Carne de horca (1953), de Ladislao Vajda

  01 Febrero 2021

Bandoleros de la mano de un enorme Vajda

carne-de-horca-0Se sitúa la película a principios del siglo XIX, en Sierra Morena y en la Serranía de Ronda, donde abundaban los bandoleros, hombres que sembraban el pánico asaltando e incluso asesinando a los viajeros que se aventuraban por aquellos parajes.

Como es sabido, muchos de estos bandidos entraron a formar parte de la leyenda, de las coplas y de los romances que se pregonaban ilustrándolos con dibujos en grandes pliegos, como se ve al inicio de la cinta, como un espectáculo atractivo para el público asistente a la función, que incluía la idealización de dichos malhechores acompañado de cantes, exclamaciones y alguna copla de María Dolores Pradera.

Incluso en ocasiones, personajes como Curro Jiménez, Diego Corriente, El Tempranillo o Luis Candelas pasaron a la mitología del buen bandido, del bandido meritorio que robaba a los ricos para repartir entre los más necesitados, o sea, el bandolero generoso. La realidad era que aquellos hombres eran sanguinarios y despiadados. Pero en la película, uno de estos bandoleros, Lucero, era considerado justamente como como el defensor de los pobres y menesterosos de la serranía.

El director Ladislao Vajda fue un cineasta húngaro muy influido por el expresionismo alemán, que incluso trabajó como montador en los años 30, junto a Billy Wilder o Henry Koster, y también realizó tareas de dirección artística entonces. Dirigió películas en países diferentes (Portugal, Inglaterra, Italia, etc.) y también estuvo muy instalado en España.

Vajda tiene un elevado nivel técnico y gen capacidad narrativa, lo cual se hace efectivo en este film que tiene una factura excelente, una gran ambientación, una brillante utilización de los exteriores, bien contado, bien definidos los personajes; en suma, narrado de forma sobria a la par que soberbia. Vajda consigue todo esto en este film que tuvo un gran éxito en su estreno en el cine Coliseum de Madrid y que fue reconocido también por la crítica especializada.

Muy bueno el libreto escrito por José Santugini, abundante y expresivo en el planteamiento de la historia y de las relaciones entre los protagonistas, incluidos los secundarios; y los intereses que mueven a unos y a otros, con estupendos diálogos.

Magnifica banda sonora compuesta por José Muñoz Molleda, que fuera habitual colaborador de Edgar Neville y de otras grandes producciones a lo largo de los años cincuenta y sesenta. Se da también la acertada inclusión de estrofas de la laudatoria copla del principio cantada nada menos que por María Dolores Pradera, contrastando con las crueles actividades de los bandidos.

Encomiable fotografía de Otello Martelli y Eloy Mella, en blanco y negro, con un excelente manejo de la cámara: planos de fondo, enfoques y primeros planos sumamente secos y descriptivos.

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Al ser una coproducción hispano-italiana (pionera en este tipo de colaboraciones que luego serían más habituales a partir de mediados de los 50), el film cuenta con actores de ambas nacionalidades. Rossano Brazzi, uno de los galanes más importantes del cine italiano de los años 40 y 50, encabeza el reparto con un gran trabajo como hijo de un rico hombre que huye de la justicia hasta convertirse en una especie de bandolero «aficionado». 

Fosco Giachetti está muy bien en el rol de bandolero, como dice Méndez Leite, «profesional». Y Emma Penella, a pesar de hacer un papel más acomodaticio, también destaca en su buen trabajo.

Igualmente hay que tener en cuenta que, sin duda por el prestigio de Vajda, esta película consigue actores de reparto de primerísimo nivel, como el gran actor de teatro y cine de los 40 y posteriores Luis Prendes, que está excelente, a pesar de ser un papel pequeño el que interpreta.

Igualmente aparecen los insignes José Nieto, José Isbert o Félix Dafauce, todos de primera línea en el campo de la interpretación del momento y que garantizan la solvencia del «segundo término» (Méndez Leite), pues hay que afirmar que «los actores de reparto son protagonistas mientras están en imagen».

En fin, un equipo actoral extenso al que contribuyen también Adriano Domínguez, Francisco Arenzana, Alessandro Fersen, Aldo Silvani, Evar Maran y Arturo Bragaglia, todos bien.

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En 1953, en el primer Festival de San Sebastián consiguió premios a la mejor fotografía y la mejor ambientación. Y otros galardones que la prensa le concedió aquel año.

Es en realidad una película de nuestro cine muy entretenida, muy bien hecha, una especie de western español en el que el bandolero sustituye al forajido, y que por lo demás sigue el mismo esquema general, incluida mucha caballería. Hay tabernas que sustituyen al saloon, los militares encargados de hacer cumplir la ley sustituyen al sheriff y sus ayudantes; hay galopadas y asaltos a la diligencia; en fin, las equivalencias son notables y el resultado magnífico.

Además, la película tiene un ritmo acelerado desde el inicio, una trama sugerente y un desenlace escandaloso que la hace muy atractiva y amena; un final, que no desvelo, de enorme potencia visual.

Y es que Vajda es mucho director, tanto como para haber realizado maravillosas películas de las que iré hablando en otras entregas: Marcelino pan y vino (1955), Mi tío Jacinto (1956), Tarde de toros (1956), Un ángel pasó por Brooklyn (1957), El Cebo (1958)…

En fin, la película es trepidante, apenas tiene fisuras, bien realizada, colmada en todos los sentidos de buenas cualidades y que sorprenderá gratamente a quienes crean que en los años cincuenta meramente se hacía cine de cuarta categoría.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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