Elefante blanco (2012), de Pablo Trapero

  12 Agosto 2021

La dura realidad de las villas miseria y la Iglesia

elefante-blanco-0Cuando vi esta película, mientras miraba las duras escenas y el entorno asfixiante y angustioso de las villas miseria, imaginaba el coraje interior y la fe que hay que tener como sacerdote para hacer obra día tras día en estos lugares donde no hay más aliciente que sobrevivir.

En la película se cuenta la amistad de dos curas, Julián y Nicolás, una amistad que viene de años, desde que coincidieron en un monasterio de clausura. Entre sus experiencias está la de haber sobrevivido de pura casualidad a una matanza del ejército en un poblado boliviano.

Ahora están asentados en una villa miseria bonaerense. Las villas miseria son una especie de pueblos en el extrarradio de la ciudad, donde viven los más pobres entre los pobres, en chabolas construidas precariamente con todo tipo de materiales de deshecho. En ese lugar, ambos sacerdotes se esfuerzan por desarrollar su apostolado y una labor social de acondicionamiento, educación y administrar los sacramentos como el bautismo o la eucaristía.

Con ellos trabaja Luciana, una trabajadora social con la que lucharán codo con codo contra la corrupción y las bandas de la droga que proliferan en el barrio. Toda esta labor tropezará con la jerarquía eclesiástica y con el poder político y policial. Pero lejos de arredrar, proseguirán su labor, poniendo en riesgo sus vidas para mantener su compromiso y su lealtad con la pobre gente con la que comparten las muchas penas y miserias, siempre con el ejemplo de Cristo por bandera.

Pablo Trapero dirige con apasionamiento y con firmeza esta película que saca a la luz el lumpen, no ya de Buenos Aires, sino de tantas y tantas grandes urbes del mundo. Tiene un guion muy social del propio Trapero junto a Martín Mauregui, Alejandro Fadel y Santiago Mitre. Acompaña una música ad hoc de Michael Nyman, y la oscura fotografía de Guillermo Nieto pone el contrapunto a una obra realmente desasosegante.

En el cuadro de actores, destaca el inefable Ricardo Darín que con poner la cara le basta para transmitir una indescriptible gama de sentimientos, actitudes y estados de ánimo; en este filme hace un gran papel de sacerdote entregado a los marginados. En el mismo papel, pero más retraído y corto en su interpretación, tenemos al actor Jerémie Rénier. Y hace también un buen trabajo en el rol de trabajadora social, Martina Gusman.

Acompañan a estos tres protagonistas otros artistas como Federico Benjamín Barga, Mauricio Minetti o Walter Jacob, todos bien. Todos los protagonistas conjugan profesionalismo y espontaneidad, aportando expresividad y lenguaje acorde, vital para construir un realismo verosímil y crear un clima de naturalidad.

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Lo que hace Trapero es colocar la cámara, un tanto intuitivamente, delante de dos sacerdotes agotados por la ímproba tarea que tienen ante tanta desdicha; y también con problemas de fe, a la vez que con dificultades con la jerarquía y otros poderes. Se produce en el filme una inmersión en el claustrofóbico y doliente entorno de una especie de pueblo laberíntico encuadrado a la espalda del gran Buenos Aires. Un espacio que a modo de microcosmos engulle a los personajes y al propio espectador junto al bullicio orgánico de ese entorno nocivo donde igual hay un bautizo que una balacera.

Yo, que he podido ver desde cierta distancia estos lugares, siempre me he preguntado, no sin cierto pudor, qué cosas ocurrirán allí. Pues bien, este filme es, ante todo y más allá de otras consideraciones técnicas, una denuncia de cuantos problemas sociales hay en esas villas miseria a las que nadie quiere entrar. En ese sentido, yo aconsejo que las veamos todos, que todos nos interioricemos de esa peliaguda problemática que asola a muchas grandes ciudades y de las que nadie quiere saber nada, o sea, que las negamos. Pues bien, este es un filme antinegación.

Yo le vi al argentino Pablo Trapero alguna película sencilla, pero de fuerte denuncia social como su primer largometraje Mundo grúa, de 1999, película más que interesante; y también la ya más sofisticada y terrorífica El bonaerense, de 2002, en la que se sale del cine temiendo más a la policía que a los ladrones.

Pero bueno, hablo de Mundo grúa, porque en esta cinta Trapero incursiona muy bien en la problemática singular del personaje, un empleado de grúa en la construcción. Mientras que en aquel filme hace auscultación psicológica, en este que ahora comento, lo más valioso es el trasfondo social de la historia. El abordaje de la problemática y el drama existencial de los protagonistas, religiosos agónicos y esforzados al límite que a veces flaquean en el sentido de lo que lo que hacen, es menor. Así, el filme es en esencia una conmovedora pintura social y espiritual apoyada en una sólida imagen.

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Trapero a mí me gusta, arriesga con sus películas que seguro no serán taquilleras, entre otras por la escasez de medios y también porque aborda temas sensibles que el público no quiere ver. Varias veces me han dicho que esta película es «muy dura», como para que no la vea. Pero no siempre tenemos que ver temas agradables, si así fuera, estaríamos mutilando una de las razones del Arte y del Cine, tal es el desvelamiento de facetas o aspectos poco agradables que son, que están y en los que hay que reparar.

Me gusta Batlle cuando escribe: «Trapero, queda claro, apostó aquí por la urgencia, la visceralidad, la fuerza de las imágenes. Y, en ese sentido, cada uno de sus planos tiene una potencia, una convicción, una carga emotiva que arrasan con cualquier cuestionamiento intelectual». Es por consiguiente de agradecer, que un director de su categoría y tomándose dos años entre película y película, vaya cada vez a más, con audacia, con rigor y con talento.

En resumen, esta película tiene una impecable puesta en escena, una narración enérgica y una ambientación más que convincente. Trapero, de nuevo, pone el foco en las contradicciones del entramado social, y en esta obra explora —con hondura la marginación— la violencia, los efectos del narcotráfico y el trabajo de los curas villeros que ponen el cuerpo en ese desolador contexto.

Lo hace en tono documental y sin paternalismo. La película empieza y termina sin diálogos, cediendo el protagonismo a la imagen y la música. Hay murmullos, barullo, rezos o gemidos en lugar de palabras. Lo fundamental es la mirada visceral que permite que el espectador sea un testigo, un habitante más de esas sociedades marginales y pobres villas miseria.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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