El espía que me plantó (The spy who dumped me, 2018), de Susanna Fogel

  13 Octubre 2020

La voluntad de serlo todo y quedar a medias

el-espia-que-me-planto-0Cuenta la historia de dos amigas norteamericanas que, como si tal cosa, se ven metidas de hoz y coz en una conspiración internacional en la que todos los implicados buscan información muy reservada, todo ello cuando una de las chicas descubre que su novio huido es un espía.

Es una mujer, la escritora y cineasta norteamericana Susanna Fogel, la que dirige esta cinta con desigual fortuna. Veamos, por una parte y si uno se lo toma como peli plan crítica al género de espías o como comedia de espías, con cierto humor, no del mejor, y buenas escenas de violencia con trepidantes persecuciones, componiendo sus piezas de acción con notable eficacia y singular fiereza, si es así, pues entonces vale, siempre con un sesgo feminista, pues los hombres salen bastante mal parados, comparados con las féminas, incluso las malísimas.

Ahora bien, si uno quiere aclararse qué ha pretendido la Fogel con un guion suyo y de David Iserson que en ocasiones parece improvisado, entonces yo me pierdo.

Como decía, podríamos considerarla como una comedia de espías, subgénero ya clásico de las que se hacían en los años sesenta; puedo recordar La pantera rosa, de Blake Edwards (1963), Superagente 86, la serie de televisión de Mel Brooks posteriormente llevada al cine por Peter Segal, etc. Incluso en la obra suena la música de Henry Mancini, del film La pantera rosa.

Lo que ocurre es que esta obra que parece querer ser comedia, toma una deriva auténticamente silvestre y espectacular, como otros referentes del espionaje más serio, pero sin los roles al uso de héroes del disparo de los servicios de inteligencia.

La película, como escribe Fausto Fernández: «arrasa con todos los tópicos imaginables, incendia la lucha de sexos y convierte a la vagina en una potencial arma de destrucción masiva y arca de la alianza perdida». No sé si la idea de las casi dos horas de película —demasiado larga— se puede resumir mejor.

Música de Tyler Bates que encaja bien, aceptable fotografía de Barry Peterson y puesta en escena cuidada con escenarios, vestuario y un minucioso diseño de producción, con variadas y espectaculares localizaciones europeas, un largo recorrido por diversas ciudades: Viena, Moscú, Praga, París, etc., lugares por donde asomaron en otros filmes héroes masculinos como James Bond, Ethan Hunt o Jason Bourne. Sin olvidar el desenfrenado uso de la violencia y la originalidad de algunas secuencias muy efectistas.

En el reparto Mila Kunis y Kate McKinnon encarnan el dúo de amigas horteras y panolis que—de manera inopinada, incluso surrealista— se ven metidas a atolondradas espías y envueltas en un enorme complot del cual las féminas saldrán inexplicablemente airosas, siempre en una constante batalla contra el menosprecio de los hombres y con evidentes tintes, como decía, feministas (no sé si es correcto aplicar aquí el sustantivo), lo cual que a veces parece excesivo en una cinta de este cuño.

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Kunis es la pánfila que se descubre como gran espía, y McKinnon, la encargada de que alguien se ría. Un elenco actoral muy digno acompaña a estas dos estrafalarias heroínas, nombres algunos muy conocidos, como Sam Heughan, Justin Theroux, Gillian Anderson, Hasan Minhaj, Ivanna Sakhno, Ólafur Darri Ólafsson o Fred Melamed.

Lo que ocurre es que uno no sabe si está mirando una película cómica o sencillamente brutal y violenta, pues ambas dimensiones están presentes, pero ninguna de las dos acaba de cerrar.

Como dice Martínez: «lo grave es que en su voluntad de serlo todo a la vez y de la forma lo más alborotada posible, acaba por ser muy poco. Y, lo peor, con muy poca gracia».

O sea, el tono general del film resulta desconcertante, errático y los chistes de Kate McKinnon de escasa gracia.

¿De positivo? Su frescura.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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