La delgada línea roja (The thin red line, 1998), de Terrence Malick

  12 Octubre 2021

Película antibelicista de culto

la-delgada-linea-roja-0Esta película provocó en mí una especie conmoción interna sobre la irracionalidad de los conflictos armados, sobre su palmario antagonismo con la naturaleza, el amor o la vida. Me trajo al pensamiento esa dicotomía freudiana entre instintos de vida o Eros, y los instintos de muerte o Thánatos. Las dos grandes pulsiones que rigen la existencia individual y colectiva, y de la necesidad de recuperar la cordura en aras a impedir que la «muerte» venza a la «vida».

En un discurso reconcentrado e introspectivo, Malick nos habla en este su tercer trabajo del sinsentido de la guerra. No es stricto sensu una película de guerra ni de héroes, es más bien lo contrario, un filme de antihéroes y sobre todo antibelicista.

Constantemente, reflexiones de los personajes parecen cortar supuestamente el ritmo cinematográfico. Pero contrariamente, estos intervalos sirven a la reflexión, se entienden en el enmarque de la obra; no hay que estar esperando constantemente a que ocurran cosas para que la intensidad y el drama se hagan presentes.

Se desarrolla la trama en Guadalcanal, en la II Guerra Mundial. El magnífico guion del propio Malick es adaptación de la novela homónima de James Jones, que se desarrolla en esta batalla de los EE. UU. contra los japoneses. Pero el conflicto habría podido ser otro cualquiera: Vietnam, Yugoslavia, etc. El caso es que los soldados no saben por qué están allí, por qué deben matar a otros seres humanos; y, en ese contexto existencial, el miedo a morir por nada los asola y entumece sus espíritus.

El reparto es realmente magistral y único: Sean Penn, Jim Caviezel, Nick Nolte, George Clooney, Woody Harrelson, John Cusack, Ben Chaplin, John Travolta, y, en fin, más, bastantes más actores y todos de primerísimo orden en un trabajo coral superlativo.

Montaje sorprendente por no decir genial y un estilo de narración reposada, planos largos, mucho detenimiento en la naturaleza: los contraplanos con el sol o el contacto con los aborígenes y la frondosa vegetación; a lo cual contribuye una sensacional fotografía de John Troll. Música magistral, contenida, casi inaudible, de Hans Zimmer, que acompaña como la seda todo ese mundo abstraído y a la vez rodeado de acción.

Es una película que transmite sentimientos muy intensos, que invita a pensar y a deliberar sobre aspectos tan suprahumanos que rozan lo trascendente. El efecto destructor del mal y el sufrimiento que se concentra en la maldita guerra que nadie puede entender y nadie logra bajo ningún concepto argumentar mínimamente. Porque nadie sabe qué valores defienden, a quien beneficia la refriega, qué es eso del patriotismo y otras argucias falsas y artificiales que no pueden servir de soporte a tanto desatino, tanto absurdo y tanta falsedad.

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No es una película fácil, hace falta conocer a Malick, hace falta también ir predispuesto en cierto modo a hacer un ejercicio importante de meditación, no es divertimento, no son disparos o mera contienda, es la vida humana con todas sus contrariedades y también contradicciones, que, puesta al límite, bordea la locura y el abismo de la más grande angustia imaginable. Como un mal sueño.

Y cuando ya parece que asistimos al final de una obra maestra, resulta que aún continúa media hora más, en un trabajo complejo, cargado de talento, marcado por ambiciones intelectuales y filosóficas legítimas, de gran calado que cautiva tanto a cinéfilos como a críticos y espectadores interesados. Un filme fascinante.

Esta película no da lugar a la tibieza: o provoca desaliento y fatiga, o suscita el fervor más entusiasta, ese que induce al aplauso. A mí me ocurrió esto último.

Es cine de lujo, es una obra maestra del cine antibélico, es cine serio, cine clásico, porque «la vida va en serio», como apuntó nuestro poeta Jaime Gil de Biedma. Es, sin más, un clásico.

Si te gusta el cine no te puedes perder esta película que cualquier buen aficionado puede degustar una y otra vez, para dar cuenta de la multitud de mensajes que transmite.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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