Los lirios del valle (The lilies of the field, 1963), de Ralph Nelson

  21 Enero 2022

Adiós a Poitier, el primer Oscar para un actor negro

los-lirios-del-valle-0Preciosa película rodada en blanco y negro con gran fotografía de Ernest Haller (ya había ganado un Oscar con Lo que el viento se llevó en 1939) y muy bien dirigida por Ralph Nelson, con un guion de James Poe, adaptación de la novela homónima de William E. Barrett, Te Lilies of de Field de 1962. Música alegre de Jerry Goldsmith con canciones que hacen a la vida y la buena onda.

En la historia, Homer Smith es un hombre negro que conduce por las extensas llanuras norteamericanas, se siente feliz por gozar de su libertad y de su libre albedrío. En esa felicidad, su coche necesita agua, por lo que llega a un rancho habitado por unas pintorescas monjas alemanas, las cuales le ayudan con su percance mecánico a la vez que le ofrecen trabajo.

Al principio, él rechaza la oferta de trabajo pero en vista de sus escasos recursos, Homer, ya en camino de nuevo, vuelve y acepta el ofrecimiento laboral que, entre otras, consiste en construir una capilla: «Los caminos del Señor son insondables».

Transcurre todo ello en medio del árido desierto de Arizona (EE. UU.) y el acompañamiento de otras personas de origen mexicano.

La historia hace un análisis excelente de una comunidad de monjas cristianas que, en su soledad y escasez, reciben a Homer como un ser providencial que ha llegado para ayudar a sus intereses conventuales. De esta guisa lo manipulan cautamente, a la vez que, de manera insistente, persuasiva y con gran capacidad empática, hasta hacer que nuestro personaje caiga rendido y asuma su papel de benefactor y hombre servicial.

En línea con las comunidades de monjas, las religiosas dan poco y piden mucho, en aras a sus intereses clericales. En contrapartida, el visitante, caminante bragado en los caminos del mundo y de lo secular, dará mucho y recibirá poco: sólo un «gracias», sacado con no poco esfuerzo, y la satisfacción propia del transeúnte que deja buen sabor de boca allá por donde pasa.

Es una sencilla y hermosa historia que hace que espectador no se levante de la silla durante los 97 minutos que dura el metraje, viendo la relación del protagonista, negro y baptista, con unas monjas católicas y alemanas, a la vez que traslada al público desde la pantalla una visión religiosa de cómo las monjas saben transmitir a Homer el sentimiento de que es un hombre predestinado que ha aterrizado inopinadamente en su convento para la gloria de Dios, un enviado del Altísimo.

Muy entrañable, la verdad, habla del espíritu de caridad, misericordia y Divina Providencia, a la par que asume el dicho bíblico «Construid templos en memoria mía", que es a lo que Homer contribuye con estas religiosas que viven muy pobremente.

Fue el primer Oscar a un actor negro en el papel principal de un filme, el concedido ese año al gran Sidney Poitier, quien fue un actor que siempre se negó a hacer los papeles típicos de los actores de color: sirvientes, esclavos, bandidos, etc.

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Poitier nos ha dejado en este 7 de enero de 2022 a los 94 años. Es fácil hablar de Poitier diciendo sin más que es un grande de la interpretación, con sello propio, con naturalidad y bien hacer, con un semblante sereno que transmite —con pocos gestos— una gran variedad de matices, sentimientos y emociones, y que luego haría grandes películas de las que ya hemos hablado en estas páginas, sin ir más lejos: Adivina quién viene esta noche,  En el calor de la noche,Rebelión en las aulas y otras.

Un actor carismático, muy bien arropado en esta película por el resto del reparto, sobre todo Lilia Skala (nominada al Oscar) que hace un excelente trabajo como monja superiora de la Congregación.

Esta película viene a ilustrar un tema central en los evangelios de Lucas y Mateo 6: 24-33, donde se puede leer: «¿Y por qué os inquietáis por el vestido? Mirad los lirios del campo, cómo crecen no se fatigan ni hilan. Yo os aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por vosotros, hombres de poca fe! No os inquietéis entonces, diciendo: “¿Qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos?”. Son los gentiles los que se afanan por estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien lo que vosotros necesitáis. Buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os preocupéis por el día de mañana; el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta con su inquietud».

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En suma, el director Nelson, con cierto ánimo de progresía para la época, quiso exaltar la dignidad y la generosidad que podía encontrarse entre los hombres negros, durante tanto tiempo discriminados y maltratados. Y asumió la tarea de esta cinta consiguiendo tocar el corazón de mucha gente sensible en aquellos años 60 (recuerdo que a mis padres les encantaba esta película).

Lo que al parecer sucedió fue que también la Academia de Artes y Ciencias cinematográficas de Hollywood sintió esa sacudida emocional y cayó en la cuenta de que era hora de premiar con el Oscar a Poitier, un actor de color que había ya destacado en el teatro. Un momento en que la sociedad norteamericana dio un paso adelante en el reconocimiento de la igualdad humana.

La película acaba con una secuencia preparada a fuego lento durante todo el metraje, que emociona de Homer junto a la comunidad de sores, acompañada de una archiconocida canción utilizada de forma magistral como leit-motiv de la historia.

En ese punto uno se queda con cierta hambre de más película, de querer más, una segunda parte; y la sensación de que, tras el final, el señor Smith va seguro a encontrar muchos otros lugares inesperados y maravillosos donde descansar de su viaje sin fin. Pero que ya no vamos a estar allí para verlos.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity

  

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