Ático sin ascensor (5 Flights Up, 2014), de Richard Loncraine

  07 Mayo 2021

Agradable comedia con Freeman y Keaton en sintonía

atico-sin-ascensor-0Esta comedia amable y simpática elude la parte amarga que se puede intuir en una situación como la que narra el film. Realizada de manera sencilla y franca, no deja de tener ribetes de la estupidez propia de nuestro tiempo.

Lo que sí evidencia es que hay que saber gestionar la vida, más aún cuando la vejez asoma en nuestras vidas, momento en el cual hay que ser selectivos con nuestras actividades y compensarlas en lo posible.

Pero todo cambio implica aspectos económicos, emocionales y morales que no son sencillos de conciliar, pues, además, cualquier opción de futuro se relaciona con el pasado y el pasado sigue presidiendo la vida y tiñéndola de nostalgia, más aún cuando se trata de abandonar la vivienda de toda la vida por una nueva.

En la historia, un matrimonio longevo, Ruth y Alex (Diane Keaton y Morgan Freeman), lleva más de cuarenta años viviendo en Nueva York en un precioso ático en el barrio de Brooklyn. Pero el apartamento carece de ascensor, lo cual comienza a ser un problema para ellos dada su edad que les impide hacer tamaños esfuerzos de subidas y bajadas a pie, a diario. Entonces planean cambiar de piso vendiendo el suyo para adquirir otro más confortable y sobre todo con ascensor.

Pero este proyecto tropieza con los recuerdos y la melancolía relacionada con los bonitos momentos que vivieron en esa casa; de hecho, la cinta incluye flashbacks de los protagonistas en su juventud, bien traídos a la historia.

A todo lo anterior se unen las dificultades para venderlo, lo cual desencadena escenas y momentos entrañables y difíciles a la vez, pues «no se trata sólo de vender un piso, se trata de vender una vida. Y, claro, comprar otra, donde no haya escalones físicos, pero donde puede haber cimas más dificultosas» (Ocaña).

Y es que la vida es una continua puja, un encadenamiento de decisiones, desde las más triviales a las más esenciales, en las que siempre hay que valorar el precio de cada una de ellas: el económico, el sentimental, el moral y el emocional. 

El director Richard Loncraine consigue dar la vuelta a un enorme drama para convertirlo en una simpática y digna comedia, que esconde a base de humor lo escabroso de la historia: la inevitable decadencia, la costosa ascensión escaleras arriba, la soledad —el perrito muerto—, la senectud asomando las orejas, la muerte en ciernes, etc.

Mas, en lo general «su tono jocoso e irónico, hacen adorable esta comedia que reniega abiertamente de su parte amarga, del acoso de la vejez, del virus inmobiliario y del trauma post 11-S» (Oti Rodríguez). Y esa mirada chistosa (aunque en el fondo vitriólica y apenada), se endulza un tanto más al introducir entre la algarabía del presente, flashbacks del pasado feliz de la pareja desde que aterrizaron en esa casa recién casados.

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El guion de Charlie Peters es meritorio narrativamente hablando y por sus chispeantes diálogos que dan cuenta de la dificultad de los personajes de romper con su pasado, como cuando Freeman dice: «Cuando nos mudamos a Brooklyn nuestros amigos pensaron que nos estábamos yendo a Nebraska». Y es que como refleja bien el libreto, «el matrimonio feliz anhela el hogar sin gentrificar al que se mudaron siendo jóvenes, una zona más barata que Manhattan, más auténtica, y en la que, por encima de todo, se podían permitir comprar el ático sin ascensor que ahora se ven obligados a vender» (Bermejo).

Pero todo esto no sólo alude a las limitaciones que la edad avanzada impone, sino igualmente a una idea central de la obra, la de que la pareja se ve obligada a vivir el tiempo suficiente para constatar que el mundo se está convirtiendo en un lugar peor, más inhabitable, más invivible; entre otras la despiadada ética de las inmobiliarias urbanas en Nueva York o en cualquier lugar, como bien sabemos casi todos, y el salvaje mercantilismo que rige con su implacable ley del dinero.

Es bonita la música de David Newman y luminosa la fotografía de Jonathan Freeman, así como la puesta en escena. Y en la atmósfera del film flota cierta calidez humana, una grata serenidad expositiva, donde todo da la impresión de que se cuenta en voz baja, sin algazaras ni ruido.

En el reparto, Morgan Freeman y Diane Keaton despliegan carisma, buen hacer actoral, credibilidad, simpatía y química; su tono alegre y sarcástico arroja alegría y encanto a la comedia.

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Acompaña un elenco de actores de reparto muy profesional como Cythia Nixon, Claire van der Boom, Korey Jackson, Carrie Preston, Sterling Jerins, Josh Pais y Miriam Shor.

Destacaría algunos aspectos principales del film. Por un lado, la interpretación de sus dos protagonistas, un Freeman que parece un actor todo terreno y una Keaton que cumple con colmo en la película; y ambos en plena sintonía. Los flashbacks resultan algo impostados, pero aclaratorios.

Es destacable igualmente que no es una obra en la que se profundice demasiado en la vejez como etapa de la vida con sus rasgos y características, pero al menos se aborda la temática, si bien bajo el lenitivo prisma del humor.

Y por supuesto, el film muestra la realidad social de las irregulares componendas que utilizan los agentes inmobiliarios para vender caiga quien caiga.

Por último, aborda también el film la paranoia y la estulticia de los americanos en el asunto del terrorismo como telón de fondo en sus vidas.

A mí me ha parecido una película para pasar un buen rato acompañado de dos grandes —en el sentido de calidad y de edad—, del cine contemporáneo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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