West Beirut (1998), de Ziad Doueiri

  12 Septiembre 2021

Circunstancias adversas y poesía cinematográfica

west-beyrout-0Se narra la vida de dos adolescentes musulmanes, Tarek y Omar, durante la guerra del Líbano.

El 13 de abril de 1975 los pasajeros de un autobús palestino fueron asesinados por la milicia delante de los dos adolescentes protagonistas del largometraje. Este será el primer día de la Guerra Civil Libanesa. Los dos jóvenes viven en Beirut Oeste, la parte musulmana de la ciudad, de ahí el título de la película.

La otra parte, la zona Este es controlada por los cristianos y constituye el anhelo de los jóvenes. La trama, dentro de su componente lírica, relata justamente cómo en ambos muchachos se despierta el amor hacia la misma muchacha, una joven cristiana llamada May. El filme no es ajeno al enfrentamiento descarnado y la violencia del Líbano de hace algunas décadas, y cómo ello condiciona la vida de los jóvenes y de sus familiares.

Lo que Tarek y Omar pretenden es revelar una grabación, pero la tienda de fotografía queda en la parte Este. En el intento llegarán al burdel del barrio Oliviers, lugar de encuentro entre musulmanes y cristianos, a fin de divertirse. Y es así como se desarrolla la historia. Con el transcurso del tiempo las familias de los jóvenes pasarán necesidades y tendrán gran temor a cómo puedan evolucionar los acontecimientos. Hay, claro, un final. Pero este «The end» queda abierto a que cada cual haga sus cábalas.

Es una película poética excelentemente dirigida por Ziad Doueiri en la que es su ópera prima. Cuenta el filme con un interesante guion del propio Doueiri, una excelente fotografía de Ricardo Jacques Gale, que embellece esta dramática historia con una cámara testigo de todo lo que sucede, y una música que acompaña a la perfección de Stewart Copeland.

El filme tiene un excelente reparto donde destacan Rami Doueiri, Mohammad Chamas, Rola Al Amin y Carmen Loubbos como figuras principales. Junto a ellos, Joseph Bou Nassar, Leila Karam, Mahmoud Mabsout y Hassan Farhat en una gran interpretación coral.

La historia se desarrolla en el Beirut de no hace tanto, cuando las distintas facciones en liza y la participación de sirios, palestinos o cristianos, junto a los señores de la guerra dibujaron un desolador panorama de violencia y guerra en un país que llegó a ser antes de la conflagración un paraíso para el turismo occidental y de todo tipo de visitantes que frecuentaban sus hermosas playas y lujosos hoteles.

El gran crítico Ángel Fernández Santos (1934-2004) la calificó de «pura poesía cinematográfica» y de película «magnífica». Y yo acuerdo y además añado que es una película de una gran hermosura y valores y cualidades que se despliegan en cada escena y en cada fotograma.

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Una película que habla de lo humano, aun en el contexto de guerra en que viven los personajes. La perspectiva en este mundo de explosiones y disparos del niño, del joven, de personajes que viven accidentalmente la guerra viéndola incluso con extrañeza y desde luego sin involucrarse en ella.

En la cinta la guerra no es ningún motivo para ideas políticas o ideológicas, sino meramente (y no es poco), el escenario en el que se desenvuelven los protagonistas, haciendo, eso sí, que las cosas transcurran de forma particular, de forma evidentemente difícil. Así, la guerra como escenario, la circunstancia que hace que las cosas sean distintas, complicadas e incluso peligrosas. Pero la juventud y la jovialidad de sus protagonistas soslayan el lado terrible en aras al amor y las ganas de vivir.

Pero los verdaderos protagonistas del filme son la amistad, el amor, la juventud, las ganas de conocer «el otro lado» de un Líbano y un Beirut dividido, si no físicamente, sí por barreras muy marcadas por diferentes condiciones de vida. La cámara de 8 mm es testigo de todo lo que sucede y el tono alegre permite disfrutarla de principio a fin.

A pesar de las difíciles condiciones del contexto, los personajes se mueven jovialmente y la cinta tiene un tono alborozado y alegre donde los protagonistas hacen una vida lo más normal posible, habida cuenta las circunstancias. Y este afán de Ziad Doueiri permite disfrutar todo el metraje, los 106 minutos intensos, amorosos y de buen sabor.

Se nota que falta presupuesto para su realización, pero esa carencia está sobradamente compensada con una efectiva puesta en escena. Como dice Fernando Morales del diario El País, es una «dura y universal radiografía de cualquier enfrentamiento civil». Un filme original, atípico y en cualquier caso recomendable.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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