Mi amigo el gigante (The BFG, 2016), de Steven Spielberg

  19 Noviembre 2020

Dahl y Spielberg reivindican los sueños y la esperanza

mi-amigo-el-gigante-0Me gustó esta película cuando la vi en su estreno; salí de la sala con un dulce sabor. La película se asienta sobre tres sólidos pilares. De un lado, un soberbio realizador como lo es y nadie lo puede discutir, Steven Spielberg, que dirige con sabia y ágil batuta la obra. El segundo pilar es el cuento de Roald Dahl, un escritor para el que la clave de su literatura son sus protagonistas: «Sintetiza elementos clásicos, como puede ser la figura del huérfano, pero los dota de una nueva significación» (Puerta). Y el tercer pilar es el excelente guion que sobre la novela escribe Melissa Mathison.

Hay otros elementos, claro: actores, fotografía, etc. Y a todo ello aludiré ahora.

Esta película es fruto, como ya he apuntado, de la adaptación al cine del cuento del escritor británico de ascendencia noruega Roald Dahl, El gran gigante bonachón, ilustrado en su momento por Quentin Blake. El cuento narra el increíble encuentro de una niña huérfana con un gigante buenazo, que la lleva al país de los gigantes, los cuales no son tan bondadosos y apacibles como él; ni tampoco, por supuesto, son vegetarianos, pues aspiran a comerse a todos los niños del mundo.

Luego, la niña lleva al gigante bueno a visitar a la Reina de Inglaterra para impedir que los gigantes malvados invadan el país, prestos a comerse a los niños del lugar.

Para que se entienda mejor a Dahl, autor de la historia, diré que sus escritos infantiles están por lo común contados desde el punto de vista de algún niño o niña, introduciendo frecuentemente a villanos adultos que maltratan y odian a los niños, y a la vez presenta a un buen adulto, que hace frente a los malos adultos. Algunas de sus obras en el campo de la narrativa infantil y juvenil están consideradas entre las mejores de todos los tiempos.

El director Steven Spielberg cuenta que el libro de Dahl le ha acompañado toda la vida. Primero como niño, luego como padre y siempre como lector ávido de buena literatura.

«En realidad, no se diferencia mucho de lo que he hecho hasta la fecha. Hasta mis películas históricas más rigurosas echan mano de la imaginación para dar sentido a la narración ¿De qué trata esta película? Sencillamente del poder de la imaginación», dice Spielberg con ese aspecto que el tiempo le ha ido dando de abuelo entrañable.

Igualmente añade: «Tengo siete hijos, y a todos se lo le leído antes de acostarse. (…) Cuando lo lees en voz alta, te conviertes de inmediato en el gigante, y actúas de mediador entre la historia y los niños. La ventaja es que sabía de primera mano cómo funcionaba la trama con el público al que va dirigida. Cuanto peor está el mundo, más necesitamos de la magia. La magia nos da esperanza y la esperanza nos hace ser más proactivos. Y las películas dan esperanza a la gente para enfrentarse a un nuevo día. Para mí la esperanza lo es todo».

Efectivamente, en este caso la fantasía en origen la pone Roald Dahl, un escritor que nunca es inocente o superficial; su relato está en el punto de partida de este agridulce film sobre una jovencita huérfana y un misterioso gigante caza sueños. Pero hay que aceptar igualmente que «hay pocos directores que entiendan tanto y tan bien el valor mágico del cine como Steven Spielberg» (Crespo). Así como el valor y la importancia de la magia y la ilusión en nuestras, a menudo, desesperanzadas vidas.

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En realidad, Spielberg ha hecho una película a la antigua usanza, un título que hipotéticamente iría dirigido a niños pre Internet; podríamos decir que es un tanto anacrónica en su desarrollo dramático. Esto contrasta con «la belleza de los efectos digitales, no sólo en lo que concierne al hiperrealismo de los gigantes, sino a la paleta cromática de los sueños que el protagonista guarda en tarros de cristal y el precioso diseño del árbol del que cuelgan estos» (Sánchez).

Así, gran Spielberg, importante Dahl y muy efectiva Melissa Mathison. Música fina y delicada de John Williams y una fotografía con seductores colores de Janusz Kaminski.

En el reparto, Mark Rylance, quien tras El puente de los espías (2015), película por la le dieron un Oscar, se convirtió en el actor fetiche de Spielberg. Aquí se muestra construyendo casi artesanalmente el mundo de los gigantes con gran precisión; sin perder su capacidad de conmover, se mete dentro del gran cuerpo del gigante por esas cosas de la técnica, y es el que genera los grandes momentos divertidos y de tensión en la historia, «hasta encontrarse en un desayuno digno de Alicia con la Reina de Inglaterra (la actriz Penelope Wilton, otra que se le da un aire)», escribe Oti Rodríguez. 

Ruby Barnhill, el auténtico descubrimiento de esta película, es la encantadora y creíble niña que hace un gran trabajo como la intrépida Sophie. Y acompañan a la perfección un grupo de actores y actrices como Jemaine Clement (estupendo), Rebecca Hall (guapa y convincente), Bill Hader, Rafe Spall, Adam Godley, Matt Frewer, Ólafur Darri Ólafsson, Haigh Sutherland y Michael Adamthwaite. Todos muy bien.

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Sin emociones afectadas, sin embelecos de cuentos propiamente Disney ni princesitas bobas, meramente con el gusto por la imaginación, y aunque a veces la prolijidad de Spielberg por los minidetalles demora el ritmo, lo que importa es el tono preciso de una infancia retratada justo a la altura de los ojos.

En fin, película que hay que ver en su conjunto, en su totalidad, a la que hay que criticar negativamente menos, creo yo, y observarla desde el conjunto, de una forma más gestáltica.

Si lo haces así, la película funciona como un afortunado encuentro entre dos colosos del relato infantil: Roald Dahl y un Spielberg con ganas de reivindicar la cara más soñadora e ilusionante de ese cine que le es propio.

Muchos milagros visuales, emociones muy creíbles, fantásticas aventuras libres de mayores pretensiones. «Es una historia encantadora y directa tan disfrutable por niños, como reflexiva para adultos» (Arranz). Pequeña y genial película de aventuras y fantasía, que recupera la esencia del genuino cine infantil.

Yo fui a ver esta obra tras haber leído malos comentarios sobre ella. En lo que a mí concierne, lo bueno de esta película no es que merezca la pena ser vista, sino que después de hacerlo, desearás revisionarla.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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