Los idiotas (Idioterne, 1998), de Lars von Trier

  27 Abril 2021

El día que salí del cine en estado de shock

los-idiotas-0Llevaba yo un día caminando durante horas por las larguísimas calles de Buenos Aires cuando, cansado, reparé en este título sugerente, Los idiotas, que se estrenaba en un cine de la capital austral. Y ahí me fui a sentarme, a distenderme, descansar y visionar el film.

Mi sorpresa fue mayúscula. Unos jóvenes comparten su afición por la idiotez de tal manera que en una casa campestre pasan el tiempo, juntos y profundizando y ejercitando manifestaciones y comportamientos propiamente estúpidos. Su filosofía es esa e incluso encaran el mundo social con ese tipo de actuaciones imbéciles.

Karen, una mujer solitaria y reservada, después de participar involuntariamente en una de sus actuaciones, se une al grupo. Es quizá la única persona honesta del film, que va al grupo como experimento balsámico para combatir la depresión que la aqueja, la única de todos que se lanza al vacío sin paracaídas.

Los demás no tienen la valentía que se les suponía de arriesgar sus vidas personales en su contexto más próximo. Trier se ríe de ellos. Como reírse de la burguesía, pero con comodidad.

La película tiene secuencias buenas, a veces no se entiende apenas lo que se habla. A veces da para pensar que lo que ocurre en una obra como esta importa un pepino. Hay secuencias como para despiporrarse, como la del chico, los motoristas y la movida gay.

Y el restaurante, la orgía, el libertinaje, la escena de la ducha, narrado de manera grotesca como para no molestar. Con una estética joven y diferente.

Se ve que los daneses están a favor de las buenas costumbres y de la libertad de expresión.

Fueron transcurridos unos días cuando me informé de un movimiento cinematográfico de nombre Dogma, con una reglamentación obra de los directores Lars Von Trier y Thomas Vinterberg, se proponían a rodar películas sin música, decorados u otros artificios, y cámara en mano.

El su parte final, el film tiene una sucesión de escenas y secuencias en que los protagonistas provocan situaciones violentas ante gente desconocida que lesiona su vergüenza; y sucede por la cara, pues no se trata de un documental ni es «cámara oculta» sino que hay un libreto y es interpretado por actores. Es pues que las secuencias, una tras otra dan la impresión de estar ante una especie de cámara oculta o meras estupideces.

Realmente el producto puede parecer lo que cada cual opine, pero nadie va a negar que la película es rupturista e incluso provocadora. Yo salí con la boca abierta y quise entender que el director Lars von Trier pretendía buscar ciertas certezas de la forma más peregrina imaginable, o sea, a través de la idiotez. Era algo que nunca se me había pasado por la cabeza y a fe que consiguió descolocarme bastante.

Lo que había visionado era algo muy diferente a otros abordajes o temas en el cine e incluso en la vida. Uno puede profundizar en la locura, en la mística o en el mundo de los tóxicos, pero meterse de hoz y coz en el cretinismo más absoluto, no diré que me pareció algo extravagante, sino un «sinsentido-con-sentido» total.

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O, como escribe Sánchez, no sin cierta rimbombancia pero con sustancia: «Obra maestra de un moralista que busca la verdad a través de la anarquía, de un ateo que busca el absoluto a través de las debilidades humanas».

En todo caso, la subversiva y bizarra propuesta de Von Trier invita a la reflexión. No creo que el propósito de la película sea cachondearse de los discapacitados ni de personas cuyas cualidades mentales estén por debajo de los límites establecidos. Sí creo que lo que hace es evidenciar el idiota que todos llevamos dentro (algunos más que otros) y criticar despiadadamente actitudes y pautas de nuestra sociedad que revelan, entre otras, la desventurada condición humana.

Fue la segunda película del turbulento movimiento cinematográfico Dogma (Dogma 2), un código normativo creado por los directores Lars Von Trier y Thomas Vinterberg, a partir de un manifiesto, en el cual se comprometen a filmar sus películas sin el empleo de música, sin ornamentos, sin un vestuario especial, sin decorados ni estudio de rodaje, sin iluminación artificial y la cámara en mano.

Transcurre nuestra existencia rodeada de idiotas, y cuanto más queramos formar parte de ese magma vano y vulgar que nos impregna y influye cotidianamente, más cerca estaremos de convertirnos en unos necios (con perdón) integrales, sin opción a cierta garantía de supervivencia (moral). Pues, en ocasiones, la toma de conciencia de nuestra idiotez es ya un salvoconducto para la esperanza.

De modo que lo más lúcido que pude extraer del film es que Lars haya querido poner en imágenes esa evidencia y ese espíritu idiota que en alguna medida nos habita y de ahí en más, extender la crítica a nuestra majadera sociedad de consumo. Lo cual es un decir, mi decir.

A la salida, emboqué la calle Corrientes y la recorrí de cabo a rabo en estado de cuasi shock.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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