un grupo de personas que se sienten incómodas con su presencia y que al oír la dulce conversación de esta no pueden evitar compadecerse de ella; la escena de la carta que el padre le da al tendero para que la lea, pero que este no acaba de hacerlo por ser muy romántica y personal; la escena del baile; el final en la estación, escena triste pero hermosa.

Quizá la más curiosa y genial sea la escena del «no-beso», un momento en el que anciano matrimonio está a punto de besarse, Lucy mira a la cámara un momento y frena el beso al ser algo demasiado personal y hermoso como para compartirlo con el público; como si hubiera cierto pudor ante la cámara.

Y para terminar, un dato que podrá sorprender: la pareja de protagonistas, Victor Moore y Beulah Bondi, no eran tan mayores como reflejaban sus personajes. Beulah Bondi contaba por aquel entonces con 49 años, mientras que Victor Moore, rondaba la cincuentena. Toda una curiosidad me lleva más aún a admirar a estos dos intérpretes ya bastante olvidados, que supieron meterse en la piel de los ancianos que aún no eran; amén de ser iconos del cine clásico de los años treinta y cuarenta.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity.

  

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