La finitud de la vida en «Lucky» (2017), de John Carroll Lynch

  27 Julio 2021

Presentación de la película

lucky-0Lucky (2017) es de esas películas entrañables que gustan. Cine modesto, sin excesivos recursos ni fuegos de artificio, pero de una humanidad profunda y una mística ordinaria, humilde diría yo, la de un anciano de más de 90 años que hace sus rutinas gimnásticas, camina para ir a todos lados, resuelve compulsivamente crucigramas y ve programas de TV.

Pero, sobre todo, y como él mismo dice en una escena de la película a una acompañante, que tiene miedo, sí, mucho miedo a morir, a desaparecer para siempre, a volatilizarse. Su edad canta ya los minutos que le restan.

Lucky es el apodo de nuestro protagonista, una palabra que en inglés significa «afortunado». Se lo habían puesto cuando sirvió como cocinero en un barco en la Guerra del Pacífico: la cocina era supuestamente el lugar más seguro ante los ataques y por eso le pusieron de sobrenombre de «suertudo».

La historia se centra en la cotidianeidad, en la vida de este singular nonagenario escéptico, iconoclasta, outsider y afectuoso. Vive en un pequeño pueblo próximo a la frontera con México, el Medio Oeste americano. Tras sufrir un desmayo en su casa, una caída sin explicación, despierta del sueño de la inmortalidad y se apresura a visitar al médico; su existencia (no en vano es una cinta existencialista e irónica) da un giro.

Lucky necesita encontrar la paz espiritual ante el inminente viaje sin retorno del que ha tomado conciencia. Él, que ha sobrevivido a sus contemporáneos, ahora se ve al borde del precipicio. Nuestro protagonista, ateo, parece iniciar un itinerario espiritual, va en pos de cierto autodescubrimiento cuya meta quiere devenir iluminación.

Esta es la primera (y última hasta ahora) película que dirige el veterano actor John Carroll Lynch y a fe que hace un gran trabajo dentro de eso que se denomina cine independiente, cine con un presupuesto justo. Lynch hace un afectuoso y sensible tratamiento de la historia de Lucky, casi como dejando que sea la propia cámara la que vaya acompañando sin interrupciones y a su ritmo al personaje, una cámara que no turba su emocionante periplo crepuscular.

Como el propio director del film declara: «Es el personaje perfecto para una película como esta, que trata acerca de cómo vivir teniendo en cuenta la propia mortalidad y haciéndolo con una cierta alegría. (…) El hecho de que sea ateo significa que la muerte para él es algo definitivo: no puede contemplar la posibilidad de una resurrección».

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Algunos aspectos técnicos y de argumento

La autoría del guion viene de otros dos actores, Logan Sparks y Drago Sumonja. Se trata de un libreto sencillo pero profundo, que encierra más contenido de alta complejidad de lo que pudiera parecer a primera vista.

Hay episodios que por sí mismos tienen mucha miga, como ese en el cual Lucky, a quien una mujer mejicana del pueblo ha invitado a la comunión de su hijo de nueve años con mariachis incluidos, en la celebración, disfrutando de la compañía del resto de invitados (Lucky sostiene que nuestra vida solo tiene sentido si la vivimos con los demás), el anciano comienza a cantar en un español con acento, con cierto desentone y una carga de soterrada melancolía la famosa canción Volver, volver ante la admirada y entrañable mirada de los asistentes:

«Este amor apasionado, anda todo alborotado / Por volver / Voy camino a la locura y aunque todo me tortura / Se querer (…) Nos dejamos hace tiempo pero me llegó el momento de perder / Tú tenías mucha razón, le hago caso al corazón y me muero / Por volver».

Canción Volver, volver:

  

Resulta emocionante esta improvisación de un Lucky que canta con gran sentimiento acompañado por los mariachis, como si fuera lo último que fuera a hacer en la vida. Hasta dan ganas de llorar de pura emoción.

Esta es una película sobre la vida y la muerte, y a la vez una obra de altos vuelos, sobre lo que está por encima de nosotros, algo de lo que nada sabemos, aunque el protagonista se empeñe de forma reactiva en negar la existencia del alma.

Alejado de insondables ideas espirituales, sorprendentes revelaciones o epifanías al vuelo: «lo que vemos en pantalla son una serie de momentos y conversaciones, en ocasiones reiteraciones de la misma inercia diaria, en otras nuevas e inesperadas, a veces enormemente pertinentes, en otras banalmente casuales» (Hernández).

Por eso afirmo que es una película, además de hermosa, profunda, todo desde un candor expositivo que convoca irremediablemente la sensibilidad del espectador.

Atractiva música de Elvis Kuehn que incluye música popular del oeste americano. Muy buena la fotografía de Tim Suhrstedt que reviste de luz y credibilidad la historia.

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Harry Dean Stanton: protagonista por doble partida

El reparto es ante todo un antológico y minimalista Harry Dean Stanton, que deviene volcán expresivo en asordinada erupción, y además de hacer un trabajo actoral de excelencia, se encuentra, ya durante el rodaje, en precarias condiciones de salud, y apenas acabado el rodaje fallecería, poco antes del estreno.

De modo que incluso hay un paralelismo entre la realidad personal del propio actor y el personaje que interpreta, quien en una escena confiesa a la joven de color que lo acompaña en su casa que siente mucho temor (así es la vida a la hora del final). Quizá por eso, además de por su reconocido nivel como actor (un verdadero icono del cine moderno e independiente desde los años 60), Stanton hace un trabajo de enorme valor, bien trabado, con mirada mortecina y silencios que dicen mucho. Como anticipando en cada fotograma su apremiante final. «Stanton derrocha socarronería, humanidad y bonhomía (…) en la composición de un personaje, parco en palabras, pero de hondas reflexiones» (Alberto Luchini).

El film está centrado casi exclusivamente sobre el protagonista, pero este está arropado por una brillante galería de actores-personajes secundarios, que es clave en el transcurso del relato y en cómo evoluciona el propio Lucky en la trama. Actores y actrices como Ed Begley Jr., Beth Grant, James Darren, Barry Shabaka Henley, Yvonne Huff, un magnífico David Lynch (actor de categoría y comediante, él parece haber escrito sus propios surrealistas diálogos: «El galápago planeaba su huida desde hace días»: gran trabajo), Hugo Armstrong y otros. Todos sensacionales.

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El inexorable final del camino

Es sabido por la Psicología Evolutiva y la Psicogerontología que, conforme se avanza en edad, el tiempo se vivencia de forma más rápida que en la niñez, etapa ésta del ciclo vital en la cual el tiempo se experimenta de manera más lenta y gradual. Igualmente, la vivencia de lo porvenir, de perdurabilidad y la proyección de futuro son más restringidos en los mayores, que si de niños o jóvenes se tratara.

Del mismo modo, la muerte es un tema poco presente en los pensamientos infantiles y más recurrente en los adultos mayores. Lo que la Psicología ha investigado al respecto no podría decirse mejor que en estos versos del universal uruguayo Mario Benedetti: «Cuando éramos niños (…) la muerte lisa y llana / no existía. (…) Luego cuando muchachos (…) la muerte era solamente / una palabra. (…) Ya cuando nos casamos (…) la muerte era la muerte / de los otros. (…) Ahora veteranos (…) la muerte empieza a ser la nuestra» (Benedetti).

Esta película es una de esas obras que gustan a los espíritus interesados por el comportamiento humano y por la comprensión de la vejez como etapa de la vida. El metraje es un estudio certero de la edad postrera. En ello juega a favor el paralelismo entre la realidad del propio actor y el personaje que interpreta. En un punto, como decía, el protagonista, Stanton-Lucky manifiesta su temor a la muerte. Tanto el personaje de ficción como el actor real están justamente bordeando la vida por la cornisa exterior al precipicio.

Película que es todo un tratado que trata sin pudor y frontalmente el peso de la vejez y lo inapelable del final de la vida. Hay una escena memorable en la cual el protagonista hace uno de los manifiestos existencialistas y ateos más terminantes del cine americano. La escena es en el Bar del pueblo, junto a sus amigos, tomando una cerveza. Nuestro personaje está fumando dentro del local y la propietaria, una mujer de nervio, le increpa y reprocha que esté con el cigarrillo dentro de su establecimiento, lo cual está prohibido.

Pero Lucky, lejos de alterarse, habla de la inutilidad tanto de la trifulca que se ha montado como en general de todo, y con esa nube densa que se ha posado sobre su mente, la preocupación del morir, habla así:

Lucky habla de la inutilidad:

  

«La verdad existe, la verdad de quiénes somos y de lo que hacemos. Y hay que afrontarlo. Y aceptarlo, porque la verdad del universo está ahí, esperando. La verdad es para todos nosotros. Todo va a desaparecer. Tú, tú, tú, yo, este cigarro, todos. Y en la oscuridad del vacío no hay nadie que se haga cargo. Lo único que queda es irse con agallas, no hay dioses, nada, eso es todo lo que hay. Y hay que tomarlo con una sonrisa en la boca».

Esta afirmación tajante del personaje, esta opción de mirar cara a cara a la muerte de manera sonriente, recuerda a las personas sabias, las que han alcanzado un alto nivel de conocimiento y entendimiento, a la vez que pueden trascender su propia mismidad, el restringido espacio psíquico individual, el propio territorio personal, para elevarse y alcanzar cierto nivel de auto-trascendencia.

Capacidad de trasladarse por las márgenes de la vida en forma sonriente, la aceptación de la finitud, esa transformación narcisista en línea con lo que el afamado psicoanalista Heinz Kohut refirió al hablar de narcisismo cósmico, como manera de traspasar los límites individuales, como: «desplazamiento de las cargas narcisistas desde el self hasta un concepto de participación en una existencia supraindividual e intemporal genéticamente predeterminada por la identidad primaria del niño con la madre, esta vez expandida y difundida con el todo universal» (H. Kohut).

Lucky acepta su final, lo cual conlleva la inclusión del self en una suerte de magma cósmico que recuerda a la maraña representacional madre-hijo propio de las primeras etapas del desarrollo, en un período en el que el padre de la llamada Escuela de Chicago Kohut sitúa la identidad primaria con la madre. Sería este tipo de experiencias que Freud cita al hablar del sentimiento oceánico de algunos de sus pacientes.

Para Lucky la suerte está echada y lo afronta quedando suspendido sobre su propia impermanencia y respondiendo al inminente final con un dilatado sentido del humor. Una claudicación convertida en pura luz por la sonrisa de Stanton, un gesto que pasará a la historia del cine.

Damos las gracias a John Carroll Lynch, quien con una gran visión acomete su ópera prima con una solidez incontestable. Y muy importante, habiendo dado oportunidad para que el superlativo Harry Dean Stanton redacte un testamento verídico, pues no solamente nos obsequia con uno de sus mejores trabajos como actor (lo cual no es poco), sino que lamentablemente no pudo visionar la película terminada, pues falleció en septiembre de 2017, a los 91 años de edad, poco antes del estreno.

Una pieza de coleccionismo extracinematográfico que tendrá su hueco en el corazón de muchos cronistas y aficionados al buen cine y también al estudio de la vida y su final, en la figura de un anciano ejemplar, tanto en la pantalla como en la vida real. Un testimonio gerontológico sin precedentes: actor y personaje en el mismo barco.

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Cerrando con poesía

A modo de epílogo (en todo sentido), quiero recordar el soneto Vida”, que José Hierro (1922-2002) dedicó a su nieta al final de sus días. Unos versos que al fin son la temática de esta película.

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada).

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

José Hierro

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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