El sueño eterno (The Big Sleep, 1948), de Howard Hawks

  08 Enero 2021

Atención libre flotante para una trama difícil

el-sueno-eterno-0En 1948 Howards Hawks dirige magistralmente El sueño eterno, que poco tiene que ver con su título original (The Big Sleep); una estupenda película policíaca, de cine negro del mejor y una realización que crea una obra de gran nivel, enriquecida con la aportación de abundantes dosis de humor, picardía, sensibilidad, ingenio y convicción. Todo ello con un guion un tanto complicado, pero no por ello carente de brillantez e inteligencia.

Para escribir el tal guion tomaron una excelente novela de Raymond Chandler de 1939, de título homónimo, tejida de diálogos insuperables, y fueron justamente tres de los mejores guionistas de Hollywood de la época, entre ellos William Faulkner junto a Leigh Brackett y Jules Furthman, quienes adaptaron esta obra y la colocaron en la cima del género negro en cine.

Un par de años antes casi el mismo equipo —todos en la Warner— había creado ya otra obra maestra: Tener y no tener también de Hawks y con Bogart. Faulkner y cía. componen una historia emocionante, con personajes de dudoso calado moral y algunas mujeres con las que es mejor no tropezarse. Así, el libreto cuenta un relato absorbente, de diálogos abundantes.

La música del gran Max Steiner está hecha a la medida del film: es una partitura orquestal que realza la acción y enriquece los ambientes, y destacan los temas Carmen, Vivian, Marlowe, Walking y otros; e igualmente añade la canción And Her Tears Flowed Like Wine.

La fotografía en blanco y negro de Sid Hickox es sencillamente magnífica y acorde con el desarrollo de la turbia trama; crea composiciones excelentes, presta atención a detalles más que sugerentes (más que muchas palabras), y sitúa y mueve con la cámara con tino consiguiendo una sorprendente profundidad de campo.

Las interpretaciones son geniales, empezando por un Humphrey Bogart que está sembrado, brillante, con ese tipo de papel de duro detective que le va como anillo al dedo; una esplendorosa y convincente Lauren Bacall (la interpretación de Bogart y Bacall roza la perfección), y acompañando un coro actoral de primer orden: John Ridgely, Martha Vickers, Dorothy Malone, Regis Toomey, Elisha Cooks o Peggy Knudsen. Y todo ese equipo hace posible una historia de intrigas, crímenes, asuntos turbios, pasiones ocultas y codicia, mucha codicia.

La película se inicia cuando Sternwood, un general excéntrico y muy rico, cita en su mansión al detective privado Philip Marlowe. El millonario, sin apenas movilidad y muy deteriorado, disfruta viendo cómo los demás hacen lo que él ya no puede, es decir, delega en los demás la bebida y los cigarrillos, sobre todo, lo cual a Marlowe le viene que ni piripintado para engullir vasos del licor y fumar cigarrillos a saco.

Pero veamos cuál es el asunto. El general tiene dos hijas, Vivian (Lauren Bacall) y Carmen (Martha Vickers), involucradas en asuntos más bien turbios. Entre otros, le pide a Marlowe que investigue el chantaje al que es sometido por un oscuro personaje, el librero Geiger, que le reclama dinero por presuntas deudas de juego de su hija Carmen.

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Y esa es la razón, al inicio del film, por la que decide contratar los servicios del prestigioso detective: para que resuelva sus problemas y los problemas familiares, o sea, de sus hijas, ya que, en su provecta edad, considera que ha de hacer de padre al menos una vez en su vida.

Las hijas son de cuidado y muy listas, y cuando Marlowe comienza sus pesquisas se da cuenta muy pronto que está metido en un caso cuyas ramificaciones hacen del asunto una tupida red de personajes peligrosos, ellos y ellas, muy compleja y con ángulos oscuros.

Esta película de crímenes en serie, misterio e intriga, es una cinta aparentemente del cine negro, pero quebranta algunos de sus principios; así, no hay una sino dos mujeres fatales, no hace uso del flashback ni de la voz en off, ni el héroe es una persona desesperada. Hace una radiografía del submundo del crimen, de la venganza, del turbio ambiente del juego, la droga, la extorsión, todo lo cual genera un clima que se puede cortar con un cuchillo; un clima negro y asfixiante.

Desde luego la película no es fácil, y es conocida por tener una de las tramas más enrevesadas de la historia del cine. Por tanto, si uno quiere enterarse bien hay que estar muy atento pues la trama es compleja, y además, no explica determinadas líneas de acción de personajes y situaciones, tal vez intencionadamente o para evitar la censura.

Verdaderamente es complicado seguir el hilo de la historia si se quiere atender a todos los detalles, diálogos, personajes, etc. Para que se entienda esto mejor —a quien no la haya visto—, al documentarme he leído una graciosa y a la vez famosa historia. Cuentan que, durante el rodaje, el director y los guionistas no eran capaces de saber quién mató al chófer Owen Taylor. Enviaron un telegrama al autor, el cual respondió «¡Carajo, yo tampoco lo sé!».

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Así pues, ya ven, el asunto es complicadillo. Entonces, desde mi manera de entender, creo que hay que ver esta película, según la máxima del psicoanálisis, desde la «atención libre flotante».

Freud dijo que, según esta regla técnica, el analista debe escuchar al paciente sin privilegiar ningún elemento del discurso de este último y dejando obrar su propia actividad inconsciente. Pues bien, aquí yo creo que hay que hacer algo similar, no otorgar una importancia particular a nada de lo que oímos y prestar a todo la misma atención flotante.

Y es que el nódulo del film, más allá de los detalles, se entiende; y las grandes figuras que en la pantalla salen —que es un atractivo muy importante del film—solo hay que verlas, y para eso basta con mirar la pantalla. Recuerden: «atención libre flotante».

Igualmente, la película no olvida el erotismo, dejando cálidas escenas de una suave y tenue sensualidad insinuada, como la escena que sucede en la librería con la bella y voluptuosa joven que cierra la puerta (Dorothy Malone) para quedarse a solas con Bogart; o cuando se monta en el taxi y al despedirse de la linda mujer taxista le insinúa que la llame por la noche pues de día trabaja; y la conversación Humphrey-Bacall sobre toda la metáfora sexual de los caballos: montar caballos, cómo es la arrancada, el accionar, etc., cargada de simbología erótica casi explícita.

Y es, finalmente, una película no exenta de violencia que encadena una larga sucesión de crímenes (hasta 7), por resentimiento, desagravio, hurto, confusión, celos, etc.

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Es destacable la gran conjunción, sintonía, química —como se dice ahora— de estos dos intérpretes enormes que fueron Bogart y Bacall, llenando esta última la pantalla de sensualidad, lo que es uno de los importantes polos de atracción de la cinta.

El título está justificado por la omnipresente presencia en la historia de la muerte, o sea, los que duermen el sueño eterno. Además, se hace quizá la mejor descripción de Philip Marlowe, el detective por antonomasia, encarnado por el actor que tal vez mejor ha sabido interpretar ese rol: Humphrey Bogart. Esta razón por sí sola es ya suficiente valor para ver esta peli.

Y a esto se le unen las frases y los diálogos chisporroteantes y agudos. Y pensaba yo cuánto merecería la pena coger un bolígrafo y escribirlos, pues cualquiera de estas frases o diálogos merece ser citado en un lugar preferente de los guiones cinematográficos, como cuando Bogart dice: «Quítenle el biberón. Ya es bastante mayorcita» (dirigiéndose al general, acerca de su hija); o aquella otra: «Es usted muy guapo», a lo que responde: «Y cada vez lo soy más».

Estimados amigos, vean esta película si pueden. Igual que El halcón maltés de John Huston, en 1941, también con Bogart, El sueño eterno es otra de esas grandes obras del llamado cine negro dignas de tener en cuenta. Véanla y déjense atrapar con absoluta satisfacción, encantados por el trabajo de los actores, por el contenido de los diálogos, por la potencia de las imágenes, por la enjundia de un gran trabajo de dirección. De eso se trata.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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