Sobre cine quinqui

  02 Marzo 2021

Lo quinqui pugna por repuntar de nuevo

quinqui-stars-0Parece que hoy toca hablar un poquito de «cine quinqui», un cine de los años setenta y ochenta, sobre todo. Cine vilipendiado, marginado por la burguesía y que, sin embargo, llenaba las salas.

Puede ser cierto eso de que «hay cine de ricos y cine de pobres». El controvertido escritor y filósofo rumano Emil Cioran vaticinó que «el futuro pertenece a las barriadas periféricas del globo», y también afirmó que se adquiriría un mayor conocimiento sobre la vida siendo barrendero que dedicándose a los estudios filosóficos.

Empiezo con Ciorán que era en cierto modo un marginado, alguien a quien le costaba mucho integrarse. Y, tras esta introducción, vayamos a los quinquis.

El quinqui es igualmente marginal, limítrofe, como aquellos jóvenes setenteros a quienes les tocó el final de la dictadura con el regocijo y la inconsecuencia de la droga, los coches robados, la experiencia de ser perseguidos por la policía, aquellos jóvenes del tirón al bolso y a correr porque había que comprar caballo o cualquier otra mierda para meterse un chute.

Tenemos en España a un importante cineasta «social», Juan Vicente Córdoba, quien en 2016 recibió un premio Goya al mejor cortometraje-documental por Cabezas habladoras, donde personajes de la vida cuentan ante la cámara sus aspiraciones y sus sueños.

Vicente Córdoba ha sido el director de la última película afín al subgénero quinqui, de título Quinqui Stars (2018), en la frontera entre el documental creativo y la ficción, que arranca en las transformaciones habidas entre los años 70 y 80 en las barriadas periféricas de Madrid, y sus repercusiones en una juventud camino a la delincuencia.

El pasado mes de febrero escribió en la prensa: «En los 70, en Entrevías-Vallecas, el descampado brillaba como el espacio quinqui en los límites de la ciudad. Entre los terraplenes, los vagones y las vías, los quinquis pasábamos el tiempo peleando al calor de una hoguera subidos a un Seat 124, bebiendo litronas, fumando canutos y escuchando el casete. Éramos rebeldía y marginalidad. En mi barrio, Santi el Loco, el Munster, el Roger, el Tejera eran como el Torete, el Vaquilla, el Manteca, el Mandarina, el Fitipaldi, el Pesicolo y el Jaro (…) una cultura popular de barrio tardofranquista dominante de hormonas masculinas donde la mujer solo era un objeto de deseo. Un tiempo violento y fugaz».

En fin, época aquella de mucho paro, pocas ayudas a los desempleados, mucha transgresión y jóvenes que adoptaron la forma de actuar de aquellos pandilleros reales y del celuloide; jóvenes convertidos en fantasmas cuando la heroína empezó a entrar a saco con su estela de muerte y desesperación. Como afirma Vicente Córdoba, «No existimos por nosotros mismos, sino por los elementos que han rodeado nuestra formación».

En Córdoba ha habido la necesidad de ordenar su vida y su mundo, lo que le ha llevado a recuperar este movimiento cinematográfico quinqui tan denostado por la burguesía como cine de cuarta o cine de chorizos, sin tener en cuenta que es un cine que bebe de la necesidad de afrontar nuevas formas del compromiso.

Además, lo que ocurría en los años 70 u 80 ha cambiado, pero la situación sigue siendo bastante preocupante: fracaso escolar, violencia de género, inmigrantes extranjeros, etc.

quinqui-stars-1

Joaquín Florido Berrocal, Luis Martín-Cabrera y otros, en el libro colectivo, Fuera de la ley: Asedios al fenómeno quinqui en la Transición española afirman: «El quinqui tiene un estatuto ontológico inestable, no se sabe muy bien si es payo o gitano, aparece en el espacio límite de la otredad y la diferencia, en los márgenes».

El tiempo quinqui coincidía con la movida madrileña, el rock, los colocones y la búsqueda de la nueva libertad tras la dictadura franquista. Pero, por otro lado, hubo también la realidad del paro, acrecentado por una salvaje reconversión industrial y por la consiguiente precariedad.

Pero lo quinqui ni está en aquella postmodernidad de Almodóvar y otros, ni tampoco hay que buscarlo en la narrativa contra hegemónica marxista y obrerista. Lo quinqui viene a ocupar un espacio intersticial entre estas dos versiones antagónicas.

Con La Movida compartía el culto a las drogas, sobre todo la heroína, la negación punk del futuro y la moralidad burguesas, pero se inscribe igualmente en el horizonte de las transformaciones económicas y los movimientos de la clase obrera de los años ochenta.

Lo quinqui pugna por repuntar de nuevo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

quinqui-goya-cabezas