«Un hombre y una mujer» a lo largo del tiempo

  27 Mayo 2021

La trilogía de Claude Lelouch

lelouch-0Lelouch es el artífice de una especie de seguimiento (de ficción, claro), de un amor que comienza en los años sesenta con Un hombre y una mujer (1966), continúa en 1986, pues él mismo y con los mismos actores ruedan Un hombre y una mujer: 20 años después, una cinta en la cual se reencuentran Anne Gauthier (Aimée) y Jean-Louis Duroc (Trintignant), dándose cita en el mismo restaurante donde se habían conocido y rememorando su pasión de antaño.

Aunque esta cinta no tuvo mucho éxito, en 2019, Lelouch ha construido un tercer episodio más, Los años más bellos de una vida. A continuación, comento este seguimiento singular de un romance que llega hasta nuestros días.

Un hombre y una mujer (1966)

En 1966, Claude Lelouch consiguió una Palma de Oro (ex aequo) con Un hombre y una mujer, lo que entonces se conocía como el Gran Premio, en el vigésimo Festival de Cine de Cannes; y consiguió también dos Oscar (mejor película de habla no inglesa y mejor guion original, que compartió con Pierre Uytterhoeven).

Es un hermoso drama romántico que cuenta de modo singular el nacimiento del amor con su embeleso y sus temores entre Anne, una script, y un piloto de carreras, Jean-Louis. Ensimismados paseos urbanos y por playas normandas, lirismo natural, imágenes bellas y pura vida flotante entre gaseosas imágenes. Se contagiaba al espectador el seductor amor que nace entre ambos personajes. Ambos son viudos y con hijos.

En esta cinta, Lelouch bien puede presumir de ser un maestro del celuloide con la narración plena de un romance que, empero, rodea lúcidamente el típico dulzor del sentimentalismo fácil sin caer en los tópicos lacrimales.

Gran fotografía del propio Lelouch (alternando el color, el blanco y negro, y la tonalidad sepia) y una inolvidable música de Francis Lai sirven para vestir de gala una película que no he olvidado, a pesar de que la vi en su estreno hace la friolera de más de medio siglo. La pusieron en un céntrico cine de mi ciudad, era yo un adolescente y esta peli me marcó.

Era de amor, pero a la vez no era dulzona, era de amor, pero a la vez era como la vida misma, era de mucho amor con un amante, él, que era un hombre taciturno que gusta de pasear en coche con su hijo por la playa. Con muchos flashbacks, intrépidas carreras de coches, amantes que han sufrido ya lo suyo, unas vidas que por atrás asoman pena y pesar, y Anouk Aimée y Jean-Lous Trintignant encarnando de manera maravillosa y carismática a los dos enamorados que inician una andadura dudosa. Unas interpretaciones llenas de miradas, gestos y matices, unos amantes guapos con la belleza añadida que da el amor.

Para mí, esta cinta fue toda una novedad que me marcó. Parece que la estoy viendo ahora. Además, me colé a verla sin mostrar el DNI, lo cual habría impedido mi entrada en la sala pues no tenía los 18 años preceptivos. ¡Gracias señor portero porque sé que me viste en la cara que yo era un joven amante del cine!

  

Un hombre y una mujer: 20 años después (1986)

Corría el año 1986 cuando, tras el fugaz romance en 1966 entre Anne Gauthier (Aimée) y Jean-Louis Duroc (Trintignant), ambos habían seguido diferentes caminos en la vida sin que se hubieran visto más desde aquel entonces.

Anne continúa viuda y es directora de cine. Jean-Louis dirige el equipo automovilístico Lancia e igualmente continúa viudo. Puesto en contacto con él se dan cita en el mismo restaurante donde comenzó su historia veinte años antes y rememoran su pasión de antaño. Igualmente, Anne le pide permiso a Jean-Louis para rodar una película sobre su antiguo idilio.

Secuela del clásico del propio Lelouch, con la misma pareja de actores, esta continuación de la afamada Un hombre y una mujer no tuvo mucho éxito quedando como un petit film de culto del cine francés y poco más.

Esta cinta es una mezcla de ficción y realidad, acciones paralelas, y saltos espacio-temporales que resultan fallidos en el intento de Lelouch por reflexionar sobre amoríos sublimes y cuasi metafísicos.

Finalmente, la cinta se hace de difícil digestión y resulta un producto presuntuoso y vano, un film presuntuoso y fallido.

  

Los años más bellos de una vida (2019)

Y como no hay dos sin tres, en 2019 Lelouch atacó de nuevo con el film.

En esta cinta, al igual que en la primera y la segunda, el subrayado está puesto en un mal augurio de fin de viaje. Ahora la vejez ha asolado el cuerpo y la mente de los enamorados. Lo único que puede significar un hálito de consuelo son las doctas y poéticas palabras de Victor Hugo que la cinta exhibe: «Los mejores años de nuestra vida son los que aún no vivimos». Pero sin duda es una obra agónica, aunque bien adaptada a las cualidades y ritmos de la edad postrera.

Además, Lelouch pone humor, el humor salvífico que se ríe de algunos detalles como la silla de ruedas de él o el Citroën dos caballos de ella. Y también son lenitivos los flashbacks a modo de recuerdos terapéuticos con los abrazos y besos de antaño, la cara juvenil de los protagonistas sesenteros reflejadas en los cristales de un coche, en fin, todo eso que fue y ya no es: tempus fugit.

Ver esta cinta es reencontrarse con la de 1966 que siempre acompaña a quienes la vimos en su momento. Pero es también nostalgia que empuja, en un collage de imágenes de ayer, de hoy, de siempre; imágenes, diálogos y canciones familiares. Con estas mezclas y trenzados, Lelouch ofrece al espectador una especie de legado artístico.

Fotografía estupenda de Robert Alazraki y regular las cancioncillas francesas del tipo Françoise Hardy, cursilonas y así… incluyendo las notas de la conocida música de la primera entrega, compuesta por Francis Lai.

Es de valorar que el director Lelouch haya convencido a tan provectos intérpretes para convertirse de nuevo en los antiguos amantes, solo que ya con ochenta y bastantes años, si bien Anouk Aimée está espléndida y mucho mejor que el anciano Jean-Louis Trintignant. Pero ambos cumplen sobradamente: ella como mujer aún enamorada que va a visitar a Jean-Louis a una residencia donde vegeta; él, un anciano en silla de ruedas y evidentes signos de demencia, con cuya voz sostiene unos diálogos inteligentes, ingeniosos y emotivos.

  

Es gozoso ver a Anouk Aimée en plano-contraplano, con el envejecido Trintignant. Y para que haya de todo, el ocurrente Lelouch hace una secuencia experimental, un collage de tres películas: la actual, la original de 1966 y un corto de 1976, una aterradora carrera por un París desértico de título C’était un rendez-vous, una frenética carrera de punta a punta de París para llegar a una cita de amor.

Y siguiendo con la anterior, en los vidrios del coche, las imágenes de ellos en la primera entrega, muy guapos y amorosos. Todo ello da la sensación de un video-ensayo sobre la vejez, un documento vívido y realista de los estragos y evidencias del paso del tiempo.

Lo mejor que sabe hacer esta tercera entrega es rescatar secuencias del film original del 66. Sin duda, Lelouch pretendió homenajearse a sí mismo, más que aportar una obra nueva y sustancial.

Y con los dos protagonistas ocurre algo similar, al poner en escena el reencuentro de los antiguos amantes, de lo cual, lo más destacable son los dos grandes intérpretes de siempre que aciertan a atravesar más de medio siglo, consiguiendo mirarse el uno al otro con profundidad, sintonía y franca emoción.

Escribe Enrique Fernández Lópiz