Corazones de acero (Fury, 2014), de David Ayer

  09 Septiembre 2021

Respetable película sobre la guerra con dudoso mensaje

corazones-de-hierro-0Corazones de acero, de título original Fury (que es el nombre del tanque del protagonista mecánico), es un filme dirigido por David Ayer con maestría y dominio de la narrativa, gran manejo de los efectos especiales e incluso con una sobriedad que se agradece. Tiene un guion con claroscuros, a veces forzado, del propio Ayer. Gran música que se intercala en cada escena de Steven Price, y una excelente fotografía de Roman Vasyanov con planos largos y detallados, duros y violentos, acompañando muy bien los tiempos de la película.

El reparto es propiamente hollywoodiense con un Brad Pitt comandando el filme con gran personalidad y credibilidad (quizá demasiado molón); muy bien Logan Lerman; Shia LaBeouf magnífico; Jon Bernthal en un rol dramático, excelente; Michael Peña como soldado hispano muy acertado; y acompañan estupendamente Xavier Samuel, Scott Eastwood o Jonathan Bailey, entre otros, en una coral importante y de calidad actoral.

En la historia, allá por la primavera de 1945, una brigada de cinco soldados americanos a bordo de un tanque (el Fury) al mando de del curtido sargento Wardaddy, debe luchar a muerte contra una partida del ejército de las SS, para preservar la seguridad de las tropas norteamericanas, ya es el final de la guerra en la que Alemania es claramente perdedora.

La verdad, aunque admita que el filme tiene sus méritos, su técnica, su esmerada puesta en escena, unas interpretaciones excelentes, etc., no sé si son los tiempos que corren el momento de hacer tanta propaganda de los norteamericanos en aquella contienda tan cruenta que fue la II Guerra Mundial, pues como apuna Zimmerman: «Aquí hay un espíritu yanqui recalcitrante, a tal punto que el objetivo final parece ser reivindicar al ejército estadounidense, rescatando aquellas lejanísimas épocas en las que peleaba por causas justas».

Efectivamente, yo creía ya desaparecidas aquellas películas épicas sobre la contienda mundial y toda la propaganda norteamericana haciéndose eco en el cine de su papel salvador (algo por otra parte innegable, junto con la ex URSS) con películas tipo la megalomaníaca El día más largo, de 1962, de ¡tres horas de duración! y un elenco memorable, y tantas otras de yanquis versus alemanes, japoneses, etc.

Me parece que ahora ya estamos en un tiempo para obras como La lista de Schindler, 1992, de Spielberg; El pianista, 2002, de Polanski; El niño con el pijama de rayas, 2008, de Mark Herman; La chaqueta metálica, 1987, de Kubrick; Apocalypse Now, 1979, de Coppola; La patrulla, 1978, de Ted Post; El cazador, 1978, de Michael Cimino; o tantas otras incluso más antiguas, como Senderos de gloria, 1957, de Kubrick, que son auténticos manifiestos antimilitaristas, antibélicos, o ambos.

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No creo que en estos tiempos haya que realizar obras donde alguien pueda salir imaginando justificaciones para la guerra. A estas alturas, me inclino por abogar con Umberto Eco y otras voces acreditadas, que la guerra, finalmente, tendría que devenir auténtico Tabú, como el tabú de incesto, el del crimen o la antropofagia, algo mal considerado en todas las culturas y para siempre jamás, algo repudiable y obsceno para la humanidad. Y para eso hay que crear opinión, y este filme no lo hace.

En este título pareciera que la violencia es irremediable, sobre todo con esos diálogos solemnes y profundos en los que se dicen cosas como: «Los ideales son pacíficos; la Historia es violenta». No soy obviamente un ingenuo, pero creo que la cultura debe ir más hacia la apología de la paz, que en favor de cierto apoyo moral o ideológico de la guerra, lo cual que ya han reflejado los modernos directores sobre películas antibélicas, como he dicho antes. Además, ni siquiera a este género de guerra creo que aporta nada nuevo la película. Como señala Oti Rodríguez: «es una película vistosa y dura, pero que ni revoluciona ni anima este género a la baja, ni es comparable a los viejos clásicos o a los clásicos modernos».

Y si hacemos una rápida comparativa, esta película no tiene el sarcasmo y el ingenio de Malditos bastardos, 2009, de Tarantino; ni los profundos planteamientos de La delgada línea roja, 1998, de Malick; ni la auténtica y cruelmente claustrofóbica también de tanques, pero mejor, Líbano, 2009, de Samuel Maoz, con la mirilla como único punto de vista hacia el exterior.

En su favor admito que en este filme aún se ensalzan los valores heroicos y la camaradería en situaciones límite. Además, la película es sólida, técnicamente impecable, realista en sus escenas violentas y dramáticas, que hacen recordar a Salvar al soldado Ryan, 1998, de Spielberg. Sin mucho sentimentalismo, es una película cruda, que no tiene reparos en filmar las miserias del espacio claustrofóbico y pequeño del habitáculo dentro del tanque, y a sus aterrorizados personajes.

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Rodada con garra, con pulso firme, habla de lo más horrible que le puede suceder al ser humano: la guerra y sus consecuencias, la devastación que a todo nivel produce, tanto física como moral.

Y el final es absolutamente falto de criterio de realidad y más bien recuerda el mítico filme El Álamo, 1960, de John Wayne. Lo digo porque los últimos minutos son esperpénticos: una columna de 300 soldados alemanes al descubierto versus cinco soldados americanos dentro de un tanque averiado, defienden la plaza aniquilando a prácticamente todo el ejército alemán que se limita a hacer de blanco de Pitt y los suyos. Es una situación nada creíble y más propia de un far west malo que de un filme de guerra (supuestamente) serio.

En resolución: es una cinta que a lo sumo se deja ver, pero no más. Un relato sensible sobre la camaradería y el sentido del deber, y aunque se esfuerza en ser una gran película, desde mi modo de ver, nunca lo consigue. Al final la cosa es Brad Pitt de héroe épico al frente de los salvadores estadounidenses.

Vistosa, dura y poco más. Nada que ver con los clásicos sobre el tema.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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