El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951), de Alexander Mackendrick

  21 Mayo 2021

Los intereses contra el ingenio

el-hombre-del-traje-blanco-0Fui a ver esta película siendo muy niño y me dejó impresionado, pues por primera vez empecé a darme cuenta de cómo la sociedad, los intereses, la industria y, en fin, tantos y tantos poderes fácticos (entonces no lo habría llamado así, claro), esa potente maquinaria de intereses podía lanzar fuera del «terreno» y hundir a una persona genial que había realizado un invento absolutamente revolucionario y positivo.

Así lo veía yo desde mi mente infantil de aquellos años cincuenta. Y aún hoy lo veo de igual modo.

Veamos, el asunto es que un investigador sencillamente superlativo, Sydney Stratton (Alec Guinness) ha descubierto la fórmula para fabricar un tejido que ni se mancha ni se estropea: ¡superlativo! Sí, pero sobresaliente relativamente, pues el emporio de la empresa textil y los trabajadores de esta industria se le echan encima al pobre hombre para evitar que prospere tan extraordinario descubrimiento.

Cuando yo veía con mis inocentes ojos la trama, ansiaba que triunfara Sydney, que reconocieran finalmente su enorme mérito, que tan buen producto había alumbrado.

Recuerdo que era una época en que cuando se rompía un pantalón por la rodilla, te ponían un parche y a seguir tirando; y si te manchabas, te daban un poquito de cañita pero se lavaba con jabón lagarto y a seguir jugando.

Entonces, el invento vendría a solucionar tanto desaguisado infantil de ropa estropeada o sucia, lo que acarreaba la bronquita de mamá que se echaba las manos a la cabeza cuando nos veía llegar de la calle con la ropa mancillada por las caídas, la tierra o la tinta. Y el tejido del científico de la peli era incombustible. En fin, que me parecía increíble que no se reconociera en el film tamaño invento de ropa irrompible e inmanchable. Fue mi primera toma de contacto con esos intereses espurios que tanta mente brillante han mutilado.

Por supuesto Alec Guinness está archigenial, simpático, haciendo gala de lo mejor como actor cimero que, además, tenía detrás la batuta de un grande del cine, el escocés-norteamericano Alexander Mackendrick, grandísimo director de comedias británicas. Recuerdo aquí otra película suya desternillante, también con Sir Alec Guinness en el reparto: El quinteto de la muerte, 1955.

El guión es del propio MacKendrick junto a Roger MacDougall y John Dighton, libreto excepcional cargado de humor ácido a lo British (nominado al Oscar). Se une a todo esto una estupenda música de Benjamin Frankel y excelente fotografía de Douglas Slocombe (en blanco y negro).

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El dúo MacKendrick-Guinness da lo mejor de ambos genios en esta cinta, concluyendo una película única que queda en nuestras mentes como estrella guía, como paradigma de camino a seguir entre tanto cine bellaco que en el mundo hay, una cinta además con sus dosis de optimismo, humor incluso, visión positiva, aleccionadora, transmisora de valores positivos, que nos enseña que hay que superar las dificultades, que no tenemos que arredrar.

Como escribiera nuestro poeta Goytisolo: «junto al camino nunca digas / no puedo más y aquí me quedo». No, avanti a toda máquina. A pesar de que la cosa no acaba bien del todo… por decir algo, pero que no hay que rendirse.

En resolución, película entrañable que el tiempo ha revalorizado como los buenos vinos, comedia que tiene mucho fondo y que da para pensar bastante, para ejercer la crítica y para que podamos darnos cuenta de que este «Quijote blanco» que es el inventor-protagonista, un individuo inocente, es acusado de pretender causar un mal terrible a la sociedad que lo rodea, sin tener él la mínima noticia del asunto.

Película que busca la reflexión del espectador, siempre con una sonrisa, la que provocan grandes escenas de acción o dislates primorosos de Mackendrick. Su interés está a partes iguales: en lo que cuenta y en cómo lo cuenta.

Una de las mejores representaciones y emblemas del excelente cine británico de humor, drama, ironía y crítica social.

Escribe Enrique Fernández Lópiz