Jason Bourne (Jason Bourne, 2016), de Paul Greengrass

  03 Febrero 2021

Repetición y secuelas clónicas

jason-bourne-0Desde hace años he venido viendo la saga de Bourne. No veo mucha película de acción, pero de las que veo, las de Bourne son de las que más me gustan: ritmo trepidante, ciudades diversas, persecuciones en toda regla, y así.

Y de esta que ahora comento en particular, me ha parecido meritorio el tono de vértigo que Paul Greengrass vuelve a imprimir a esta cinta y como siempre, un Matt Damon que parece el actor más apropiado para el personaje, como hecho a medida. Por lo demás, nada nuevo, como ahora diré.

Lo que no se puede negar es que, a estas alturas del partido, Greengrass y Damon han perfeccionado y conjuntado sus habilidades hasta el punto de que son capaces de ponerlas en práctica con inigualable eficiencia.

En esta entrega, Jason Bourne ya ha recuperado por fin su antes confusa memoria. Pero sigue teniendo sus lagunas, claro. El más mortífero agente de los cuerpos de élite de la CIA ha pasado doce años de limbo desde la última vez que lo viéramos operando en la clandestinidad. Pero aún le quedan preguntas sin respuesta, sobre todo de su pasado, de su padre trágicamente muerto por una bomba supuestamente en un atentado, atentado de corte muy dudoso. O sea que tenemos a un Bourne atormentado que ha de salir de las sombras para aclarar muchos interrogantes.

Ahora que Bourne reaparece, lo hace en un mundo convulso: crisis económica, colapso financiero, guerras informáticas con organizaciones que pugnan por el control sobre personas e instituciones o gran inestabilidad general. Y desde un lugar recóndito y oscuro, Bourne reanuda la búsqueda de la verdad, la suya, y otras que se le van planteando en el camino. Y como siempre, huyendo de una implacable persecución sobre su persona.

El resumen de la historia es que Bourne malvive en los Balcanes ganando peleas clandestinas. Hasta que su amiga Nicky le necesita: ha descubierto nuevas operaciones encubiertas de la CIA y quiere filtrarlas online, a lo Wikileaks. Hay otros elementos, pero esta es la espina dorsal del film.

El director Paul Greengrass hace una dirección tan agitada como las que nos tiene acostumbrados. Es de los pocos directores capaces de rodar como si fuera cámara en mano, pero sin serlo, una acción que te desata la adrenalina a mil por hora.

Aquello empieza y en un segundo entras en un maremágnum de laberintos que Greengrass «maneja como si fuera un gigantesco tetris en el que, a velocidad de vértigo, va a encajando las piezas una a una hasta conformar un bloque compacto y macizo que te deja sin respiración» (Cuéllar). Por lo tanto, Greengrass se merece una elevada nota como realizador de este otro Bourne, en este sentido técnico y de realización.

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El guion, del mismo Greengrass junto a Christopher Rouse y Matt Damon, con personajes de Robert Ludlum, es igualmente dinámico y movido, y además está bien elaborado, aunque como dice Alegré, y no le falta razón, es «un chupito de adrenalina cuyo argumento cabe en un post-it». En cualquier caso tiene su toque emotivo y además aborda cuestiones de candente actualidad.

La música de David Buckley y John Powell posee fuerza y sustancia, y el tema final de Moby, muy apropiado para el film. La azulada y magnífica fotografía de Barry Ackroyd cumple con el resto. Amén de efectos especiales y persecuciones antes nunca vistas.

El reparto es un Matt Damon en su justo punto de sazón como Bourne. Alicia Vikander, bonita, pasa el corte. Julia Stiles es una actriz que me gusta con su boca cubista. Tommy Lee Jones excesivamente arrugado, pero en su gran nivel de actor. Vincent Cassel es un actorazo que hace de malo a las mil maravillas. Bien, Ato EssandohRiz Ahmed, estupendo como el gurú de la informática Aaron Kalloor. Y acompañando a la perfección Scott, Bill CampVinzenz KieferShepherd Kumken, y otros.

Cuando El ultimátum de Bourne (2007) fue estrenada, Damon aseguró sentir que la historia de Jason Bourne, asesino amnésico en busca de su propia identidad, ya había sido contada. Buena parte de lo que convirtió aquella trilogía en una de las ficciones más influyentes para el cine de acción moderno, además de la cámara al hombro nerviosa y las increíbles secuencias de acción, eran la ambigüedad consustancial al personaje y su falta de certezas acerca de su propia identidad, de su moralidad y de su posición como amenaza para la seguridad de su país. Y hete aquí que nueve años después, como escribió Salvá, «esa vulnerabilidad y ese trauma psicológico apenas son aludidos y en ningún caso usados de forma efectiva».

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Mas ya vemos, aquí tenemos este cuarto capítulo con Damon casi una década después de la primera. Creo que se hace por dinero (poderoso caballero), también por darle continuidad a la obra que queda abierta para otra sesión de velocidad, y también un poco para introducir ciertos adornos morales, sociales, políticos e ideológicos que incluyen protestas contra la austeridad, y referencias a Snowden y a los derechos que nos arrebatan aquellos que dicen protegernos.

Pero en honor a la verdad, mejorada y ampliada en algunos aspectos, esta cinta ya la hemos visto antes. De ahora en adelante, hay que renovarse o morir. Hacer algo nuevo o no moverse.

Esta película suple o compensa su falta de enjundia con una fuerza motriz despiadada y una sucesión de espectaculares persecuciones y viscerales combates cuerpo a cuerpo que te hacen subir la tensión arterial sin duda, amén de provocar taquicardia.

Pero esas escenas ya las hemos visto casi iguales en otras películas de la saga. Entonces impactaban, sobre todo porque eran sorprendentes y nuevas. En esta entrega ha sido repetición y aluvión de secuelas clónicas.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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