El autor (2017), de Manuel Martín Cuenca

  06 Febrero 2021

Falta de talento del aspirante a escritor y recreación de la vida

el-autor-0De excelente en todo sentido, así califico esta obra. Tiene sus dosis de profundidad y calado en torno a la vida, proyecta una panorámica sobre la vocación, y el afán y el esfuerzo por alcanzar las metas que uno se propone, posee ángulos recónditos sobre los que pensar la naturaleza humana y, en fin, una cinta superlativa, guion fino y con intérpretes de primera línea, sin olvidar la fotografía y la música.

Cuando empiezas a ver el metraje, cada fotograma te atrapa y te dirige por derroteros con los que muchos espectadores —cada cual desde su posición en el mundo— podrán identificarse. La frustración, el deseo de alcanzar la excelencia, lo incierto de la existencia, un ritmo adecuado a la trama, tan importante para mantener el espíritu alerta y la sorpresa en la parte final, tan importante para salir de la sala con el espíritu gratificado.

En la historia, Álvaro (Javier Gutiérrez) se separa de su esposa Amanda (María León), una exitosa escritora de literatura tipo bestsellers. El motivo principal que guía la vida de Álvaro es escribir literatura de primer orden, de la buena; su sueño es escribir la Novela, con mayúsculas, no literatura comercial como la que hace su exesposa. El protagonista alberga el íntimo convencimiento de que su vida «plana» solo tendrá sentido si logra escribir esa novela.

Pero hete aquí que Álvaro carece de capacidad, no está dotado para ser escritor; no tiene talento ni imaginación. Pero él insiste y mucho, tanto que incluso lo despiden de su gris trabajo en una Notaría por falta de rendimiento. Asiste cada tarde a un seminario de escritura donde su profesor de escritura (Antonio de la Torre) le asesora, le grita, lo critica o incluso lo insulta sin piedad delante de los demás asistentes al seminario.

Ese profesor le certifica que su producción literaria merecerá la pena únicamente si se alimenta de lo vivido, si consigue ser auténtico cuando describa a sus personajes. Estas sugerencias y la perseverancia de Álvaro hacen que indague sobre los fundamentos de la novelística, hasta que un día se le enciende una luz interior que le señala que la ficción se escribe con la realidad. A partir de ese punto comienza a conocer y a manipular a sus vecinos, a la portera y amistades a fin de crear una historia verídica capaz de superar la ficción. Las derivaciones de la trama son diversas, con un inesperado final.

La dirección de Manuel Martín Cuenca hace posible esta película que te atrapa en todo sentido, una pendiente de tensión y emoción te embarga interiorizándote del personaje principal y consigue, como escribe Boyero, «renovar el milagro de mantenerme durante un par de horas atento a lo que ocurre en la pantalla, meterme en la turbia historia que me están narrando, sorprenderme con giros tan perversos como imaginativos, hacerme reír».

Así es, Martín Cuenca aplica la inteligencia y la mala leche para conseguir que el universo que plantea en el film resulte de todo punto imprevisible, intentando crear arte a base de manipular la realidad, haciendo creíble lo que parece esperpéntico.

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El guion de Martín Cuenca junto a Alejandro Hernández es adaptación de la novela de Javier Cercas El móvil (1987), donde el protagonista, según Cercas «es un escritor ambicioso que escribe una ambiciosa novela. Esta novela dentro de la novela cuenta la historia de un joven matrimonio, asfixiado por ciertas dificultades económicas que destruyen su convivencia y socavan su felicidad; tras largas vacilaciones, el matrimonio resuelve asesinar a un anciano huraño que vive austerísimamente en su mismo edificio».

Pero el mérito del guion es la sabia adaptación de la literatura de Cercas al lenguaje cinematográfico. El retrato veraz de personajes increíbles e incluso surrealistas como la portera del edificio en su insatisfactorio matrimonio, los inmigrantes a punto del desahucio que para nada quieren volver a su México natal, un viejo solitario y fascista.

Todo un retrato pérfido y enconado de una comunidad de vecinos singular, cada cual con sus puntos débiles y con sus componentes de maldad. En realidad, la componenda es la de un escritor fracasado que se convierte en un fisgón, un cotilla en toda regla, un voyeur y metomentodo con sus vecinos para poder manipularlos, hacer que se comporten de una u otra manera forma y que vayan ellos mismos escribiendo el argumento de su novela. Una trama rotunda, sin fallas, negra, viscosa e incluso de humor dulce y agrio a la vez, que funciona con brillantez de principio a fin.

Excelente fotografía de Pau Esteve Birba recreando un decorado minimalista, limpio, de inmaculadas paredes y sin apenas mobiliario, tan desnudo como el relato. Y resulta muy bien, por más que particular, que el cancionero de José Luis Perales acompañe a los títulos de crédito:

 

En el reparto, un descomunal Javier Gutiérrez acomete de manera excelente el papel complicado y laberíntico de un hombre frío y gaseoso, que el actor resuelve de manera sobresaliente.

Antonio de la Torre está explosivo y brillante en su rol de profesor de escritura para su rol de profesor de escritura para frikis y otras raras especies. Estupenda Adelfa Calvo, quien con tanta entrega y saber hacer interpreta a la prodigiosa, ladina y graciosa portera.

Y acompañando mejor que bien María León, Adriana Paz, Tenoch Huerta, Rafael Téllez, Craig Stevenson, Miguel Ángel Luque, Carmelo Muñoz Adame y Domi del Postigo.

Hay que aplaudir a Martín Cuenca por este film que cuenta con reconocimientos y aplausos. Nuestro director sorprende y subyuga con una farsa trágica sobre la gran mentira de la creación. Una película esplendente y complicada a la vez, con angulaciones, laberintos, es también una cinta cargada de ceguedad y a la vez libre y diáfana, profunda por mor de su superficialidad, en la que se plantea si es lícito alterar la realidad para alimentar la ficción.

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Así es. No es una película para cualquiera, sí para cualquiera que sepa apreciar un producto de calidad donde se pone en cuestión qué ocurre cuando se carece de talento, este mundo donde todos queremos ser los mejores. Pues cuando no hay instinto creativo, lo que resta es ser un plagiador imaginativo.

O más grave, ha de transmutarse el alguien lo suficientemente tenaz para recrear la vida, lo cual a veces se consigue perdiéndola. Y no hablo sólo en el sentido biológico, sino en el plano de cómo la ambición te puede arrastrar a tirar por la borda el amor, el goce de la naturaleza, la crianza de tus hijos e incluso tu propia reputación. Como dice Martínez: «Morir para saber, por fin, qué hacemos aquí».

Toda película que hable de nosotros, con la cual podemos identificarnos y traer a nuestro mundo aspectos recónditos pero importantes, ese tipo de cine, incomoda. Mas a pesar de esa molestia inicial, transcurrido un tiempo, poco o mucho, se agradece su beneficioso efecto sobre nosotros. Como se agradece en esta película la vitamina existencial que nos aporta.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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