Mundo grúa (1999), de Pablo Trapero

  11 Agosto 2021

Drama, humor, naturalismo y la reciente historia argentina

mundo-grua-0Mundo grúa fue el primer largometraje de Pablo Trapero, su ópera prima. Trapero dijo entonces«La película se llama Mundo grúa porque, más allá del hecho concreto de que el protagonista maneja una grúa, el título suena a cuelgue, y El Rulo está como medio colgado en el mundo».

Filmada en 16 mm y blanco y negro, ampliada luego a 35 mm y dotada de sonido Dolby, la película de Trapero parecía cumplir aquel sueño del joven estudiante de cine: filmar con poco dinero los fines de semana o fuera de hora, y terminar haciéndose un lugar en la cartelera de estrenos.

«En realidad, cuando empecé a filmarla no sabía si algún día llegaría a estrenar. Ni siquiera sabía si daba para un largometraje. En el camino fui consiguiendo algunos apoyos: una beca del Fondo Nacional de las Artes primero, y luego un subsidio de la Fundación Hubert Bals, que depende del Festival de Rotterdam. Más adelante, se sumó Lita Stantic, que tiene una larga experiencia como productora. Y finalmente, también el Gobierno de la Ciudad apoyó la película».

Coincidió con una estadía mía en la Argentina cuando se estrenó esta película. Pude verla, no en una sala comercial, sino en un Centro Cultural, el Dardo Rocha en La Plata (Buenos Aires), donde la proyectaban de forma gratuita. A la puerta observé el cartel anunciador, vi algunas de las fotografías de la película y algún escaso comentario sobre la misma, y no lo dudé, entré, me senté y he de decir que disfruté de principio a fin los 82 minutos del metraje.

No es una obra divertida stricto sensu, tampoco de acción trepidante, la fotografía es en blanco y negro, lo que le da un toque de elegancia y realismo acorde al tema. Me resultó un filme de difícil catalogación, que desafía el encasillamiento, que cuenta una historia con un tratamiento semidocumental, pero con muchos más elementos interesantes.

Trapero hace una especie de comedia-drama que te atrapa en situaciones cotidianas con las que uno se identifica rápidamente. Como dice su director: «En Mundo grúa me propuse que el espectador no supiera si lo que estaba viendo era real o no, si esos tipos eran actores o en realidad trabajan de eso. (…) Traté de borrar la cámara, que nunca se notara su presencia. Si hay algo que no me gusta, es cuando el director se convierte en autor de su película, cuando su trabajo y sus elecciones estéticas están todo el tiempo muy presentes. Lo que yo quería era que el espectador se vinculara con los personajes, no con la puesta en escena de la película ni nada por el estilo». Este es, sin duda, el credo artístico de Trapero en este filme.

Cuando la vi la consideré como un referente del nuevo cine argentino: una película que funciona con la audiencia y que admite interpretaciones diversas. Entendí que era una obra personal con toques brillantes de película de autor y con pocas referencias, lo que la hacía una cinta rara avis, pero una buena rara avis. Además, tiene una dimensión social. Su autor dijo que siempre le gustaron las grúas: «sus movimientos, que recuerdan los de un animal gigantesco, y pensaba en el tipo que estaba ahí adentro, allá arriba, durante doce o catorce horas. A partir de ahí se fue armando la historia».

El personaje de la película se llama el Rulo, un tipo soltero de cincuenta años, bonachón, trabajador, luchador, con un hijo mayor que hace lo mismo que él cuando era joven; es un operador de grúas T, que carga con dignidad el peso de una vida llena de sinsabores, sin dinero, pero con fugaces momentos de gloria.

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El Rulo tiene a su cargo a su patético hijo adolescente que no da palo al aire, y hace lo imposible por mantener a flote su miserable apartamento, sin cejar hasta conseguir un empleo. Lo consigue en las grúas T, en el sur argentino. Además, tiene una historia de amor con Adriana, en el transcurso de cuyo idilio se conoce el pasado exitoso del Rulo como bajista de un famoso grupo de rock de los años setenta, muy conocido por el tema Paco Camorra.

Este individuo, alegre, artista y juerguista, al modo de tantos argentinos de los noventa en el transcurrir de los gobiernos de Menem y las subsiguientes crisis, perdió las esperanzas y la posibilidad de disfrutar las cosas simples de la vida.

La vida del Rulo es el paradigma de mucha gente común de aquellos años noventa en la Argentina, individuos pauperizados, sin trabajo y casi meros supervivientes. Era una sociedad que asumía como característica estructural la desocupación. Pero mientras en el Rulo se manifiesta una actitud de búsqueda laboral, su hijo Claudio carece de la «cultura del trabajo». Claudio tiene incorporadas otras pautas culturales, propias de su época, que puede describirse como vagancia pertinaz, de hecho, así lo comentan tanto su padre como la abuela.

Esta holgazanería es igualmente producto de las transformaciones económicas que sufrió el país austral de entonces, que generó una quiebra social que las generaciones más jóvenes expresaron en nuevas pautas de comportamiento. El modelo es justamente el hijo Claudio, un joven sin un futuro estable que no encuentra cómo insertarse productivamente en la sociedad, pero al que tampoco se le ve muy preocupado, y a la vez con una falta de madurez ante la carencia de oportunidades; típico en los jóvenes de aquellos entonces.

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Cuando acabé de visionar este filme sentí la corazonada de que el joven Trapero, entonces con 29 años, iba a tener un importante recorrido en el cine argentino, y no me equivoqué. Desde entonces es un director en toda regla, con películas muy buenas, algunas de las cuales saldrán en esta revista. Obras como: El bonaerense, de 2002; Carancho de 2010; El elefante blanco, 2012; o El clan, 2015. Cintas todas de gran nivel.

Trapero hace en eta cinta una gran labor de dirección, con los errores propios del principiante, pero un trabajo con personalidad y sello propio. El guion del propio Trapero es magnífico, un libreto minimalista que reduce los diálogos a lo puramente interesante, sin abusar de conversaciones triviales que puedan aburrir.

Hay una música que acompaña muy bien, llevada de la mano de Catriel Vildosola, con piezas del compositor y violinista uruguayo Francisco Canaro. Una digna fotografía en blanco y negro de Cobi Migliora, con una cámara que sigue a los personajes en muchos momentos, centrando la acción. Excelente montaje, inquieto, pero sin abrumar, de Nicolás Goldbart. Como escribe Torreiro: «Filme realista y respetuoso con la gente corriente. (...) Una película adulta, respetuosa, magnífica».

El reparto, tratándose de actores cuasi amateurs, es sensacional, con un Luís Margani excelente como protagonista, El Rulo, al que le sobra presencia para este trabajo. Adriana Aizemberg, muy vital y bien como Adriana, la novia.

Trapero apuesta por la naturalidad planteando escenas flexibles, al modo documental-ficción, abriendo juego a la improvisación de los intérpretes, lo cual funciona con actores de carrera como la Aizemberg o Daniel Valenzuela —estupendo como Torres—, y con algunos no profesionales, como Roly Serrano (Walter), Graciana Chironi (madre del Rulo), Federico Esquerro (Claudio) y Alfonso Rementería (Sartori). Todos más que bien.

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Esta película tiene una gran densidad poética y aunque escapa de las redes del realismo, es, no obstante, muy precisa en sus observaciones, sobre todo con relación al trabajo físico y el manejo de objetos y herramientas. Sicum dixit Trapero: «Hay algo que en el cine no suele aparecer: el cariño y la dedicación con que la gente de laburo hace su trabajo. Hay una visión de clase media que me parece equivocada, que desvaloriza esa clase de trabajo, para glorificar el trabajo intelectual o el artístico».

Igualmente se observa una visión en la relación entre objetos y personajes, que parte de indicios ínfimos, como el cariño a lo doméstico, el interés por los objetos mecánicos, los hábitos solidarios y el amor, lo cual que concluye en una especie de desordenamiento del mundo. Dice Quintín: «Aunque cada elemento del filme es familiar, una sutil diferencia en la acentuación de sus funciones prescritas y ligero corrimiento de las características que les atribuye el naturalismo contribuyen a resignificar la cotidianeidad, a convertirla en un lugar misterioso».

Para el director, el Rulo «Es un tipo que necesita trabajo y lo busca. Le irá mejor o peor, pero no es alguien digno de lástima. Al fin y al cabo, hay mucha gente como él. Tampoco quería convertirlo en un representante de nada, un número en una estadística. Es un tipo llamado el Rulo, y le pasa lo que le pasa. (…) Lo que me interesaba era mostrar el mundo del trabajo, pero no por una cuestión social sino porque siempre me atrajo esa relación muy fuerte que se establece entre un tipo y una herramienta, un tipo y una máquina. Me fascina el mundo del laburante».

El Rulo es un personaje que apenas va pertrechado de una genuina bondad y que resiste una interpretación psicológica. El Rulo un viajero en el tiempo, explorador de una realidad que encuentra irrazonable, como si estuviera ante una máquina en mal estado. Pero el personaje no actúa como la voz de Trapero, sino como su propia guía, su herramienta de descubrimiento. Y ese es el signo más interesante de esta cinta: una búsqueda más que una exposición de certidumbre, una especie de olfato para encontrar películas donde no se las espera, una intuición como cineasta que, aún a pesar de no conocer bien el camino, confía en su brújula.

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La película tiene humor y por supuesto no le falta una importante carga satírica de crítica y tragedia. El mismo Trapero dijo algo muy aclaratorio: «Una de mis películas favoritas es Tiempos modernos, que yo no había notado que tiene muchos puntos de contacto con Mundo grúa: el desempleo, el trabajo con las máquinas, el humor en medio de una situación tan dramática». Fue gracias a esta película que al parecer Trapero sintió deseos de hacer cine de verdad.

Es, además, un filme con fuerte carga histórica de una aciaga época en la que gobernó el estulto, corrupto y neoliberal salvaje Carlos Saúl Menem (1989-1999), un período en el que Argentina fue saqueada por sus propios gobernantes. Por eso quiero traer a colación las ideas de un colega crítico aficionado argentino de apodo Nestor1981, que refiere desde su visión de habitante en el sur argentino, concretamente cerca de Comodoro —donde se filmó la segunda mitad de la película—, cómo se cerraban industrias, minas, etc., y el éxodo que se produjo de muchos habitantes de la zona en busca de un futuro para sus familias.

Pero todo era prácticamente imposible, pues Argentina se había sumido en una crisis total y brutal y no había trabajo ni en el norte, ni en Buenos Aires. Un panorama desolador. Como escribe Nestor1981: «El mérito de Trapero en este filme fue hacer que parezcan tan reales las actuaciones, que la depresión, la falta de ganas y oportunidades que había en ese momento se notaran tanto en la película, (…) una metáfora de lo que era el país en ese momento, un país con pobreza, desnutrición, desempleo, violencia, saqueos, corrupción, inseguridad, un país al que le robaron la esperanza y las ganas de vivir».

Les recomiendo este filme del ya consagrado director Pablo Trapero. La película es tal vez singular, para amantes del séptimo arte, no es para la sobremesa ni de palomitas, pero es una obra importante que conjuga con escasos medios, pero gran brillantez: drama, humor, amor, cotidianeidad y parte de la reciente Historia argentina.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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