El poder destructor de calumnias y chismes

  04 Julio 2021

A modo de introducción

la-duda-0Quiero hablar hoy de los perniciosos efectos de los falsos rumores, de los chismorreos o más técnicamente, de la calumnia.

El vocablo «calumnia» (derivado de latín: calumnia-ae) significa «acusación o imputación grave y falsa hecha contra alguien»; o «imponer o levantar falso testimonio». La calumnia siempre se ha considerado una falta grave. La ley judeo-cristiana y la ley penal castigan la calumnia. La primera prohíbe tanto el falso testimonio contra el prójimo (8º mandamiento), como codiciar algo de otro (10º mandamiento). Y el código penal, cuando analiza los Delitos contra el honor, dice acerca de la calumnia: «Injuria es la acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación».

De manera que la cultura y la ética religiosa y civil alientan a vivir en la verdad, desechando la mentira, la malicia, el engaño, la hipocresía y toda clase de maledicencia. La calumnia ataca a la verdad (mentira), a la justicia (hiere el buen nombre ajeno), al amor y el respeto debido al prójimo; mata o hiere a un sujeto frente a la sociedad porque ensucia su reputación. La calumnia es también una defensa psicológica contra la propia sensación de ineptitud e inseguridad, razón por la cual se desvaloriza o denigra a los demás. 

Chismes y calumnias: una perspectiva psicoanalítica

Sigmund Freud ya advirtió que quien calumnia no muestra el mínimo miramiento si puede sacar una ventaja, y mientras él no se perjudique, no reparará en el daño que le ocasiona al otro. Sólo satisface su placer burlándose, ultrajándolo, matando su buen nombre. Esa es la forma que el calumniador tiene de exhibir su perverso poder; él se siente más seguro y la víctima más desvalida.

Otros autores psicoanalíticos como Joel Zac, Cristopher Bollas y André Green, nos hablan de una estructura de la maldad. Zac señala la capacidad de ciertos sujetos para disponer una actividad narcisista dirigida contra el mundo exterior, con una intención destructiva y mantenida por ideales malévolos. Utilizan una percepción hipertrofiada de los otros, que sienten que estas personalidades poseen cierta capacidad adivinatoria de sus deseos.

Bollas sitúa en este punto la captura de la víctima: la bondad como seducción, algo así como «yo sé lo que tú necesitas» (salvadores). La creación de un espacio potencial falso: el ofrecimiento y tentación de que van a satisfacer los anhelos de la víctima. Pero luego viene el cambio, o sea, la escandalosa traición, y la víctima tiene la vivencia que mata su propio self, su «sí mismo».

Green habla del sadismo del superyó (conciencia moral interna) y del masoquismo del yo. El sadismo superyoico es la fuente de la perversión y depende de otro (víctima), que sirve de pareja.

Vídeo 1: Los chismes

  

Sadismo oral

En psicoanálisis, se habla de una «fase oral» en el desarrollo infantil, en el primer año de la vida (o 18 meses), donde la zona bucofaríngea cobra un papel predominante como área corporal especialmente sensible y erotizada.

Pero hay una subdivisión de esta etapa en una subfase denomina preambivalente u oral pasiva, centrada en succionar o ingerir alimento de manera mayormente pasiva y dependiente, pues aún el bebé no reconoce a otra persona. Pero hay otra subetapa posterior, coincidiendo con la aparición de los dientes y el reconocimiento de la madre (es, pues, ambivalente: amor-odio), que Karl Abraham denominó «sádico oral» (u «oral canibalística»), en la que el disfrute se obtiene con comportamientos orales, pero más activos y agresivos como morder o «destruir» con los incipientes dientes, el pecho materno u otros objetos que el niño se lleva a la boca. Según Laplanche, en este punto «la incorporación adquiere el sentido de una destrucción del objeto, lo que implica que la ambivalencia entra en juego en la relación de objeto».

Desde la teoría psicoanalítica, en el transcurso del desarrollo van quedando en las personas fijaciones o anclajes a estas etapas pretéritas, de los cuales derivan conductas ulteriores que provienen de estas fijaciones. Así, comer en exceso, beber en forma dipsómana, fumar, el gusto por el beso o el sexo oral, etc., son evidentes muestras orales que ejercemos de adultos.

Pero tenemos en la adultez no sólo conductas orales incorporativas, sino también otras vinculadas a esa otra oralidad más activa como hablar, y dentro del hablar (algo evidentemente oral), hablar mal de los demás, el chismorreo o la falsedad malsana.

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Estos hábitos se pueden considerar «sádico orales» (al estilo de Abraham), pues si bien en la adultez ya no se suele reproducir la forma infantil de dañar con una mordida, sí se observa en muchos la tendencia a dañar, a producir con la «boca» habladurías y murmuraciones, con el consiguiente quebranto de la honorabilidad de los demás; daños morales que destruyen la reputación y el buen nombre. Algo muy usual, como todos sabemos. En suma, la calumnia o el chismorreo son una forma de «sadismo oral», habladurías que son una demostración cruel y destructiva, dirigida a otros congéneres, para provocar su desgracia social.

Esto que digo está sucediendo hoy con más intensidad y efectividad si cabe a través de la telefonía móvil, Internet o los medios de comunicación electrónicos, por medio de los cuales hay sujetos que se creen en el derecho de decir lo que se les antoja, con total impunidad. Sabemos de hombres, mujeres y familias enteras, rotas por esa sentencia que postula: «habla mal que algo queda». Hasta el papa Francisco no hace mucho pidió cuidarse de estos comportamientos, advirtiendo a los miembros de la Curia que se alejen del «terrorismo del cotilleo», que afecta a quienes «no tienen coraje de hablar directamente» a los otros.

Dos películas al respecto

Para ejemplificar estas ideas y este lastre social de la calumnia y el chismorreo, traigo a colación dos películas de las buenas.

La primera se titula justamente La calumnia (1961), magistral obra del gran William Wyler. La segunda es una obra dirigida por el dramaturgo John Patrick Shanley: La duda (2008).

En ellas se evidencia que para salir de la humillación de la calumnia es preciso un Yo fuerte y una enorme capacidad para metabolizar el daño recibido y restaurar el honor mancillado. Lo contrario deviene tragedia.

La calumnia (The children’s hour, 1961)

la-calumnia-0La historia se desarrolla en una pequeña ciudad. Dos emprendedoras y agradables mujeres, Karen Wright (Hepburn) y Martha (MacLaine), fundan y dirigen una escuela exclusiva para niñas de buena familia.

Las educadoras siguen un protocolo educativo que una niña en concreto no tolera bien. Esa niña es una alumna perversa y maliciosa, que hace lo imposible para vengarse por un castigo que ha recibido.

La niña, alumna bellaca, escucha un comentario que atrapa al vuelo, aunque no sepa a qué hace referencia. El comentario es distorsionado por la jovencita, quien acusa a las maestras ante su abuela con la que vive. Viene a decir que son unas mujeres raras y fuera de lo común, con un comportamiento reprobable que trasluce un romance entre ambas.

Esos rumores escandalosos se extienden como la pólvora por la comunidad escolar, incluyendo a los padres. Cuando el embrollo está en su punto álgido, interviene un médico —a la sazón novio de Karen—, pero con tibieza, para solucionar el problema y restaurar la normalidad y el buen nombre de las afectadas. Pero las cosas se han precipitado de una forma que, aunque las evidencias de inocencia acaban siendo palmarias, las repercusiones son ya irreversibles y trágicas para la vida de ambas profesoras. Un auténtico drama humano.

La película está magistralmente dirigida con toda la tensión y la fatalidad que la historia requiere por un gran William Wyler (1902-1981), director a quien respeto y admiro por obras de la talla de Jezabel, 1938; Cumbres borrascosas, 1939; Los mejores años de nuestra vida, 1946; La heredera, 1949; Vacaciones en Roma, 1953; Ben-Hur, 1959; o El coleccionista, 1965 entre otras.

Director polifacético que lo hizo bien casi todo, con su propio sello. No en vano ganó cuatro Oscar en su prolongada carrera. La mismísima Bette Davis llegó a decir en varias ocasiones que Wyler fue el único director que supo dirigirla correcta y completamente.

El guion de Lillian Hellman es una excelente adaptación de la obra teatral de la propia Hellman, The Children’s Hour, de 1934. Hellman fue una dramaturga y guionista de cine estadounidense conocida por su compromiso político con causas de la izquierda. La música de Alex North es excelente y acompaña muy bien el drama; y la fotografía de Franz Planer en blanco y negro roza la perfección.

El reparto es de lujo, con una inspirada Audrey Hepburn maravillosa y una Shirley MacLaine que sintoniza y traslada su problemática fuera de la pantalla: dos actrices ejemplares, llenas de vigorosa inteligencia, que sobrellevan en la obra el peso de las palabras malvadas de un rumor devastador.

Está igualmente muy profesional James Garner; Miriam Hopkins, estupenda; Fay Bainter, una veterana y gran actriz con un Oscar a sus espaldas, que está genial en el rol de abuela confundida por su pérfida nieta; y acompañan con enorme soltura y profesionalidad Karen Balkin, Veronica Cartwright, Mimi Gibson, Debbie Moldow, Diane Mountford, William Mims y Sally Brophy.

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Esta película, ya en 1961, osó abordar con valentía el tema de la homosexualidad femenina, algo que era entonces más tabú aún que la homosexualidad masculina. Y lo hace con gran tacto, pero sin obviar un ápice la carga dramática de los acontecimientos que se suceden con este telón de fondo.

Se dan miradas que expresan como nada los sentimientos de las protagonistas, y se muestra igual la herrumbre moral de un pueblo provinciano y timorato preso de los cotilleos y la difamación de una niña sin escrúpulos, que evidencia la enfermedad de una sociedad que no sólo está muerta por su cabal hipocresía, sino que es capaz de matar a sus víctimas en todo sentido, o sea, a los que son supuestamente «diferentes»: muerte social, laboral, espiritual e incluso física.

Esta película es un ejemplo de ese «sadismo oral» del que hablaba, del chisme gratuito, la infamia vinculada al buen nombre de dos educadas señoritas y profesoras, a las que se vincula con una relación lésbica. Aquí no se trata de la veracidad del hecho en sí, que finalmente se demuestra que no es así, aunque haya algo de ello latente, sino que todos los habitantes del pueblo son incapaces de reaccionar a tiempo y acabar con las habladurías, incluida la abuela de la niña quien reacciona tarde y mal con una oferta compasiva y a destiempo; e incluso el novio de Karen, el médico, quien también ha dudado de su novia. El dolor de las dos mujeres frente a este estado de cosas es inmenso y sus consecuencias, fatales, sin paliativos.

Es un filme que refiere el perfil de personas que, como la despiadada niña de la obra, pueden acabar con la vida y la reputación de los demás, calumniando a las maestras con total arbitrariedad y frialdad.

Esta cinta es toda una lección para que los chismosos caigan en la cuenta de esta modalidad de bomba destructora que es la calumnia. Crimen cometido con la palabra mala y sibilina.

Vídeo 2: La calumnia

  

La duda (Doubt, 2008)

Esta es película habla también sobre el chismorreo, esta vez con relación al buen nombre del padre Flynn (Philip Seymour Hoffman ), un sacerdote carismático que intenta cambiar las rígidas normas del colegio que dirige la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep), una severa mujer que confía plenamente en el poder de la disciplina.

Con los cambios políticos del momento, el colegio ha aceptado al primer alumno negro, Donald Miller. Pero hete aquí que la hermana James (Adams) le cuenta ingenuamente a la hermana Aloysius que le parece que el padre Flynn dedica mucha atención a Donald. A partir de aquí comienzan los fasos rumores y las palabras demoledoras.

Sin tener prueba alguna, la superiora inicia una campaña personal contra el padre Flynn por supuesto abuso del niño, para expulsarlo.

Incluso la hermana Aloysius revela a la madre de Donald sus sospechas. La Sra. Miller (Viola Davis) le contesta, para su sorpresa, que debería dejar pasar el asunto, pues todo terminará cuando su hijo vaya al instituto. La Sra. Miller da a entender que su hijo es gay y que, para protegerlo de su abusivo y homófobo padre, cree necesario cerrar el asunto y que continúe sus estudios.

Finalmente, este choque de trenes entre la monja y el sacerdote, o sea, de figuras de autoridad religiosas en el colegio, amenaza con romper la armonía de la comunidad de forma irremediable, lo cual precipitará la despedida del cura para evitar este desgarro.

Tras el último sermón del Padre en la iglesia antes de irse, ambas monjas protagonistas se reúnen en el jardín de la iglesia y la hermana Aloysius confiesa que a pesar de que se haya ido del colegio, el padre Flynn le ha dejado una parroquia con más prestigio. Ella hace revelaciones importantes y repite: «En la búsqueda del mal, uno se aleja un paso de Dios, pero se acerca uno más a su servicio». A lo que añade que existe igualmente un precio. Aloysius rompe en lágrimas y le dice a la hermana James: «Tengo dudas».

Estamos ante una película escrita y dirigida por el dramaturgo John Patrick Shanley, que tiene en su haber sólo dos películas: esta y otra anterior de 1990, Joe contra el volcán. El guion está basado en una obra ganadora del premio Pulitzer y de un premio Toni en su adaptación teatral del propio Shanley, titulada Etapa de duda: una parábola. Un guion con trazas teatrales, lo cual, en este caso, no le resta un ápice de mérito al film, que goza de una dirección de primer orden, vertebrado en un libreto muy bien elaborado.

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Aunque la trama gira en torno a las sospechas sobre el probable abuso sexual de un cura hacia un alumno negro, que puede parecer a priori un asunto falso, sin embargo, el planteamiento que hace Shanley es tan sutil que, a pesar de lo escabroso del tema y la manifiesta bondad del sacerdote, el espectador no alcanza a posicionarse con certeza por ninguna de las partes, pues también ha quedado emponzoñado por las palabras y comentarios de la monja Aloysius.

O sea, al espectador le asalta la «duda», que es sin más el título de la película y lo que pretende Shanley: probar cuán fácil y perverso es sembrar la incertidumbre, con rumores y suposiciones.

Pero el filme en realidad no trata sobre la paidofilia o el abuso sexual. Trata, como la anterior, sobre la malsana tendencia de sembrar cizaña para liquidar, en este caso, al sacerdote protagonista, para eliminarlo moralmente por indicios nada probados y, sobre todo, por el enfrentamiento entre dos personalidades muy diferentes: la del sacerdote que encarna la misericordia y la de la monja que personifica la intransigencia.

El reparto es impresionante, con un sensacional Philip Seymour Hoffman como el padre Flynn, capellán y maestro en la escuela para niños, que hace un brillantísimo y creíble trabajo, como es habitual en él. Meryl Streep es la hermana Aloysius y directora, que de tan bien como interpreta su rol llega incluso a hacerse odiosa. 

Amy Adams es la hermana James, con gran vis dramática, en un papel de monja buena y compasiva, pero empujada por la maldad de Aloysius. Y tiene sus minutos de gloria Viola Davis que, en el breve tiempo que aparece en pantalla, acierta a expresar con absoluto desgarro el dolor que siente, pues es su hijo negro el involucrado en la polémica.

Acompañan con enorme profesionalidad y calidad intérpretes como Lloyd Clay Brown, Joseph Foster, Bridget Megan Clark, Lydia Jordan, Paulie Litt, Matthew Marvin, Evan Lewis, Denis Alabanese, Timothy J. Cox y Amanda Marie Florian. La cinta es una disección del engaño, la hipocresía, la doble moral y el chismorreo. Además, es una película que se hace corta, porque mete al espectador de lleno en la trama quedando con ganas de más, ante la injusticia de la que es testigo.

Es un cine clásico en el mejor sentido, pero que tiene una antesala premeditadamente actual y una trastienda contemporánea. Puede parecer una película «anacrónica, pero su fuerza vence todo prejuicio» (Costa). Y es que, entre el Cielo y la Tierra, hay lugar para la ambigüedad. El ambiente es denso, por la paranoia y el desconcierto omnipresentes, pero nada es tan denso, jugoso, sustancioso y sustancial como los trabajos de Meryl Streep y Seymour Hoffman.

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En un sermón que el carismático sacerdote Flynn da ante los parroquianos durante la misa, se hace una brillante y muy interesante descripción sobre las catástrofes y estragos que provocan los chismes.

En una transcripción casi literal del tal sermón, el sacerdote, ante una atenta feligresía, cuenta cómo una mujer, al sentirse culpable por sus chismorreos sobre un hombre, acudió al confesionario de un experimentado párroco. Le contó su pesar al confesor y le preguntó al viejo padre: «¿Los chismes son pecado? He soñado con la mano del Todopoderoso acusándome con su dedo. Debo pedirle la absolución padre. Dígame, ¿hice algo malo?».

«Sí» —le respondió el confesor—, «ignorante mujer malcriada. Levantaste falso testimonio sobre tu prójimo, no te importó para nada su reputación y creo que tienes que sentirte apenada».

Así que la mujer dijo que lo sentía. Y pidió perdón.

«No tan rápido», dijo el sacerdote. «Quiero que vayas a tu casa, lleves una almohada a tu tejado, que la rasgues con un cuchillo y regreses aquí conmigo». La mujer corrió a casa, cogió una almohada de su cama, un cuchillo del cajón, subió al tejado de su casa y rasgó la almohada. Luego volvió.

El viejo padre le dijo: «¿Cortaste la almohada con el cuchillo?».

Le dijo la mujer: «Sí, así hice».

«¿Y qué pasó luego?».

«Plumas, plumas», repitió. «Plumas por doquier, padre».

Le indicó el confesor: «Ahora, quiero que regreses y recojas cada pluma que voló por el viento».

«Pero es imposible», respondió la mujer. «No sé dónde están. El viento las llevó por todas partes».

«¡Así son los chismes!», respondió el confesor.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

Vídeo 3: La duda

  

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