Zelig (Zelig, 1983), de Woody Allen

  04 Junio 2021

Humor y jerigonza para explicar un trasfondo psíquico dramático

zelig-0Esta película está construida a modo de documental, evidentemente falso, sobre la vida de un supuesto hombre camaleón, de nombre Leonard Zelig, que había dejado boquiabierta a la sociedad norteamericana de la era del jazz. La historia de Zelig tiene su punto de partida el día que mintió al afirmar que había leído Moby Dick, de Herman Melville: lo hizo para no sentirse marginado.

Desde ese día, Zelig tiene un irrefrenable deseo de ser querido, de ser aceptado. Esta poderosa inclinación lo lleva a transformarse en su aspecto y también en su forma de ser, según las personas que lo rodean. Esta extraordinaria cualidad lo convierte en un hombre-noticia, en un fenómeno mediático, lo cual le crea una reputación y un renombre prácticamente insustancial, pero inevitable.

Zelig es testigo de sucesos memorables en los años treinta, y se adapta perfectamente en todo lugar donde cae, dado que asume las características tanto físicas y psicológicas de las personas con las que alterna, mayormente para caerles bien.

Woody Allen conssigue con Zelig una comedia sarcástica y encantadora, cargada de psicología, antropología y todas las «ías» que nombran las ciencias del ser humano. Eso, amén de ser una comedia atractiva y «la creación de ficción más brillante e inspiradade su autor Ciudadano Kane milagrosamente transformada en una comedia desternillante» (como apunta Canby). Al decir de Shickel: «Woody Allen ha elegido un formato que es absolutamente original en su concepción y arrebatador en su ejecución».

Cierto todo, y lo es por la gran dirección que Allen hace de este chocante y mórbido personaje y relato, y por su guion ocurrente al máximo, estratosféricamente cómico y con insondables traumas y patologías de fondo.

Tiene una gran música de Dick Hyman, una gran fotografía en blanco y negro sugerente, de Gordon Willis, que sirve para recrear a la perfección los ambientes y personajes de finales de la década de los años 20 y comienzos de los 30. El vestuario está de diez, así como el impecable montaje.

El reparto es de lujo, destacando el Allen más gracioso y tierno, junto a una maravillosa Mia Farrow, que hace brillar todas sus tonalidades como la grande y bonita actriz que es.

Y les acompañan con la maestría que les caracteriza un reparto de actores y actrices como Gale Hansen, Stephanie Farrow, Garrett Brown, Mary Louise Wilson, Sol Lomita, John Rothman y ¡hasta la famosa novelista Susan Sontag!

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Esta historia tan rocambolesca, ocurrente e inaudita sirve a Allen para construir una perspicaz burla sociocultural, que toma como fundamento la controvertida relación entre la identidad individual y la identidad colectiva.

También aborda el complejo tema del miedo a la pérdida de afecto, e incluso el complicado asunto de la «identidad» propia versus la disolución en la masa que decía Freud: «el individuo integrado en una masa, experimenta, bajo la influencia de la misma, una modificación, a veces muy profunda, de su actividad anímica».

En fin, todo esto conduce al personaje a formar parte de manera complaciente, dentro del núcleo de su entorno-masa social. A pesar de la complejidad de su premisa, que no es ni mucho menos una premisa delirante o loca, pero sí llamativa e incluso cruel, Allen, aun teniendo en cuenta el calado de su ácido sarcasmo, prefiere para el desarrollo de su obra la tonalidad simpática, más que la caustica y mordaz.

Y hay un repaso también a la Historia, pues Leonard Zelig, por el virtuoso tratamiento visual de la película, su tono documental, la multitud de imágenes de archivo y los sofisticados recursos técnicos, puede codearse en la pantalla con personajes muy importantes de la época: el papa Pio XI, Josephine Baker, Al Capone, Marion Davies, Herbert Hoover, Scott Fitzgerald y el mismísimo Adolph Hitler en persona.

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Además, en esta obra, Allen tiene una especial consideración con sus momentos históricos favoritos referentes a la música tipo jazz y, cómo no, a sus propias paranoias y a su conflictiva de índole cuasi psiquiátrica. O sea, su patología en forma, como expone Bellido Torrejón de «mecanismos autistas, mimetismo, fusión con el objeto, identificación adhesiva o envoltorio o coraza psíquica, pertenecen a las llamadas situaciones arcaicas».

Y es que Zelig se transforma en otro para evitar las diferencias, para evitar una angustia insoportable. No se abre al mundo y a los personajes que en él viven, sino que los coloniza en la forma de transformaciones miméticas que son intentos límites de evitar lo que en Psicología y Psicopatología Infantil se conoce como «ansiedad de separación», o mejor, una «catastrófica ansiedad de separación». A esta idea se recurre para explicar los trastornos autistas.

Entonces, el film, aunque en clave de humor, esconde un trasfondo dramático en el terreno personal y psíquico. En Zelig confluyen una malvada madrastra, unos padres beligerantes, culpabilizado por sus padres de todo y castigado por cualquier cosa, incluso con castigos severos como ser encerrado en un armario. El resultado de toda esta disfuncionalidad familiar son: una hermana alcohólica, un hermano ansioso al límite y la adopción de un mecanismo de defensa camaleónico, como forma de supervivencia psíquica. Y de todos esos traumas letales, viene la evidente crisis de identidad que se observa en el personaje a lo largo de la cinta.

En resolución: película en extremo original, que reviste con un manto de incuestionable humor y jerigonza todo un trasfondo trágico y cruel en lo mental y psíquico. La película es asombrosa y de todo punto recomendable para quien le guste el cine, Allen o todo lo demás. Y por supuesto para psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas, que tanto gustan a nuestro cineasta.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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