Niños del paraíso (Bacheha-Ye aseman, 1997), de Majid Majidi

  18 Mayo 2021

El cine iraní y una película maravillosa de Majidi

ninos-del-paraiso-0Niños del paraíso es una maravillosa película, una perla del cine iraní, un cine mal conocido en España y que, empero, goza de títulos y directores de renombre internacional.

Cuentan las crónicas que la industria cinematográfica en Irán se inició en la década de 1900, cuando el Sah de Irán Mozaffareddín Shah Qavar, en un viaje por Europa conoció el cinematógrafo en la Exposición Universal de París, encargando a su fotógrafo, Mirza Ebrahim Jan Akkás Bashí, que adquiriese la maquinaria necesaria para llevar el cine a su país.

El surgimiento del llamado cine motefavet o cine diferente en las décadas de 1960 y 1970, marcó un giro en la industria filmográfica en Irán en el pasado siglo. El llamado cine motafavet tiene como influencia el neorrealismo o la nueva ola, e impone un estilo realista, de arte y reflexivo, poco comercial, haciendo que la imaginación del cineasta cobre gran relevancia. Pero con la revolución islámica de 1979, la nueva censura se cernió sobre este cine. Ya no sería hasta los años noventa, cuando el cine iraní adquirirá de nuevo un creciente reconocimiento y notoriedad.

En ausencia de una prensa libre, el cine se convierte en el estado islámico en una sutil forma de crítica social. Tras las elecciones generales en Irán de 1997, los cineastas expresaron por primera vez públicamente sus opiniones políticas. La mayoría se pusieron de lado de candidatos progresistas como el ex ministro de cultura, Muhammad Jatami. En este nuevo período llegaron películas que trataban de mujeres y del amor, como Banoo-Ye Ordibehesht (La dama de mayo) de Rakhshan Bani-Ehtemad; o Do zan (Dos mujeres) de Tahminé Milaní, ambas de 1999.

Pero el verdadero reconocimiento de los directores iraníes ya había comenzado con la película sobre el mundo infantil El corredor, 1985, de Amir Naderi. El propio Naderi dice: «Mis películas están hechas desde el corazón; se basan en mi vida y creo que esa energía es la que llega al espectador»; fue un filme muy reconocido.

Marcó igualmente un hito la película de 1987 Jādeha-ye sard (Rutas frías), de Massoud Jafari Jozani, en el festival de Berlín, un filme que sí ofrecía una mirada negativa del Irán de entonces. Aunque estas películas no eran favorables al Gobierno, el Estado iraní apoyó su distribución en el extranjero, aunque en su país estuvieran prohibidas. Y el éxito del cine iraní fue confirmado por numerosos premios. Esto provocó que los cineastas iraníes se volvieran cada vez más exigentes en la calidad de sus trabajos.

Aunque había críticas negativas de occidente al Irán islámico y tradicional, directores de renombre como Abbas Kiarostami o Alireza Davoudnejad, apuntan que sus películas presentan los problemas de su país tal y como ellos los ven, sin entrar en asuntos políticos ni religiosos.

Una fecha importante es 1997, cuando se estrenó El sabor de las cerezas (Tam-e Gilas), de Abbas Kiarostami, que obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes. Algunos jóvenes cineastas, aprovechando este acontecimiento, obtuvieron reconocimiento igualmente, como ocurrió con Bahman Ghobadi, que consiguió la Cámara de Oro en 2000 por su primer largometraje, Un tiempo para la ebriedad de los caballos (Zamāni barāye masti-e asbhā), o Samira Makhmalbaf, la hija de Mohsen Makhmalbaf, que dirigió Las manzanas (Sib) en 1998, a la edad de 18 años, con notable éxito.

Desde entonces las películas iraníes han sido regularmente nominadas o han ganado premios prestigiosos en Venecia, Cannes, Berlín, etc. En 2006, nada menos que seis películas iraníes representaron al cine de su país en el Festival Internacional de Cine de Berlín, todo un acontecimiento para el cine persa.

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Genial película de Majidi

Niños del paraíso es una película magistralmente dirigida por Majid Majidi, con un gran guion del propio director. Majidi se declara en este filme como un excelente director, uno de esos cineastas capaces de emocionarte con una historia sencilla, casi minimalista, con una dirección brillante y lúcida. Tiene la película además una música bellísima de Keivan Jahanshahi, amén de una fotografía de lujo de Parviz Malekzade. En el reparto hay niños, también adultos, con actuaciones de sorprendentes de parte de Amir Naji, Amir Farrokh Hashemian y Bahare Sediqui.

El filme trata un drama infantil en el que dos hermanos en edad escolar pasan por un trago amargo, para las precarias condiciones que viven. La pequeña Zhore, la hermana pequeña de la familia ha perdido sus zapatos porque su hermano mayor Ali los ha extraviado.

En 1997 consiguió el premio a la mejor película en el Festival de Montreal. Y en 1998 fue nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa.

Es una película de escasísimos medios, lo que se hace evidente en su planificación, fotografía, actores prácticamente aficionados y los escenarios de las mismas calles en los barrios pobres de Teherán. Pero algunas elipsis y escenas de singular encanto compensan con creces estas dificultades de producción.

Niños del paraíso muestra de manera patente que se puede realizar un cine hermoso sin muchos medios técnicos ni económicos. Lo que hace falta es una buena historia que contar, una historia humana, y la elección de los actores adecuados (niños maravillosos en este caso). Con estos sencillos ingredientes Majidi ha creado una película exquisita cargada de sentimiento.

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A uno se le remueven las entrañas cuando ve los llorosos ojos de del niño o la triste cara de la pobre niñita que ha perdido sus zapatos. Película triste, sí, pero humana, cargada de esperanza y muy bella. Majidi nos da una lección: en el cine lo importante no es el dinero, sino la historia que quieres contar y las ganas y capacidad para contarla bien.

Esta joya de un Majidi entonces desconocido se sustenta en un soberbio guion del que también él es autor. La fuerza de la historia es tan avasalladora que nos empuja a seguir a sus personajes e involucrarnos en sus peripecias. Nos angustiamos y sonreímos al compás que nos marca su director, hasta que nos conduce a un final apoteósico, soberbio y efectivo.

Los niños inundan la pantalla y nos hacen olvidar los absurdos problemas en los que nos vemos involucrados los occidentales. Sus carreras por las angostas calles nos mantienen en vilo, lo cual se aleja del tópico que definía el cine iraní de lento. Es destacable una gran música muy bien utilizada que acentúa la tensión del filme.

Esta joya iraní testimonial y necesaria para las personas que trabajan en la comunicación y sobre todo la educación infantil, evidencia cómo los problemas de los adultos cruzan y modifican la vida de los niños de forma muy importante, sobre todo cuando se trata de la pobreza y las desigualdades sociales.

Y no hay que perderse el emocionante final, en el que Ali tratará por todos los medios de conseguir unas nuevas zapatillas para su hermana, en una competición deportiva.

Pura poesía, cine bello y emotivo, una película que no es comercial, que no tiene efectos especiales, pero un filme que deja huella.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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