El espía que surgió del frío (The spy who came in from the cold, 1965), de Martin Ritt

  27 Enero 2021

Una visión realista, veraz y humana del espionaje durante la Guerra Fría

el-espia-que-surgio-del-frio-0En El espía que surgió del frío, el agente secreto británico Alec Leamas (Richard Burton) ha hecho misiones muy irrelevantes en los últimos años. El Gobierno le propone reciclarlo como funcionario, pero se niega, en absoluto quiere pasar a trabajos administrativos en un despacho oficial. Prefiere seguir en la acción y en la clandestinidad como espía profesional.

 

Entonces le ofrecen una misión en la que tiene que presentarse como desertor ante otra banda del telón de acero, en la Alemania Oriental. Esto le parece más atrayente. Consistirá en hacerse pasar por un desencantado y alcohólico desertor. Para que resulte creíble su plan, se las arregla para deshonrarse y desacreditar también a sus superiores, hasta conseguir que lo expulsen de la agencia de inteligencia británica. Así, le resulta relativamente sencillo entrar en el entramado del espionaje comunista.

En esta misión conoce a una joven (Claire Bloom) de la que se enamora; la joven forma parte del Partido Comunista británico. Pero al final, el agente descubre que su misión es sencillamente una tapadera y que él es utilizado al servicio de una trama secreta.

Esta película trata sobre el espionaje, pero tiene de meritorio y singular que lo hace desde una óptica que nunca antes había ofrecido el cine. Es sabido que la Guerra Fría, había puesto en evidencia el papel de los espías en esta silenciosa contienda, y eso convirtió el tema del espionaje en algo rentable comercialmente, una temática que podía ser explotada por el cine o la literatura. Prueba de ello fue la saga James Bond y sucédanos.

Sin embargo, los espías que vemos en esta película poco tienen que ver con esos de relumbrón que por lo general lucían sus habilidades de lucha e incluso seductoras para regocijo del público. O sea, que toda la saga Bond sirve a modo de entretenimiento, pero luego la realidad es muy otra: los buenos no son tan buenos, ni los villanos tan malvados.

Martin Ritt nos hace abrir los ojos y ver de otra forma lo que para Ian Fleming, Terence Young o Guy Hamilton era mero entretenimiento con la coletilla de: «Me llamo Bond… James Bond». Esta película es otra cosa, más seria y ponderada.

El director Martín Ritt llegó a autoproducirse en parte, adquiriendo él mismo los derechos de la novela de John Le Carré, The spy who came in from the cold de 1963, después de haberla leído con enorme interés y antes de que la obra se convirtiera en el gran best-seller que llegó a ser.

Les encargó el guion a Paul Dehn y Guy Trosper, que supieron escribir un meritorio libreto con escenas y diálogos de gran interés cinematográfico, que son los que sostienen la mayor parte del peso narrativo, mientras la acción se desarrolla de manera pausada y en un plano secundario. Ritt realizó una impecable dirección del film que logra un punto de tensión desde el primer momento y logra mantener la intriga; los tiempos y el ritmo son perfectos.

La música de Sol Kaplan es muy buena y aporta solos de piano en el prólogo y melodías de flauta, sola o acompañada, que trasmiten sentimientos de temor, intriga y peligro. La maravillosa fotografía en blanco y negro de Oswald Morris mueve gradualmente la cámara buscando encuadres precisos y brindando planos majestuosos; también consigue espléndidamente iluminar las escenas con luces de contrastes y prodiga las sombras atenuadas, con una decoración de gran sobriedad.

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La película tiene un reparto maravilloso, al modo de la tradición actoral británica, sobresaliendo un genial Richard Burton en una de las mejores interpretaciones de su carrera, soportando con gran magisterio los primerísimos planos. Claire Bloom está muy afinada como bonita y expresiva joven idealista y enamorada.

Grande Oskar Werner, quien mereció el reconocimiento de crítica y público (recuerdo aquí su también estupendo trabajo en Las sandalias del pescador como Padre David Telemond). Y acompañan a las mil maravillas Peter Van Eyck, Sam Wanamaker, George Voskovec, Rupert Davies, Cyril Cusack, Michael Hordem, Robert Hardy, Fernard Lee, Esmond Knight y Beatrix Lehmann.

Ritt nos mete de lleno en una más Guerra Fría creíble, con todas sus consecuencias. Aquí no hay malvados como el Dr. No o similares, no busca Ritt la taquilla, sino que nos presenta al espía humano, inmerso en una realidad descarnada de bloques políticos en pugna. El espía que interpreta Burton no es un guapo y solvente galán, sino un hombre de cierta edad, bebedor, no muy agraciado y desastrado en su vestimenta.

Pero lo que más llama la atención de esta película es la desmitificación del trabajo del espía: aquí no usa armas, su tarea es radicalmente diferente. Es un funcionario en la más absoluta clandestinidad y en su incapacidad social, todo encaminado a pasar información secreta a su Gobierno.

No veremos en este metraje balas, ni peleas, ni persecuciones de coches. Incluso se puede decir que pasa por alto la acción, siendo lo principal de la película sus elaborados e interesantes diálogos. En ocasiones, como la escena del juicio, que es espectacular y perfectamente montada, las conversaciones son bastante densas y hay que estar muy atento para no perder el hilo, hay que estar muy concentrado para captar los detalles del complot.

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La dirección y el buen hacer de Ritt crean una puesta en escena que condiciona el mensaje de la película: dibuja el severo panorama de soledad y desolación al que se enfrenta Leac Leamas. Con un estilo adusto y escabroso, junto a la sensación de desamparo que sufre el protagonista.

Ayuda a crear este clima de desaliento la gran fotografía de Morris en blanco y negro, que subraya aún más la soledad, no sólo del espía, sino incluso del hombre moderno, un hombre que en su momento dibujaron los existencialistas: un ser solitario que, como ocurre en el film, deambula sin rumbo fijo, como perdido, por la ciudad.

Es de destacar el sorpresivo final, que viene a ser un perfecto remate que sintoniza perfectamente con el tono fosco y lóbrego que la obra ha impreso a lo largo del metraje. Un final en el que Leamas puede redimir su existencia.

Una visión realista, fría, despojada de adornos, dura y veraz semblanza del espionaje de aquellos años cincuenta o sesenta.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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