El tercer hombre (The third man, 1949), de Carol Reed

  26 Diciembre 2020

Magnífica película de intriga

el-tercer-hombre-0Narra la película la época de la Guerra Fría en Viena, año 1947. Holly Martins (Joseph Cotten), un escritor norteamericano de novelas de vaqueros, llega a la capital austríaca en un momento en que Viena está aún devastada por los bombardeos y dividida en cuatro zonas ocupadas por los aliados vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

El escritor se dispone a visitar a un amigo de infancia de nombre Harry Lime (Orson Welles), quien le ha ofrecido trabajo. Pero al llegar resulta ser que a su amigo lo están enterrando tras morir atropellado por un automóvil. El jefe de la policía militar británica (Trevor Howard) le hace saber que su amigo Harry Lime estaba implicado en graves delitos contra la salud pública, pues traficaba con penicilina adulterada en el mercado negro. En medio está la novia de Lime (Alida Valli), huida de Checoslovaquia y reclamada por los rusos.

En la historia hay algo que a Martins no le cierra: todos dicen haber visto a dos hombres en el lugar del atropello intentando ayudar a Lime, pero un testigo asegura haber visto a un tercer hombre (de ahí el título). Ante estos datos contradictorios, Holly comienza a investigar la muerte de su amigo, sospechando que tal vez haya sido asesinado.

El film es una adaptación de la obra homónima de Graham Greene, novela breve sobre el mundo roto de la posguerra, donde la desconfianza en el ser humano resulta obligada y el personaje de Harry Lime parece la encarnación de la realpolitik. Lime es corrupto, pero a la vez carismático, atractivo y repudiable.

Por eso duda tanto su amigo, el mediocre autor de novelas de cuarta, antes de delatarlo. El desenlace es triste y ruin, propio de un tiempo sin héroes. Como advierte Welles en el filme: «Los únicos héroes que quedan son los de las novelas del Oeste».

Un film complejo y con muchas lecturas, dentro de un viaje lleno de cinismo por esa jauría humana que alumbra la posguerra y que tiene en las cloacas una de sus vías de comunicación. La complejidad de la película tal vez pueda resumirse en el binomio amistad-traición.

Tiene la cinta muchos y variados méritos. Empezaré por mencionar la gran dirección de Carol Reed (aunque oficialmente la película la dirigiese Carol Reed fue Orson Welles el que impregnó toda la cinta de su saber cinematográfico); y sigo por las geniales interpretaciones de todos sus protagonistas, especialmente a Joseph Cotten, Alida Valli (que se eleva al estrellato tras este trabajo), Orson Welles o Trevor Howard, que bordan sus papeles.

Merece un subrayado el papel de Welles en el film, pues él tuvo la libertad de componer su fascinante Harry Lime, no sólo rescribiendo su parte del papel (todo el magnífico discurso sobre la democracia y el reloj de cuco es suyo), sino dirigiendo él mismo sus propias secuencias.

La fotografía en blanco y negro de Robert Krasker es maravillosa (Oscar a la mejor fotografía 1950), así como la música misteriosa e hipnótica de Anton Karas que encaja perfectamente con la narración (recuerdo las maravillosas notas de un tema interpretado con una cítara) y apropiadas dosis de romanticismo para un clásico irrepetible.

El guion resulta de lujo, escrito por el propio Graham Greene (de nuevo Welles intervino en su redacción). Y la trama nos mantiene pegados al sillón los 104 minutos que dura el metraje, no muy largo por cierto y que, además, se hace corto porque el filme es absorbente e interesante.

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La película tiene muchos grandes momentos: el plano de presentación de Welles, la persecución por las cloacas, la secuencia de la noria (Harry Lime dice a Holly Martins: «si miras desde aquí a los hombres, parecen hormiguitas; qué más da una más o menos»), hay dos que destaco por encima de los demás: la secuencia de la delación de un tierno niño, que produce gran angustia, y el larguísimo plano final que clausura la película de forma desoladora, contra la famosa regla del happy end.

Y dicho esto me vuelvo a preguntar por qué hoy no se hacen este tipo de películas fascinantes: calidad, belleza, excelencia, dimensión dramática ajustada, guion impoluto, fotografía maravillosa, interpretaciones de lujo, mensaje moral, análisis histórico, elementos de reflexión, calidad en todo sentido… ¿Por qué? Parece que se hubiera perdido la maestría de aquellos años, el sentido estético o la dimensión incluso ética de las películas, actualmente.

Hoy todo vale, cualquier estupidez se convierte por arte de magia en película, aunque sea para destrozar coches o mostrar escenas de atletismo sexual, aunque no haya guion o los actores sean mediocres. Y no digo que todas las actuales películas sean así, pero sí una proporción importante, sobre todo del cine norteamericano de cacharrería y nefasto.

Esta cinta es británica y, por cierto, con consideraciones excelentes en la crítica de su momento: «Elegida en 1999 como la mejor aportación británica a la historia del cine. Es eso, y con mayúscula: pura historia, resultado de un genial cruce de azares». Esto dicho por el enorme crítico que fue Ángel Fernández Santos. Me atrevería a decir que llevaría más tiempo ensalzar cada escena, cada coloquio o cada interpretación, de lo que se tarde en ver la película entera.

Verdadera belleza cinematográfica, un clásico del cine negro lleno de tonos e intenciones dispares de todo punto recomendable: vedla si no lo habéis hecho todavía.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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