En el estanque dorado (On Golden pond, 1981), de Mark Rydell

  03 Octubre 2020

El tercer acto de la vida y las relaciones intergeneracionales

en-el-estanque-dorado-4De nuevo voy a dedicar mis comentarios a una película sobre personas mayores. Es un film que trata el tema de la vejez y las relaciones intergeneracionales de manera magistral y conmovedora.

Además, esta temática de las relaciones intergeneracionales es igualmente un asunto de candente actualidad, pues es sabido de la ayuda que en todo sentido aportan los abuelos en la actual «crisis» a los nietos y a las familias. E igualmente, es muy importante el agrado con el que los mayores en general reciben la visita o la conversación con los niños, y cómo, unos y otros se enriquecen en este diálogo.

En el estanque dorado narra la historia de un matrimonio de edad avanzada interpretado por un longevo Henry Fonda y una también mayor Katharine Hepburn. Ellos pasan sus vacaciones en un hermoso lugar llamado el Estanque Dorado. Norman (Fonda) siempre ha sido una persona capaz, diligente y activa, de manera que tolera mal las dificultades e impedimentos que le supone ser ya una persona de edad avanzada, con un proceso de demencia incipiente pero evidente. Su mujer (Hepburn) trata de restar importancia a las pequeñas contrariedades, apoyando y ayudando en todo momento a su esposo.

En un momento dado de la historia, de manera inesperada aparece Chelsea, la hija de los Thayer, magistralmente interpretada por una pujante Jane Fonda. En este caso, el amor crepuscular sólido de sus ancianos padres (Henry lo es en la realidad como es sabido), sólo se deja perturbar por la visita de la hija que tiene muchas cuentas pendientes que ajustar con su padre.

Y es en esta parte de la historia cuando se reeditan esas tensas relaciones que siempre han existido entre ambos. El hijastro de la Fonda, el pequeño Billy (Doug McKeon) es un joven animoso y amoroso, que queda al cuidado de los abuelos durante unos días en los que su madre se ausenta con su actual pareja, y esto permite escudriñar en el rico y sensible mundo de las relaciones entre los abuelos y un casi-nieto.

La trama está espléndidamente contada por el director Mark Rydell que construye una obra, mezcla de drama y comedia, con oficio y bien hacer en esta historia donde los platos fuertes están en las interpretaciones de Katharine Hepburn y Henry Fonda, lo que en su momento les hizo merecedores de sendos Oscar de la Academia de Hollywood.

También hay que destacar la labor de Doug McKeon, el pequeño nieto Billy, que hace un papel muy bien dirigido y muy creíble. No hay que olvidar el admirable guion de Ernest Thompson, basado en una obra suya (Oscar igualmente), la magnífica fotografía de Billy Williams y una muy buena música de Dave Grusin.

Y como estamos en vejez, y más concretamente en lo que son las relaciones abuelos nietos, nos podemos hacer dos preguntas que se ven en esta cinta: ¿Qué aportan los abuelos a los nietos?, y ¿qué aportan los nietos a los abuelos? Empecemos por la primera.

Según investigaciones existentes, los abuelos aportan a los nietos los siguientes regalos psicológicos y sociales: los abuelos cuidan de los nietos; les acompañan en sus juegos; practican el rol de historiadores de la familia; transmiten valores morales; ofrecen un modelo de envejecimiento y de cómo la gente mayor pien­sa y se comporta; amortiguan los conflictos entre padres e hijos; ejercen influencias indirec­tas sobre los nietos mediadas por los padres; ayudan en momentos de «crisis» —lo que hoy es una gran evidencia— aportan amor incondicional frente al amor condicional de los padres que han de ejercer de educadores; a veces, en el mejor sentido, miman y malcrían; y pueden servir de confidentes a los nietos.

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Como vemos, son muchas las funciones del rol de abuelos, algunas de las cuales podemos observar en este film que ahora comentamos, aunque el niño no sea en sentido estricto nieto, sí a los efectos de su relación.

Estas aportaciones se ven complementadas en segundo lugar con los beneficios que obtienen los abuelos en su relación con los nietos y que también el film deja entrever. Veamos: a través de los nietos muchos abuelos encuentran un sentido a la vida; perciben en sus nietos una fuente de renovación biológica y continuidad vital; valoran su vejez como valiosa en función de las atenciones y cuidados que prodigan a los nietos; sirve a modo de autorrealización emocional, ya que les permite sacar sentimientos que muchas veces no pudieron desarrollar con sus hijos; y, finalmente, puede darse también una realización despla­zada en relación a los nietos, en el sentido de sentirse orgullosos de los éxitos y logros de éstos.

En definitiva, en no pocas ocasiones, las relaciones abuelo-nieto son beneficiosas para ambas partes. Concreta­mente, el abuelo puede sentirse valorado, lo cual influye en su autoestima de forma beneficiosa, tanto más en personas mayores un poco negativas.

Esta la película rezuma ternura, pues describe de manera sentida y sin tapujos la época de la vejez, el enfrentamiento con las dificultades en la última fase de la vida, con la posibilidad de la muerte. Ni el director Mark Rydell ni el guionista Ernest Thompson caen en la sensiblería o el innecesario endulzamiento, y hacen que la trama fluya libremente en una narración en la que los sucesos acontecen de manera natural.

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En el estanque dorado, que vi en su estreno, me sirvió como una aproximación y a la vez un descubrimiento de que la vejez es una etapa más de la existencia, con sus pérdidas y sus ganancias, con sus avatares y sus momentos felices, con momentos de ternura y amor.

Y a propósito de este sentimiento que yo tuve —y que cualquier espectador que visione esta película podrá tener— también creo que esta película sirve para educar contra los prejuicios negativos que muchas personas tienen con relación a la vejez. Me refiero a prejuicios de desvalorización, de desprecio, concepciones negativas que a veces marginan al mayor.

Estos prejuicios se conocen con el nombre de prejuicios «viejistas», de manera que ya tendríamos que acostumbrarnos, no sólo a reconocer los prejuicios «machistas», «racistas»... sino también los denominados «viejistas», y poder señalar como viejista a quien mal considere, critique, margine o excluya a los mayores.

Y es que el viejismo es muy común en nuestra sociedad como un tipo de prejuicio negativo, simplemente en razón de los cumpleaños de una persona; preconceptos como que los viejos son tacaños, o enfermos, o son como niños, incapaces, obsoletos, un problema… todo lo cual implica un rechazo e infravaloración de los mayores.

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Sirve esta película, pues, para comprender mejor lo que los mayores tratan de decirnos a veces sin palabras —«Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras», que decía nuestro gran poeta y premio Cervantes José Hierro—, con la mirada, con el silencio.

Y la película se complementa con unas imágenes preciosas del «estanque dorado», un paisaje y un entorno en el que parece que los protagonistas podrían morir tranquilamente, rodeados de tanta hermosura. Rydell no cae en la sensiblería, sino que deja que el guion fluya libremente. Y para rematar faena, para culminar la belleza, tenemos a una Jane Fonda estupenda.

En definitiva: en este film, la vejez, tan vilipendiada, es tratada con respeto y un profundo sentido de la realidad. Los personajes mayores tienen buen humor, sabiduría, cariño y también una suave nostalgia por aquello que se fue y nunca podrá retornar.

Contiene elementos conmovedores, episodios emocionantes y escenarios de maravilla, así que es muy recomendable. Es una de esas películas que te hace amar el cine y reflexionar sobre la edad postrera.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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