El color del paraíso (Rang-e khoda, 1999), de Majid Majidi

  19 Mayo 2021

El niño ciego que hablaba con Dios

el-color-del-paraiso-0Cuenta la película la historia de Mohammad, un niño ciego iraní de ocho años que, tras acabar el curso en la escuela para ciegos en Teherán, regresa al pueblo con su padre viudo para reencontrarse con su abuela y sus dos hermanas. El padre, un hombre limitado y con planes de boda no sabe dónde colocar al niño que es para él un estorbo.

Sin embargo, Mohamed ve, en su singular manera, la luz y el color de todas las cosas. Aprende rápido y es un alumno brillante en la escuela para invidentes de Teherán. Lo capta todo con mucha más facilidad con su mente abierta y libre, que la mayoría de la gente con sus mentes cerradas y estancadas, incluido su padre.

El comienzo de la película, cuando el niño ciego espera la llegada del padre que se demora y la escena del pajarito en el jardín es auténtica poesía en el cine. Es dolorosa, pero es pura lírica capaz de abrir el corazón más duro e insensible.

De nuevo tenemos al genial Majid Majidi con otro excelente drama donde la infancia es protagonista, curiosamente junto con la abuela, que es la representante de la vejez y la sabiduría.

Excepcional música de Alireza Kohandairy y una asombrosa fotografía de Mohammad Davudi.

En el reparto, de nuevo actores sobre todo infantiles aficionados pero que transmiten mucho con sus sonrisas, y las niñas con las miradas; ellos son Hossein Mahjoub, Salime Feizi, Mohsen Ramezani, Farahnaz Safari, Elham Sharifi y Behzad Rafi.

El padre no sabe cómo hacer para cuidar a su hijo ciego sin comprometer su futuro pues, viudo como es, piensa en casarse de nuevo; pero la familia de la futura esposa no vería bien la presencia del hijo ciego. Así, sin edulcorantes, nos muestra el lado egoísta del ser humano.

La cámara de Majidi acompaña a Mohammad (el niño ciego) a través de hermosas praderas de amapolas, entre los picoteos de los pájaros carpinteros, en el fluir de los ríos, a través de todo aquello que no hace falta ver para sentir. Majidi también nos muestra este lado agradable que es poético y hermoso, pero detrás de todo ello hay un drama humano y una duda existencial que te deja casi aliento. Majidi de nuevo brillante y lúcido.

El título de la película, en su idioma original quiere decir «el color de dios» y no «el color del paraíso», aunque las provincias de Gilan y Mazandran (al norte de Irán), donde se localiza la historia, nos ofrecen una fotografía paradisíaca. Y es justamente a través de la contemplación del color, las formas y los sonidos, amén de unas interpretaciones magníficas, como el espectador se verá sumergido en los conflictos de esta familia iraní, en este drama de abrumadora sensibilidad.

Mohammad es feliz intentando atrapar el viento que siente en la cara, escuchando los sonidos de los pájaros a los que cree entender en su lenguaje, rozando las espigas y las flores con los brazos extendidos, sintiendo la calidez del tacto de su abuela, jugando con sus hermanitas, visitando la escuela rural a la que ellas asisten, en la cual deja asombrados a todos con sus conocimientos de lectoescritura en braille.

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Pero el oscuro penar del corazón del padre oscurece a su vez el vibrante colorido en el que Mohammad se mueve. La felicidad del hijo choca con la infelicidad del padre.

Es, en suma, la tragedia entre los deseos personales y el peso de un vínculo sanguíneo. Esta ficción de la mano de Majidi, que fue el primer cineasta iraní en ser nominado para un Oscar de Hollywood, nos ubica al comienzo en el corazón de Teherán, para contarnos la historia de Mohammad, un niño ciego en una escuela especial de sólo ocho años, que se tiene que enfrentar al rechazo y la soledad por su condición.

Pero su verdadera lucha será la relación con su padre, un hombre viudo de mediana edad quien, presa de su egoísmo, busca rehacer su vida con un nuevo matrimonio y encuentra en su hijo un obstáculo para sus pretensiones. Entre otras lo llevará lejos y lo deja en manos de un carpintero para que le enseñe el oficio.

Es cuando Mohammad, desesperado, triste y alejado de su familia dice unas palabras llenas de sinceridad y desconsuelo: «Nadie me quiere ¿sabe? Ni siquiera mi abuela. Todo el mundo se aleja de mí porque soy ciego. Si pudiera ver podría ir a la escuela del pueblo con los otros niños. Pero como no puedo ver tengo que ir a la escuela para niños ciegos en el otro extremo del mundo. Nuestro profesor dijo que Dios ama a los ciegos porque no pueden ver y yo le dije que si fuera así no nos habría hecho ciegos, para que pudiéramos verlo a él. Él me contestó, Dios no es visible está en todas partes, puedes sentirlo cerca, lo ves a través de la punta de los dedos. Ahora tiendo las manos por todas partes buscando a Dios hasta que pueda tocarlo y pueda contarle todos los secretos de mi corazón».

La escena en que el niño habla con Dios y su afecto hacia «gente como él» es considerada una de las más emotivas en el género, como si de una extraordinaria y bella fotografía del alma infantil y de superación se tratara.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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Niños del paraíso

  

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