Vivir (Ikiru, 1952), de Akira Kurosawa

  11 Noviembre 2020

Película inteligente y sensitiva sobre la vida y la muerte

vivir-0Ver esta película va inextricablemente unido a cierto cambio de cosmovisión, a la opción de modificar el rumbo, a tomar por el camino que nos conecta con la vida.

La película trata sobre un viejo funcionario municipal, Kanji Watabe, que arrastra una vida gris y aburrida. Entre otras, Watabe apenas hace nada salvo poner sellos sinsentido en documentos públicos que le van llegando a cientos. Watabe realiza esta tarea rutinaria y alienante sin tener conciencia de alienación ni entrar en ninguna crítica personal. Pero un día debe enfrentar la dura realidad de una enfermedad incurable. En este punto, Watabe, con la certeza del final de su vida, toma consciencia del vacío que ha sido su existencia y surge la necesidad de encontrar, en lo más profundo de su ser, la búsqueda de un sentido.

El gran director Akira Kurosawa nunca defrauda, siempre nos hace ricos aportes a quienes vemos sus películas. En este caso, con un maravilloso guion del propio Kurosawa junto a Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni, el maestro japonés nos pone delante de un hombre inexorablemente condenado a muerte. El personaje es un hombre mayor, viudo, que vive junto a su hijo y esposa, con los cuales mantiene un difícil equilibrio en la convivencia.

El contexto histórico del filme es el Japón de postguerra, tras la II Guerra Mundial, un país en tránsito que camina lento hacia la modernidad, pero donde aún se puede ver la huella de la derrota, la pobreza y la necesidad.

Sobre todo, observamos las jerarquías cuasi feudales en los trabajos burocráticos. Concretamente, el personaje es un Jefe de Sección del Ayuntamiento de Tokio, todo un cargo que otros empleados anhelan y esperan a su jubilación e incluso a su muerte.

Motivado por la terrible noticia médica, Watabe se desespera inicialmente y lo primero que se le ocurre es buscar algo de evasión bebiendo y tomando contacto con mujeres, acompañado de un escritor de novelas baratas que le descubre el mundo de la noche. Pero esa experiencia no le satisface. Él es una persona conservadora que ha guardado su viudez, sobre todo por su hijo, su único hijo; la frivolidad no le atrae ni le consuela.

Adelantando un paso en el filme, encontramos que Watabe, que lleva varios días sin asistir al trabajo, es casualmente localizado en la calle, mientras deambula, por una muchacha que trabaja en su departamento. Es una joven natural y alegre con la cual comparte momentos de distracción a la par que le atrae poderosamente su juventud y su alegría. Saldrá con ella alguna otra vez y será la chica la que le descubra que lo que él hace en la oficina no es vivir sino prácticamente dormitar y perder el tiempo.

Además, ella fabrica unos conejitos de peluche para alegrar la vida a los niños. A partir de esta experiencia, Watabe comprende que debe aprovechar lo que le resta de vida para hacer algo por los demás; su propósito será emprender el proyecto de un parque largamente solicitado por la vecindad de un barrio de la ciudad, para el disfrute de los niños y sus familias. Es una obra largamente solicitada por los vecinos, que siempre tropieza con la burocracia del Ayuntamiento y Watabe, en sus últimos días, se empleará a fondo en el proyecto.

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En la parte final de la obra, Watabe ya ha fallecido y podemos ver cómo los funcionarios del ayuntamiento, junto a su hijo, esposa y un tío, están ceremoniosamente sentados frente a su foto para rendir homenaje al difunto. Las conversaciones entre unos y otros y la gente que se incorpora para echar incienso en la ceremonia no tienen desperdicio.

Todos debaten sobre el finado, muchos discuten sobre la autoría del parque, y finalmente llegan a una conclusión, ya muchos de ellos bebidos, de que Watabe fue una persona excepcional por todo cuanto tuvo que batallar, humildemente, contra las instancias del Ayuntamiento, para llevar a buen puerto el parque con el cual puso un feliz punto y final a su vida. Por fin Watabe había sabido encontrar un sentido a su tediosa vida anterior.

El último personaje que entra a compartir en el duelo es un guardia, el último que lo vio, y cuenta que Watabe, poco antes de su muerte, sentado en un columpio del parquecito, sentidamente cantaba una canción cuya letra era conmovedora:

«La vida es corta / Enamoraos, doncellas / Antes de que la flor carmesí / Se desvanezca de vuestros labios / Antes de que las mareas de la pasión / Se enfríen en vuestro interior/ Para aquellos de vosotros/ Que no conocéis ningún mañana».

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Estos versos me recuerdan a ese soneto XXIII de nuestro insigne Garcilaso de la Vega:

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

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La excepcional música de Fumio Hayasaka y una maravillosa fotografía de Asakazu Nakai (en blanco y negro) son condimentos importantes del filme.

Sin olvidar el magistral reparto, donde destaca el excelente trabajo de su intérprete principal, Takashi Shimura, uno de los grandes clásicos del cine japonés de todos los tiempos, un actor expresionista, con una mirada y unas facciones, cuyo rostro lo dice todo, que traspasa la pantalla y hace de esta película única.

Acompañan al protagonista Nobuo Kaneko, Kyôko Seki, Makoko Kobori, Kumeko Urabe, Yoshie Minami, Miki Odagiri y Kamatari Fujiwara.

No se entra y se sale igual de esta película que es una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, un filme admirable, compasivo, redentor y todo un ejemplo de observaciones sociales punzantes y claras, a la vez que con una carga extra de sentimientos muy variados.

Es una película fundamental, de las que hay que ver en algún momento. «Si no la has visto nunca, deberías. Si ya la has visto antes, tu admiración sólo irá a más» (Michael Wilmington).

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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